Su hija se había ido al apartamento a pasar el fin de semana. En marzo cambiaba la luz, cambiaba la estación, resucitaba la vida.
—Te dejo al gato, mamá. El domingo por la noche lo recojo.
—Ni se te ocurra. La última vez que me lo dejaste me arañó la tapicería del sofá y me bufó como una fiera.
—Mamá, por favor. Dale una oportunidad. Pero si se pasa el día comiendo y durmiendo...
La mujer se lo pensó durante unos segundos.
—De acuerdo, pero el domingo a las diez en punto te quiero aquí para recoger al monstruo.
—¡Mamá, eres un cielo!
—¡Soy idiota, pero ya no tengo remedio. ¿A qué hora me lo traes?
—A las seis, cuando salga Oscar de trabajar.
Y a las seis de la tarde su hija y el gato estaban allí. El felino, negro y brillante como una joven pantera, le miró con desconfianza desde sus ojos amarillos.
—Te he traído su comida, sus juguetes, su cama y su arenero.
La mujer observaba al gato.
—Pero si parece el diablo, míralo, con esos ojos amarillos. Creo que no le caigo nada bien.
—¡Qué tonterías dices! Pero si es un amor de gato... Bueno, te dejo que Oscar ha aparcado mal. ¡Pasadlo bien!
«Encima recochineo»—pensó la mujer mientras ponía la manta del gato junto al balcón, donde llegaba el sol dorado de la tarde. Después puso la televisión. Quería saber cómo iba la trayectoria de aquel maldito virus chino, como ella le llamaba. Las noticias eran terribles. El virus había llegado a Italia causando la muerte y la desolación de miles de personas. Era improbable—decían las noticias— que la epidemia llegase a España, y se estaba haciendo todo lo posible para frenar su expansión. Aníbal, el gato se llamaba Aníbal, se había tumbado en su manta después de olisquear todo el salón. Estaba en tensión, con el cuello erguido y la mirada interrogante. La mujer pensó que lo mejor era no hacerle caso y dejar que se fuera adaptando poco a poco.
El domingo amaneció tranquilo. Olía a primavera, a resurrección, a vida renacida. Mientras desayunaba la mujer puso la radio y escuchó tres palabras que le hicieron más efecto que el café de Colombia: Estado de alarma.
¿Estado de alarma? ¿Qué significaba aquello? ¿Qué coño pasaba? ¿Tan grave era la situación? Comenzó a pasear arriba y abajo por el salón mientras Aníbal la miraba moviendo la cabeza como quien observa un partido de tenis. Al final, presa de los nervios, llamó a su hija por teléfono.
—¿Qué es eso del Estado de alarma, hija? Estoy un poco nerviosa.
—¿Te has tomado las pastillas de la tensión?
—Que sí. Explicame lo del Estado de alarma. No me suena nada bien.
Se hizo un corto silencio más expresivo que cualquiera de las palabras que hubieran podido pronunciarse.
—No podemos salir de casa, mamá. Solo para comprar comida o ir a la farmacia.
Otro silencio.
—¿Pero vosotros venís esta noche?
—No podemos. Estamos en Benissa. Nos pararía la policía. Nos pediría explicaciones que no podemos dar. Vamos a quedarnos aquí.
—¿Y el gato?
—¿Se porta bien? Se queda contigo, claro. Espero que no te importe. Te quiero mamá. Te dejo que vamos a comprar antes de que la gente desvalije los super. Un beso.
La mujer se quedó con el móvil en la mano, parada en medio del salón, con la boca entreabierta, como si se hubiera convertido en estatua de sal. Poco a poco iba dándose cuenta de lo que sucedía. Se quedaba confinada, encerrada en casa, atrapada con aquella temible pantera negra disfrazada de gato. No podría soportarlo.
Pero lo soportó. Al principio Aníbal y ella se esquivaban, hacían como que no se veían. Ella le ponía su comida, le limpiaba el arenero y evitaba mirar aquellos ojos amarillos que la observaban con curiosidad. Hasta que una noche la obligada soledad la hundió en la miseria. Sin venir a cuento, sin saber por qué, comenzó a llorar, al principio con suaves gimoteos; luego, a mares. Y fue entonces cuando Aníbal saltó sobre su falda, la miró asustado y comenzó a lamerle las lágrimas. Luego se quedó dormido en su regazo, con la placidez que da la confianza, y ella sintió una sensación nueva, reconfortante, una sensación que aliviaba su dolor y que eclipsaba su miedo.
Al día siguiente descubrió que a Aníbal le gustaba jugar. Corría detrás de las pequeñas pelotas, disfrutaba con los ovillos de lana, con los hilos, con las cuerdas. Y ella volvió a reír a carcajadas, como antes, como hacía tiempo. Por las tardes, mientras veía alguna serie en la televisión, el gato se arremolinaba junto a ella y dormía un buen rato. Al cabo de un par de semanas se habían hecho inseparables. Cierto es que a veces se afilaba sus largas uñas en el tapìzado del sofá, pero ya no le importaba. la compañía lo compensaba, las risas compensaban los destrozos.
A finales de junio el presidente del gobierno compareció. En realidad lo hacía todas las semanas y sus discursos eran largos, muy largos. Aníbal solía dormirse y a veces ella también. pero aquel día tanto el gato como ella estaban con las orejas bien abiertas. "A partir de la fase tres— había dicho el presidente—, ya se podía viajar a otras provincias. Eso significaba que su hija y Oscar saldrían de su confinamiento y volverían a la ciudad. Eso significaba que se llevarían a Aníbal para siempre. La pequeña pantera de ojos amarillos volvería a su casa y ella volvería a quedarse sola.
La melancolía la acompañó durante todo el día y Aníbal se dio cuenta. Se sentaba frente a ella y ladeaba la cabeza como si quisiera preguntarle qué le pasaba. Ella le acariciaba el lomo brillante y él pasaba su cara por sus piernas una y otra vez. A las ocho de la tarde cogió el móvil y escribió las palabras que había estado pensando durante todo el día:
—Lo siento muchísimo. Aníbal se ha perdido. He puesto carteles por todo el barrio. Igual vuelve. Estoy desolada.
Sabía que no habría podido soportar el largo confinamiento sin la compañía de aquella bola de pelo suave y negro.. Y si la descubrían, siempre podía decir que el gato había vuelto inesperadamente.
Nunca se había sentido tan feliz después de mentir.
Nunca se había sentido tan feliz después de mentir.
