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domingo, 6 de septiembre de 2015

Aylan


Prefiero esta foto. Esta foto de risas y alegría. Aylan es tan feliz que su sonrisa enseña todos sus dientecillos y sus ojos se cierran. Junto a él su oso de peluche y su hermano. Probablemente, y a pesar de la sangrienta y salvaje guerra que asola Siria, eran niños felices, acostumbrados al sonido de las bombas y al terror de la guerra. 
Que nadie piense que no he puesto la foto del pequeño Aylan en la playa por miedo a herir sensibilidades. Me importan un rábano las sensibilidades de algunos, que parecen ofenderse porque se hagan públicas este tipo de fotografías. Y es que a veces nuestra adormecida conciencia sólo se puede despertar de un guantazo, y de un guantazo merecido. 
Pero la otra fotografía me hizo llorar. Andaba yo por Face buscando frases chorras de esas de autoestima y vídeos de gatitos revoltosos, y de repente, desde la pantalla, me saltó la foto. Como un escupitajo agrio, como una hostia - con perdón-, bien dada. Recorrí con mi mirada aquel cuerpecillo vestido con camiseta roja y pantalón azul, preparado para conquistar el mundo, para dejar atrás la sinrazón de los hombres que se creen humanos. Y sentí una necesidad inmensa de abrazarlo, envolverlo en una suave manta y contarle un cuento. Un cuento de esos que acaban bien, un cuento en el que los niños felices no mueren sobre la arena de la playa, un cuento de comer perdices y abrazar a  suaves osos de peluche.
Aylan, sin quererlo, se ha convertido en un símbolo. Pero hubiera sido un millón de veces mejor que ahora estuviera jugando en la guardería, correteando por la playa, dormido en su cuna. Que nadie hubiera conocido su rostro, que no se hubiera hecho tristemente famoso. 
Como un día dijo Woody Allen, si Dios existe, espero que tenga una buena excusa. 
Descanse Aylan en la paz que nunca llegó a conocer.