miércoles, 25 de diciembre de 2019

El pálpito


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Caray. Y hay quien dice que la suerte no existe. Yo sigo alucinada con la historia de este señor, y también asombrada, muy asombrada. Va el  buen hombre y le dice un día a la parienta que se va a comprar lotería, que ha tenido un pálpito, una premonición o algo por el estilo.   La parienta, probablemente,  le dice que no se gaste mucho dinero, que la suerte no existe y que a ver si ese pálpito es solamente  una arritmia cardíaca. Pero el hombre saca sus ahorros de debajo del colchón y sale a la calle como si no hubiera un mañana. Tiene un número en la cabeza, un  número que le persigue, que le atosiga, que le hace acelerar sus pasos. Es un número por el que  nadie hubiera dado ni una albóndiga de cocido.  El 750, cortito pero matón. El lotero se queda  a cuadros cuando se lo pide, pero  cuando esta a punto  de darle un ictus es cuando le dice que se va a jugar a ese mínimo número nada más y nada menos que siete mil doscientos euros. Se lleva todas las series a su casa, tan contento él y tan seguro de que todo va a salir bien . Y sale bien,  muy  bien. El número resulta agraciado  con el tercer premio, lo cual significa  que el buen y arriesgado hombre se va a llevar a la saca nada más y nada menos que 18 millones de euros. El nuevo millonario  no ha dado la cara, normal, pero dicen  en la tele que es agricultor.  Y yo, que a  veces soy un pelín mal pensada, me pregunto: ¿que cultivaba? ¿Marihuana?
Desde luego, si alguien de mi familia se gasta siete mil euros en un solo número de la lotería, lo meto en el coche y lo abandono en una gasolinera alejada de cualquier lugar habitable. Aunque pensándolo bien, quizás esperase el resultado del sorteo. Una no es tan buena como parece.

 Que Dios reparta suerte, pero que se esmere un poco más. Mientras tanto, Salud, tiempo y esperanza para todos. Feliz navidad. 




jueves, 19 de diciembre de 2019

Las tres mantas

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Hoy os voy a contar una historia de amor, una historia de amor hermosa y terrible, como suelen serlo todas las historias de amor verdadero. Una historia real que esta mañana de diciembre me ha sacudido el corazón y me ha obligado a compartir con vosotros, lectores, este enorme drama.
La historia transcurre en la provincia tailandesa de Bueng Kan, y su protagonista es un hombre joven de 38 años, separado, padre de dos hijas pequeñas.
Hace mucho frío esa noche. Una ola polar llega desde China y hiela hasta el aliento. La casa en la que vive este hombre, Prasarn Homtong, está en construcción y aún no tiene puertas ni ventanas. El aire, gélido, entra por todas partes. Las niñas tienen frío y se lo dicen a su padre. En la casas solo hay tres mantas y él se las pone a sus hijas y se echa a dormir vestido únicamente con una camisa y unos pantalones cortos. Tirita, pero es un hombre joven y piensa que podrá resistirlo. En algún momento de la noche, Panweira, de tan solo ocho años, se despierta, coge una de las mantas y la echa sobre su padre. El hombre parece estar dormido, pero en realidad ha muerto de frío. A la mañana siguiente el médico solo puede certificar su fallecimiento.
Sé que es una historia triste. Sé que estamos a las puertas de Navidad y quizás no sea la historia que quisierais escuchar, pero os la cuento porque no es la historia de navidad al uso, con finales felices, perdices y turrón de almendras. Esta es simplemente una historia de amor, una historia cruel con pocos personajes: tres mantas, dos niñas y un padre que prefiere pasar frío, mucho frío, antes de que lo pasen sus hijas.
Y esta historia triste y hermosa a la vez, me invita a hacerme una pregunta:¿Qué no seríamos capaces de hacer por nuestros hijos? ¿Qué no haríamos por amor?
Feliz, justa y hermosa Navidad para todos vosotros. Nos veremos ya en los felices años 20.


































domingo, 8 de diciembre de 2019

Valencia, 8 de diciembre de 1936


No debiste ir a Valencia. Y mira que te lo dijeron. Cientos de veces. Pero tú no escuchabas, no querías oír. Tu hermana te lo dijo hasta la saciedad. Igual tuvo algún mal presentimiento, igual no. Dicen que el amor siempre desafía al miedo, incluso de forma temeraria. Lo convierte en un rumor miserable que intenta hacerse escuchar sin conseguirlo. 

