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miércoles, 7 de febrero de 2024

Libros y gurumelos. 3ª parte

 


Llegamos al cuartel cuando ya había anochecido. El todo terreno había ido dando tumbos por oscuros caminos forestales y yo estaba mareada cual pato.

—¿Se encuentra bien?— me preguntó uno de los jóvenes agentes.

—Nunca me había encontrado mejor—mentí.

Mi padre me había enseñado a no perder la dignidad en ninguna situación.

—Igual tiene que pasar la noche en el calabozo. Es muy tarde. 

—¿Y cree usted que me asusta? En peores me he visto —aseguré.

Y era verdad. 

El calabozo no parecía muy cómodo. Era cuadrado, pequeño, con un estrecho ventanuco enrejado que daba a la calle.  En una esquina, sobre un banco de obra, había una mujer joven cubierta con un vestido minúsculo y con cara de hartazgo. 

—Hola. Buenas noches —dije con una sonrisa. 

La mujer me miró con ojos cansados.

—¿Buenas noches? ¿de dónde ha salido usted? No sé si se ha dado cuenta, pero esto es un calabozo. 

—Está claro, pero es lo que hay. 

La mujer me miró de arriba a abajo. 

—¿Qué ha hecho usted? No tiene pinta de delincuente al uso.

Me atreví. 

—¿Ah no? ¿Y de que tengo pinta?

—De señora que se va a  hacer la compra.

—Es muy posible, porque no he hecho nada. Iba a vender mis libros a la feria de los champiñones.

–¿Y está prohibido vender libros?

—No, a ver. Se lo explico. Yo iba a una feria, pinché una rueda, me deslicé por un terraplén, me torcí el pie, me topé con unos toros o vacas, bueno, algo con cuernos. Luego conocí a un muchacho, fuerte él, hablamos un poco, pero cuando se acercó la guardia civil salió pitando y me dejó su mochila, y en la mochila había droga. Los agentes del orden creyeron que yo era una traficante. 

La mujer abrió los ojos cual ensaladeras y empezó a reír a carcajadas. Lloraba de la risa. 

—¿Usted una traficante?

Y seguía riendo como una loca. 

—Pensaron —dije— que era una nueva estrategia de los narcos utilizar a señoras como yo, normales y corrientes. 

La mujer se secó las lágrimas. 

—No me lo puedo creer. Su historia es mejor que la mía. 

—Perdóneme si la pregunta le ofende.  ¿Es usted una mesalina?

—¿Una qué? Yo soy una puta a mucha honra. 

No quise decirle que significaba lo mismo, pero que la otra palabra era mucho más fina. 

—¿Y que les ha contado a los guardias?

—Que iba a recoger a mi hija de la guardería. Y estaba en la rotonda de un polígono industrial. Imagínese. 

Y la mujer volvió a reír a carcajadas. 

Escuché pasos por el pasillo. Alguien se acercaba. El guardia joven acompañado de…No me lo podía creer. Me levanté de un salto. 

—¡Cabrón! —chillé—. Me dejaste en medio de la nada con tu narcomochila. Me has metido en un buen lio. Señor agente, este muchacho es el dueño  de la mochila con…

 Pero el guardia ya se había ido. El hombre tomó asiento lejos de mí. 

—¿Y qué cree que debía haber hecho? ¿Quedarme para que me cogieran>?

—Pues a mí me ha metido en un buen lío. Ahora se creen que la narco soy yo. 

—¿Qué?

Al principio sonrió, pero después la sonrisa se convirtió en carcajada. Y a él se le unió la mujer, que volvió a llorar de la risa. 

—Eso no hay quien se lo crea. ¿Pero usted se ha visto?

—Sí, ya me ha dicho aquí la mesalina que tengo aspecto de señora que se va a la compra. 

—Totalmente. La ha clavado. ¿Y cómo se llama usted, señora narco? —dijo volviendo a reír. 

—Desamparados. 

—¿En serio? Pues sí, la verdad es que estamos los tres bastante desamparados. Yo me llamo Jony, el narco de la comarca. 

—Mucho gusto. ¿Y usted? —le pregunté a la mujer del minivestido. 

—Catalina. 

—Nombre de reina —repuse con seriedad..

—Pues ya ve, la reina de las rotondas. 

Esta vez hasta reí yo. 

—Pero era cantante —afirmó mientras se estiraba la falda sin mucho éxito—, pero cantaba fatal. ¿Y usted por qué vende libros en ferias de champiñones?

—Porque no vendo ni uno.  Voy un poco a la desesperada ¿Y usted, muchacho? ¿Por qué trafica?

—¿Y si no contesto?

—Usted mismo. 

