miércoles, 11 de mayo de 2022

La llamada

 Hoy me tomo la libertad de lanzaros una pregunta: ¿Alguna vez habéis estado en algún lugar y, de repente, habéis sentido la necesidad inmediata de volver a casa, de salir corriendo? ¿Habéis percibido que a alguien a quien amáis estaba a punto de sucederle algo malo? A mí ya me ha pasado varias veces y por esa razón tengo la sensación de que no puede ser una casualidad. Una amiga, cuando se lo conté, me dijo que era la llamada de los ángeles que te guardan. Otra me insinuó que eran los biofotones, pequeñas partículas invisibles que viajan a la velocidad de la luz. Pero yo sigo sin encontrarle explicación. ¿Acaso hay un hilo invisible, un cordón umbilical infinito que nos une de forma permanente a quienes amamos?

Así que hoy os pregunto: ¿habéis alguna vez sentido esa llamada, escuchado esa voz que, como un susurro, os avisa de que aquel a quien amáis está en peligro inminente?

Contadme. 

martes, 26 de abril de 2022

La amapola



 La amapola abrió sus pétalos al sol de primavera. Había crecido sobre la yerba pisoteada, pero se alzaba arrogante, delicada, roja como la sangre. Miró a su alrededor. ¿Dónde estaban los tulipanes, los tréboles, las margaritas? ¿Por dónde corrían los niños y reían las ancianas? ¿Adónde habían ido los pájaros con sus molestos gorjeos?

Pero no obtuvo respuesta a ninguna de sus preguntas. Cuando llegó la noche, la amapola cerró sus pétalos y se durmió en medio de un silencio que no era agradable, sino inquietante. De vez en cuando escuchaba sonidos rotundos y resplandores que le hacían creer que ya había amanecido. 

Pero la amapola, delicada, roja como la sangre, no llegó a ver amanecer. Con la primera luz del día comenzó a abrir sus pétalos y solo vio ante sí la gran rueda de un viejo tanque que avanzaba sin compasión. ¿Dónde estaban los niños que corrían y dónde las ancianas que reían?

Fue lo último que pensó

martes, 19 de abril de 2022

La niña bajo la lluvia

 


Llovía a cántaros y unas nubes oscuras y deshilachadas cubrían la ciudad. La niña daba saltitos por el vestíbulo, como una alocada rana adolescente.

—¡Aitana!—gritó su madre desde la cocina—, coge la mochila y vete al colegio de una vez. Tienes el almuerzo en la encimera.

Pero la niña no contestó. Correteaba por la escalera, simulaba jugar al sambori sobre las baldosas del recibidor. 

A principios de curso, la tutora había convocado a padres y madres en el colegio para decirles que, a partir de los nueve años, podían ir solos a clase. Según ella, de esa forma se reafirmaba su seguridad e independencia. 

—¡Aitana!—volvió a gritar—. Te vas a encontrar la puerta del colegio cerrada a cal y canto. 

Al final la niña salió con igual ligereza del ave que escapa por una ventana. No había cogido ni la mochila ni el almuerzo.

—¡Por Dios!—exclamó la madre al verlo.

A sus espaldas se abrió una puerta. Era su marido, con el pelo alborotado y los ojos legañosos.

—¿Pero qué pasa? He oído gritos.

—Pues lo de siempre. Aitana ha vuelto a dejarse la mochila y el almuerzo. Ni siquiera ha cogido el paraguas con la que está cayendo. 

El hombre cogió a su mujer de la cintura y la llevó de nuevo a la cocina.

—No te preocupes. Sabes que no se mojará. Y sabes también que no necesita almuerzo.

La mujer palideció.

—No vuelvas a decirlo —rogó. 

—Pero tienes que escucharlo. Aitana murió hace ya cuatro meses y...

—No, no...-susurró ella mientras le daba la espalda.

—Tienes que aceptarlo. El psiquiatra ya nos dijo que es cuestión de tiempo que dejes de tener esas alucinaciones. Todo pasará —añadió abrazándola.

—La tutora —balbuceó ella— estaba equivocada. Aquel día, aquel hombre... El dolor no pasará nunca. 