Y aquella tarde de principios de diciembre, brumosa y fría, dijiste que te ibas, que él, Diego, te necesitaba. Estaba en la cárcel, en San Miguel de los Reyes, a las afueras de la ciudad. Comía mal, dormía mal. Sufría. El amor suele ser poco razonable. A veces nada tiene que ver con la razón o las razones que otros puedan esgrimir. 
Fuisteis caminando desde Beneixama hasta la estación del tren, situada a las afueras del pueblo, entre campos de trigo y maíz. Ibais cogidas del brazo, en silencio, porque a veces no hace falta decir nada para decirlo todo. Y llegaste a Valencia al anochecer. Tenía razón tu hermana. En el ambiente se respiraba miedo, angustia, muerte. Algunas iglesias habían ardido, grupos armados paseaban las calles con insolencia cruel. Pero tú no sentiste temor. ¿A quién podía interesarle una madre de familia aficionada a las misas y al fútbol? Te movía la ilusión de volver a ver a tu marido, preso por sus ideas carlistas.
Llegaste a casa muy cansada. Por la calle Trinitarios había jaleo. Miraste a través de los visillos, cerraste las contraventanas y te acostastes pronto. Un poco antes de dormir abriste el armario y dejastes sobre la cama algunos mantones de manila. Pájaros y flores, rosas, rojas, anaranjadas, sobre fondos dorados y verdes. Casi sin darte cuenta habías hecho una pequeña colección acudiendo a las subastas del Monte de Piedad. Cuando acabara la guerra —pensaste— te echarías sobre los hombros uno de aquellos mantones y te irías a cenar con Diego, tu marido, junto a la playa. Cuando acabara la guerra. 
Por la mañana, muy temprano, llamaron a la puerta. Pensando que era una vecina abriste confiada. Varios hombres armados preguntaron por él. Tú les dijiste que no estaba nada más. Te empujaron violentamente. Corriste por el estrecho pasillo y te encerraste en el cuarto de baño. Recordaste de repente las palabras de tu hermana: no has d´anar, no has d´anar a València. Ès perillós. 
Aquellos hombres enloquecidos abrieron la puerta a patadas, tiraron al suelo tus mantones de manila y los pisotearon con sus botas  sucias. A ti te cogieron del brazo hasta el dolor y te sacaron a la calle entre risas. La  cheka estaba muy cerca, en un antiguo seminario, en la misma calle Trinitarios. Allí pasaste varios días, en una sucia y oscura carbonera, hacinada, incomunicada, aterrada. Hasta que un día te llevaron ante un tipo malcarado que no supo de qué acusarte pero te condenó a muerte. Alguien  te dijo que te habían detenido los anarquistas, los peores, desvariados, violentos, rateros.
Unas horas después tu cuerpo yacía en una cuneta junto al picadero de Paterna, bajo el vuelo alocado de las gaviotas, frente a las miradas febriles de los hombres del pelotón de fusilamiento. Era el día de la Inmaculada de 1936.
No debiste ir, abuela, nunca debiste ir a Valencia. 

Nota de la redactora: MI abuela, Mercedes Pastor Sanjuán, nacida en Beneixama, hija del insigne poeta Juan Bautista Pastor Aicart y de Josefa Sanjuán Payá, fue fusilada en Valencia el 8 de diciembre de 1936. Sus ejecutores, el grupo López, de la FAI, Federación Anarquista Internacional, que destacó en la ciudad de Valencia por la crueldad de sus crímenes. Su cuerpo fue reconocido al acabar la guerra por mi madre, que por aquel entonces contaba apenas veinte años. La ropa que vestía fue clave para el reconocimiento. 








  


lunes, 2 de diciembre de 2019

Desandando lo andado

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La luz que entraba por la ventana no era luz, era un insulto deslumbrante y soez. Hacía brillar los platos de porcelana dejados sobre la mesa, que aún tenían restos de comida que expelían un hedor desagradable. Marcos miró a su alrededor con la mirada empañada en lágrimas. Lo había decidido después de muchos días y muchas noches, días luminosos y noches eternas en las que despertaban a la vez todos los fantasmas que habitaron su pasado y ahora le susurraban palabras que no quería escuchar.

Pero al final esas voces le habían convencido. Sería fácil y además  —sonrió para sus adentros—, mucha gente se sentiría culpable y se arrepentiría de palabras dichas y de silencios cómplices. 
Salió al patio y regó las plantas. El jazmín inundaba de perfume empalagoso el pequeño recinto encalado. El perro del vecino aullaba como un lobo herido. «Otra vez lo han dejado solo los muy cabrones»—pensó. Sacó algunos restos de comida de la nevera y los lanzó por encima del murete que separaba su patio del corral del vecino. El aullido cesó.
Tenía que dejar una nota escrita y dejar la cama hecha. Que luego todo se sabe y todo se comenta. "Qué fíjate tú —dirán—, hasta se dejó la cama sin hacer—. Así que cambió las sabanas y la colcha, le quitó el polvo al Sagrado Corazón que colgaba sobre la cama y rogó para que no le tuviera en cuenta lo que iba a hacer. 
Apenas comió. El hambre se había ido como el rocío de la mañana desaparece con los primeros rayos de sol. A la hora de la siesta el pueblo dormía un sueño profundo. Sacó de la bodega la vieja Orbea oxidada. Para tan largo viaje no le hacían falta ni lujos ni alforjas. Los campos de trigo brillaban bajo el sol inclemente. La sequía era realmente pertinaz, como afirmaban los noticiarios. La tierra, muerta de sed, se resquebrajaba dolorosamente.
El terreno se tornaba difícil. La vieja Orbea, sin marchas, apenas podía avanzar por el camino pedregoso. Se detuvo y cogió aire. Entonces lo vio.
Era como un espejismo escapado del averno, el horror en sí mismo. Tiró la bicicleta al suelo y corrió hacia él. Todavía pateaba, haciendo esfuerzos por sobrevivir. El  animal le miró desde sus ojos color canela. Colgaba su cuerpo de un árbol; sus patas apenas rozaban el suelo. Cortó la cuerda con la navaja que llevaba al cinto. El perro cayó al suelo y respiró.  El hombre blasfemó, maldijo, echó pestes en todos los idiomas. Quitó con cuidado la cuerda del cuello del animal y acarició suavemente su lomo. Este le miró a los ojos. Respiraba trabajosamente pero respiraba. 
Entonces supo que debía volver a casa, desandar lo andado, olvidar su siniestro proyecto mortal, dar de beber a aquel desheredado de la vida, como él mismo. 
Comenzó a bajar hacia el pueblo, sin prisas, lentamente. La tierra brillaba bajo el sol todopoderoso. El can caminaba a su lado, siguiendo el compás de sus pasos vacilantes. 
—Compañero— le dijo mientras le acariciaba las orejas.
Y siguieron caminando.