El hombre cogió aire. 

—Me pillaron robando en el almacén donde trabajaba. Pillé un scalextric para mí ahijado,. Con sus cochecitos y todo. Luego. cuando e destapó el tema, nadie quería contratarme, y un colega de un colega me ofreció este curro y lo cogí. Es dinero fácil y no tengo que aguantar a nadie. ¿Me vende su libro? La dejé allí sola, con todo el marrón…

—No lo haga por compromiso y mucho menos por compasión.  

—Es para mí hermana, que lee como si fuera una maestra. Es lo que ella quería ser, pero en casa no había pasta. Yo solo leo de fútbol. Se llama Sara.

—Yo quiero otro, y me lo dedica —pidió la mesalina.  

—Hecho. 

El hombre suspiró profundamente mientras leía la dedicatoria que le había escrito a su hermana: Para Sara, la maestra, con todo mi afecto. Luego se levantó y aporreó los barrotes. 

—Guardia, agente, venga. 

—¿Qué quieres, Eusebio?

Parece ser que era un viejo conocido. 

—Quiero confesar. La mochila de la droga era mía. Cuando vi su coche salí cagando leches. 

—¿Está dispuesto a firmar lo que acaba de decirme? 

—Pues claro, si no para que lo digo. 

Veinte minutos después volvieron el guardia y el Eusebio. 

—Ya puede irse señora, Está libre de todos los cargos. 

Eran las dos de la madrugada. 

—¿Y dónde voy yo ahora? ¿No me puedo quedar hasta que amanezca?. 

—Imposible. Sería detención ilegal. Eusebio ha confesado. 

¿Dónde iba yo a las dos de la madrugada? 

—Lo único que puedo ofrecerle es una habitación en casa de mi suegra. Si le vale. Yo no la aguanto, pero ahora estará dormida. 

—Y tanto que me vale, señor agente.

Me volví hacia ellos.  Catalina, cuídate y canta, canta mucho. Y tú Eusebio, deja ese curro y búscate otro menos… solitario. Venga, nos vemos. 

Cuando ya salíamos, el agente se volvió hacia ella. 

—Ah, Catalina, se me olvidaba. Ha llamado tu hermana para decir que ya ha recogido a tu hija de la guardería, que estés tranquila. 

¿Qué? ¿Su historia era real? Me volví hacia ella. 

—¿Cómo se llama la niña?

—¿La. niña? Inés.

La noche era fría. Las calles estaban vacías. Y yo, no sé por qué razón, me sentía muy bien. 

Aunque la cama de la suegra del señor agente más incómoda no podía ser. 




domingo, 1 de septiembre de 2019

Verano del 19

Resultado de imagen de tormentas y gatos


Ya estoy de vuelta. De la ensoñación a la realidad. Del paréntesis a la vida cotidiana. Con todo lo que ello conlleva. Ha sido un verano de familia y calor extremo. Hijos que venían y se iban, sobrinos, hermanos, amigos, primos, charlas alrededor del desayuno, cenas improvisadas, lecturas en la calle y —lo reconozco—, poca escritura. El que más nos ha preocupado ha sido Tito, el gato, que en el pueblo ha descubierto que es un gato. Y como todo gato que se precie se ha escapado por las noches, ha tenido sus peleas nocturnas, ha vuelto al amanecer hecho unos zorros y, probablemente, más de un amorío habrá tenido porque es un gato guapo y poderoso.
Ha hecho mucho calor, excesivo. Desde buena mañana, el poniente sahariano soplaba ardiente y nos obligaba a recluirnos en las casas hasta bien entrada la tarde. Así, en la frescor de las estancias construidas hace casi doscientos años, pasábamos las veladas entre charlas, abanicos y una horchata bien fría. 
El verano se despidió con una gran tormenta, una de esas tormentas que llega precedida de un viento huracanado y tiñe el cielo de negro. La única tormenta, la única lluvia en una zona que se desertiza año a año ante la desesperación de los agricultores. Ni las malas yerbas salen ya adelante. 
Y ese día, el de la tormenta, cuando la furia del cielo cesó y el asfalto brillaba a la luz de las farolas, me fui a ver a mi gata acogida, una gata feral que vive a las afueras del pueblo, en las viejas escuelas abandonadas. Nada más verme, salió de su escondite y vino hacia mí ronroneando. Y en aquella soledad pasada por agua, en aquel atardecer sombrío y calmo, con aquella gata sedienta de caricias, sentí que aquel estaba siendo uno de los mejores momentos del verano.
—¿Qué va a ser de ti cuando yo me vaya?—le pregunté mientras le acariciaba el lomo. 
Y ella me miró desde sus ojos verdes y siguió ronroneando. 
El verano del 19 tocaba a su fin. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Caelum et infernum.


