Hace unos días cayó una tormenta impresionante. Ya era hora. Rayos y truenos iluminaban un cielo oscuro y amenazante. Una tarde perfecta para descansar y leer. Y así lo hice. A eso de las siete, mi hija, que buscaba un paraguas desesperadamente, me preguntó de que me reía a carcajadas, y yo le respondí: de mí misma.
Me explico: ese día de tormenta inesperada encontré un diario que escribí en 1984, Hace la friolera de 36 años. Comencé a leerlo con una cierta curiosidad no exenta de ternura, y reconozco que acabé completamente entusiasmada. Inocencia, tensión, esperanza, tristeza, intensidad, pasión... La verdad es que sí, me reí a carcajadas, me odié, me amé, me asombré, e incluso al leer algunos pasajes me hubiera abofeteado con la mano bien abierta. pero sobre todo, me emocioné. Me emocioné porque todo lo que estaba leyendo lo estaba viendo desde el futuro, porque cuando lo leía ya sabía, para bien o para mal, cómo acababan las diversas historias que en aquellas hojas amarillentas se contaban. Me conmovió mi tardía inocencia, mi increíble capacidad de soñar, de nadar contra corriente. Entonces era joven y todavía no sabía que las esperanzas incontroladas construyen pero también destruyen al que las alberga.
A veces, y aunque nos duela, hay que observar con detenimiento el campo de batalla y decidir si lo mejor es batirse en retirada, huir campo a través, desistir, rendirse, sacar la bandera blanca y volver a la oscura y húmeda trinchera. Pero, vuelvo a repetir, entonces era joven y esas palabras no estaban en mi diccionario. Había que luchar hasta la desesperanza para lograr lo que ansiábamos, porque en aquella época todo parecía posible, fácil, amable.
Pero no lo era. Definitivamente, no somos los que fuimos. No pensamos como pensábamos, pero a veces te sorprendes al darte cuenta de que quizás sigues sintiendo lo que sentías.
¿O acaso es todo un espejismo?