El hombre sabía que ella tenía razón, pero no dijo nada, solo la abrazó con más fuerza. 

Mientras tanto, en la calle una niña corría bajo la lluvia, saltando de charco en charco, como una alocada rana adolescente. Una niña sin mochila, sin almuerzo y sin miedo. 

jueves, 7 de abril de 2022

Primer amor

 

En verano íbamos al pueblo, un pequeño pueblo del interior de Alicante, de ese Alicante seco, áspero, cuajado de castillos, olivos y vides. Aquel verano yo acaba de cumplir doce años. El tenía catorce. Era rubio, guapo y listo. Fue mi primer amor, el que no se olvida, el que te abre un mundo nuevo e inquietante, el que, es más que probable, te rompa el corazón en mil pedazos. 

Durante aquel largo y cálido verano hubo miradas, risas, alguna que otra palabra que podía interpretarse de muchas formas. Y antes de volver a Valencia, él me pidió mi dirección y me dijo que me escribiría. En aquel tiempo aún se escribían cartas. En aquel tiempo, cuando el cartero llamaba al telefonillo, te precipitabas por las escaleras con el mismo ímpetu que si se hubiera declarado un incendio. Y las cartas comenzaron a llegar. En ellas me hablaba del Instituto, de libros, de excursiones, de sus escritos —sí, también escribía—, y se despedía con un abrazo o con un beso, abrazos y besos que nunca nos habíamos dado, desde luego. 

Y así pasó un curso entero. Y yo me reconocí ilusionada, enamorada, satisfecha de aquella relación epistolar que sin duda prometía tiempos mejores. Y, de nuevo, llegó el verano. Yo ya había cumplido trece años y era toda una señorita. El andaba por los quince. 

Nada más llegar al pueblo, mis amigas y primas me dijeron que se habían peleado con los chicos, una riña pascuera que no había acabado de arreglarse. No me preocupé demasiado. El y yo, a través de las cartas, habíamos ganado en amistad y confianza. Tenía tantas ganas de verle...

Y no tardé mucho. Al día siguiente lo encontré por la calle principal. Mi corazón se aceleró. Los colores subieron a mis mejillas.  Y él pasó de largo, sin mirarme, como si no me conociera, como si nunca me hubiera escrito ni una sola letra. 

Y mi corazón se rompió. Primer amor. Primeras lágrimas. 

¿Cuál fue vuestro primer amor?

lunes, 28 de marzo de 2022

Los quince céntimos


 De mi padre heredé la tendencia a intentar conservar la dignidad, por encima de cualquier circunstancia. Confieso que a veces no lo he conseguido. Pero ayer sí. Era domingo y fui a comprar a un pequeño Charter de mi barrio que abre los festivos. Cogí cuatro cosas, entre ellas una botella de agua fría y una tarrina de helado. Y las apilé en el carrito de forma ordenada como veo que hacen las señoras de bien. Pagué religiosamente, y cuando repasé la factura — hacedlo siempre—, comprobé que me me habían cobrado 30 céntimos por no sabía qué. Sí, habéis oído bien, treinta céntimos. Pregunté, y la joven cajera me dijo que en mi compra había dos bebidas, el agua y un refresco, que había cogido de la nevera, y que esa era la razón del aumento de precio. Le dije que no, que de la nevera sólo había cogido el agua. Ella tomó el refresco y me miró con profunda desconfianza. 

—Pero esto está frío— me dijo con mirada acusadora.

— Porque estaba al lado de la botella de agua y la tarrina de helado—le dije yo. 

Volvió a mirarme con desconfianza. 

— Espere que llamo a la encargada. 

Vino la encargada y palpó la botella y el refresco con la minuciosidad de un cirujano antes de sacarte un ojo. 

—Este refresco lo ha cogido usted  de la nevera —dictaminó. 

Le volví a repetir que no, que yo no mentía, que para qué iba a mentir por 15 cochinos céntimos... Y la encargada me miró aún con más desconfianza que la cajera. Eran las dos contra mi versión, la verdad contra la sospecha. Al final, con una mirada de desprecio inenarrable, me dieron los malditos 15 céntimos. 

Valga como argumento para entender mi estúpida pataleta que el día anterior me habían cobrado tres euros de más en la misma tienda. Y eso es una fortuna. 

Lo siento. No voy a pasar ni una. Nos podrán quitar 15 céntimos, pero no nos arrebatarán la dignidad.  

lunes, 21 de marzo de 2022

¿Batalla o rendición?



 Estos días me cuesta escribir. Mucho. La pandemia, la guerra, la lluvia pertinaz, el cansancio, la ausencia de sol... Y me preguntó, y os pregunto, cuándo hay que rendirse, sacar la bandera blanca, tirar la toalla, como queráis llamarlo. 

Hace unos días, en casa, hablando con mis hijos sobre la invasión de Ucrania nos planteábamos en qué momento era más útil, o más inteligente, rendirse que seguir presentando batalla. Desde luego queda más heroico seguir en la batalla aunque se piense perdida, pero, hasta qué punto esa actitud nos puede llevar a la propia destrucción. 

Y llevando esa duda a nuestra vida cotidiana, me pregunto: cual es el momento de decir hasta aquí he llegado, mi propio sueño me destruye, lo que anhelo quizás no es lo que me conviene.

Y ahí dejo el interrogante, como un pañuelo al vuelo, por si alguien lo quiere recoger y dar una respuesta. 

¿Batalla o rendición?

sábado, 26 de febrero de 2022


 ¿De qué puedo hablar hoy sino de la guerra? De esa guerra indeseada por todos que nos ha abofeteado cuando comenzábamos a salir de una pandemia que ha causado millones de muertos en todo el mundo. ¿Cómo es posible —me preguntaba hace un par de días que la guerra haya estallado otra vez en Europa cuando todavía no hemos olvidado, al menos yo, la guerra en la antigua Yugoslavia, que comenzó en 1991 y acabó casi 11 años después. 

No aprendemos. No aprendemos nada. Y volvemos a caer en la trampa del odio, de la provocación, de la violencia. Hace un par de días, mientras esperaba el tren en un andén solitario y frío escuché cómo una persona decía: ¿Y qué se nos ha perdido a nosotros en esta guerra? Y voy a dejar que conteste Luther King, que de estas cosas sabía bastante: "La injusticia en cualquier lugar es una amenaza en todos lados".

La injusticia nos sacude a todos, o al menos debería hacerlo, para despertar de este cómodo letargo y decir a voz en grito que solo queremos vivir en paz, tranquilidad y justicia.

 Con todo mi corazón, NO a la invasión rusa.


martes, 15 de febrero de 2022

Amor

 Ayer quería escribir sobre el amor, pero por circunstancias que no vienen al caso, lo dejé para hoy. Quería escribir sobre ese amor que irrumpe en la vida como una tormenta de verano. De ese amor que escapa a la razón y la mesura. De ese amor que te hace más fuerte, más integra, más valiente. Y me quedé perdida en mis propios recuerdos cuando sabes ya, a ciencia cierta, que hay cosas que no volverán a pasar.

Por esos amores que se perdieron, por los que nunca llegamos a olvidar, por los que nos robaron... Valió la pena, siempre valió la pena. 

Por lo que fuimos capaces de sentir, feliz San Valentín. 

viernes, 11 de febrero de 2022

20 euros. Conclusión.

 Un mes. Un mes de incertidumbre y de espera. Pero ellos me infravaloraron. Seguramente pensarían: la baby boomer ésta ya no tendrá ni memoria. Pero se equivocaron. Tengo aún una memoria privilegiada, y lo que es peor, una paciencia a prueba de ineptos y garambainas. 

Ha pasado un mes y por fin se han decidido. CaixaBank me ha devuelto esos 20 euros por los que luché a brazo partido.  Y no era por el dinero, claro está, sino por la dignidad, el respeto, la justicia. Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. 

Y al banco le damos un cero patatero. Se lo ha ganado a pulso. 

miércoles, 9 de febrero de 2022

Mis 20 euros



 18.55. Llamo a Caixabank. Una vez más. Posiblemente he llamado más de 12 veces desde que el pasado 10 de enero el cajero de una oficina cerrada al público, una más de tantas, me apuntara 20 euros en la libreta, pero no me los dio en mi sucursal, después de dos horas de cola, me dijeron que nada podían hacer, así es que comencé a llamar a atención al cliente, día tras día, con la paciencia del santo Job. Hoy otra vez.

—Bienvenido al servicio de atención al cliente de...—dice el robot—. Diga el motivo de su llamada.
Lo digo, una vez más.
—Pulse uno si tiene DNI; pulse dos si...
Pulso uno.
—Diga de uno en uno los números de su DNI.
Los digo. Me los repite.
—Diga sí, si es correcto. En caso contrario...
—Siiiiiií...
—Diga uno si la libreta se ha quedado en el cajero, diga dos si ha perdido la tarjeta, diga...
—Quiero hablar con un operador.
—Diga uno si...
—¡ Que quiero hablar con un operador!—grito.
—Un momento, por favor.
Musiquita machacona. Son ya las 19.15.
—Buenas tardes. Habla usted con Sergio Bolinga. ¿En qué puedo ayudarle?
Le explico. Intento no alterarme sin conseguirlo. Le pregunto que debo hacer para recuperar mis 20 euros.
—¿Ha hablado usted con su gestor?—pregunta.
—No. MI gestor está en Burriana, a sesenta kilómetros de mi casa.
—Pero...¿ usted vive en Burriana?
—No. Yo nunca he vivido en Burriana. Vivo en Valencia de toda la vida.
Silencio.
—¿Se ha bajado la aplicación?
—No—le digo—. Para eso necesito un gestor y no tengo gestor porque está muy lejos. Yo solo quiero mis 20 euros.
—Le paso con Aplicaciones.
Musiquita machacona.
Diez minutos esperando. Cuelgo. Estoy de los nervios.
Vuelvo a llamar.
—Hola, buenas tardes. Le habla Candela del Alma, ¿en qué puedo ayudarle?
Otra vez el mimo rollo, DNI, fecha, incidencia...
Me cuelga.
Vuelvo a llamar. ¿tiene DNI? Pulse uno si... ¡Yo qué sé, ni me acuerdo del número ni de mi nombre. Igual hasta vivo en Burriana y no me he enterado. Yo solo quiero mis veinte euros. Por favooor...
Amenazo con poner una denuncia en la comisaria, pero lo único que deseo es ver arder la sucursal.
—Le habla Toribio Listo. ¿En que puedo ayudarle?
Pienso que ya solo puede ayudarme la Virgen de Fátima. Vuelvo a contar mi versión de los hechos.
—Perdone—me dice—. Voy a hacer una consulta.
Otros diez minutos de espera. Son casi las ocho de la tarde. Me retuerzo como una anguila. No puedo más.
—Me dice mi compañera que su incidencia se ha resuelto a las cuatro de la tarde.
Digiero la respuesta. Trago saliva.
—¿Qué quiere decir se ha resuelto?¿ Me devuelven mi dinero o qué?
—No puedo decirle.
—Es usted muy amable.
Cuelgo. Mañana os diré si me han devuelto los 20 euros. Yo a estas horas ya no salgo ni a rastras.

PD. Los nombres de los operadores son falsos. Todo lo demás es desgraciadamente real.



miércoles, 2 de febrero de 2022

Sombras de París

 

Un anciano camina por las calles de París, la que algunos llaman la ciudad de la luz. Hace un frío de mil demonios. El hombre resbala y cae al suelo. Está aturdido y dolorido. Siente que se ha roto algo porque no puede levantarse. La gente pasa junto a él y lo evita. Todos caminan rápido. Tienen prisa o fingen que la tienen. Un niño lo ve y exclama:

—Mira mamá, ese hombre...

—Calla y no mires. Será un borracho o igual está enfermo de Covid. Ya lo atenderá la policía. 

Y las horas pasan: una, dos, tres, cuatro cinco, seis, siete, ocho y nueve. Nueve horas tendido sobre una acera de París, con un frío que hiela el alma y paraliza el cuerpo hasta que la sangre apenas puede ya circular por sus venas.

Al cabo de nueve horas un vagabundo se acerca a él. El anciano aún respira, está vivo. El vagabundo llama a la policía. Sabe lo que es estar tirado en el suelo, sabe lo que es pasar frío en la calle. Unas horas después, el anciano muere en el hospital. El médico certifica la causa: muerte por hipotermia. Ha muerto de frío, pero también de indiferencia, de desidia, de falta de humanidad. El anciano es René Robert, un reconocido y afamado fotógrafo con una inmensa lista de instantáneas a sus espaldas.

Hay historias que dan mucho miedo. Y ésta es una de ellas. 

Las más sórdidas tinieblas se esconden entre las luces de París. 

miércoles, 26 de enero de 2022

Noche de luna llena

 


El comisario paseaba por la sala de interrogatorios con las manos entrelazadas en la espalda.

—¿Por qué mató a su vecino?—preguntó en tono conciliador.

—No fui yo, La culpa la tuvo ella.

El comisario suspiró profundamente.

—¿Algún asunto de mujeres, pues?

—No, y le digo que no fui yo. 

—Negarlo no le a servir de nada. Le hemos encontrado a usted junto al cadáver y cubierto de sangre.

El hombre escondió la cabeza entre sus manos. 

—Ella me influye, me domina, me transforma...

—¿Pero quien es ella? ¿Su mujer, su madre , su hermana?

—Ella es la luna. Ella es la que me transforma en lobo.

El comisario estaba empezando a perder la paciencia.

—Qué lobo ni que...

—No le engaño. No fui yo.

El comisario puso las dos manos sobre la mesa y lo miró a los ojos.

—¿Está usted insinuando que es un hombre lobo?

—Se lo estoy diciendo. 

El comisario volvió a suspirar profundamente. Estaba cansado. Había sido un mal día: reyertas callejeras, peleas matrimoniales, y ahora lo que faltaba, el hombre lobo. 

—¡Martínez—gritó—. Mete al detenido en el calabozo y ponle un bozal, no vaya a ser que te muerda—añadió riendo. 

La luna llena apareció entre las nubes grises y algodonosas. El comisario volvió a su despacho. Sólo deseaba volver a casa, meter la cena en el microondas y echarse a dormir. El agente Martínez llamó a la puerta.

—Tiene una llamada, comisario, una llamada extraoficial. Son los resultados preliminares de la autopsia.

El comisario cogió el teléfono con desgana y escuchó.

—No puede ser. Es imposible. ¿Está usted completamente seguro?

Apenas dos minutos después el comisario colgó el teléfono. Estaba lívido. El agente Martínez permanecía de pie, expectante. 

—Comisario, ¿pasa algo?

—El forense dice que la causa de la muerte ha sido debida al ataque de un cánido, posiblemente de un lobo. 

Y en ese instante, desde los calabozos, llegó el aullido profundo y lastimoso de un lobo enjaulado.

jueves, 20 de enero de 2022

Sangre

 El olor a sangre llegaba hasta la puerta de la calle. Era un mediodía tórrido, el aire de poniente quemaba la piel. Entré en la cocina, suavemente iluminada por la luz que llegaba del patio, y allí estaba ella, mi tía Josefina, tan guapa como una actriz italiana, la misma que algunos años atrás se fugó con un soldado de la columna de hierro. Llevaba un cuchillo en la mano y su delantal estaba cubierto de sangre.

—¿Qué has hecho?—pregunté aterrorizada.
—Pues lo que tenía que hacer—repuso mirándome por encima del hombro.
—Pero me dijiste que no...
—Pues ha sido que sí—me interrumpió—. Alguien lo tenía que hacer y tu madre no tiene valor.
Yo apenas tenía siete años. Llevaba un vestido de batista azul, calcetines blancos de perlé y zapatillas pascueras.
—Es muy asqueroso—murmuré—. Aun se mueve.
La suela de mis zapatillas había comenzado a marcharse de sangre.
La tía Josefina se limpió las manos en el delantal y dijo:
—Anda, deja de mirarme y vete a jugar al patio. Me estás incordiando y aún tengo que rellenar el pollo.
Fue mi primera experiencia con la muerte.