Y dijo que no existe, que no hay fuego ni llamas lamiéndote el alma. Entonces, ¿mis terribles pesadillas infantiles para qué sirvieron? Sin embargo, la edad, el tiempo o qué se yo, te obligan a replantearte las verdades que antes pensabas incuestionables. Es verdad. El Papa apostólico romano y argentino ha dicho que el infierno no existe, pero yo no me lo creo.
Existe. Basta sólo con abrir una puerta o cerrar otra. Es suficiente salir a la calle, ver el telediario, contemplar el odio, la brutalidad, la crueldad humana, abrir la ventana, escalar una pesadilla, darse de bruces contra una realidad perversa. Y tiene fuego, llamas afiladas que succionan el alma con lengüetazos ardientes, calores ígneos que queman la esperanza más curtida, brasas que ulceran los sueños que crecieron a la luz de la inocencia, chispas que sacuden la sonrisa y la vuelven mueca vacía.
Existe, vaya si existe. Pulula en barrios miserables echando a la gente de sus casas, en maltratos psicóticos de engendros que parecen humanos, en fracasos enormes que no admiten excusas, en miedos detrás de las puertas, en animales ahorcados, en hombres degollados, en niños solos, rotos, en sueños rotos, solos.
Pero no temáis más de lo recomendable. El cielo tampoco está entre las nubes algodonosas, escondido en alguna galaxia de luz y paz, no. El cielo existe y está aquí, en esa sonrisa, en ese abrazo inesperado, en el gesto solidario, en el hasta aquí hemos llegado, en la respuesta justa, en la objeción correcta, en una llamada, en un comentario, en un paseo por la playa, en una palabra, en un ladrido, en un maullido, en un encuentro, en una mirada cómplice, incluso en el silencio cuando no es del que abandona sino del que acompaña. 
Y como más pronto o más tarde, el infierno, como un aliento agrio y estuoso, atravesará nuestras vidas, id dejándole huecos al cielo, huecos enormes de sonrisas y anhelos por los que seamos capaces de caminar sin miedo. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Tregua de Navidad de 1914. Hoy hace 100 años.



 HOY HACE 100 años. Los hechos ocurrieron en la Primera Guerra Mundial. Las trincheras de ambos bandos estaban separadas por sólo cincuenta metros.  Una noche, los soldados del frente aliado escucharon cantar Noche de paz  a los soldados alemanes,  sus enemigos. Era Nochebuena. No entendían la letra, pero sí la música, y todos se pusieron a cantar. Un soldado saltó los alambres de espinos que le separaba de la trinchera enemiga pero nadie disparó. Cuando amaneció,  el Día de navidad, jugaron un partido de fútbol, hablaron, compartieron sus miedos y sus sueños,  celebraron la Navidad. En la despedida, un soldado alemán le entregó a uno británico seis cigarros y una tableta de chocolate.  Este anuncio de chocolate se basó en esa historia real, de la cual  hay numerosos testimonios, y que acabó convirtiéndose también en una película. Una historia que nos demuestra una vez más que  la paz está en el corazón de los hombres, de todos los hombres. Os dejo con el vídeo porque sobran las palabras. 

lunes, 22 de diciembre de 2014

Entre las páginas de un libro.


Hace unos años, mi primo Josep Joan M. Sanchis-Puig, escritor y profesor de filosofía, hizo un extenso trabajo de investigación sobre la figura y la obra de Joan Baptiste Pastor Aycart, escritor, medico rural y antepasado de ambos.
Fueron meses los que dedicó a desentrañar la historia de sus letras, de ejercer de ratón de biblioteca, de entender la letra de médico de aquel hombre que llegó a ser una figura importante de la Renaixença valenciana, junto a Teodoro Llorente.
Pues bien, una tarde de invierno que pasaba recluido en el museo municipal dedicado al poeta Pastor -que se halla en Beneixama, población en la que nació y vivió-, Josep encontró algo entre las páginas de un manuscrito. Se trataba de un mechón de pelo, de un largo mechón de pelo que, según los datos adjuntos, pertenecía a la primera esposa del poeta, fallecida en la terrible epidemia de cólera que asoló Alicante en el año 1854.
Un mechón de pelo que había permanecido entre las páginas de un libro más de cien años. 
Mas de uno -espero-, se estará preguntando a qué viene todo esto. Lo explico. Cuando Josep Joan nos contó esta anécdota, yo pensé en la cantidad de cosas que puede uno encontrarse entre las páginas de un libro: esa foto que creías perdida, un recordatorio de la primera comunión, una servilleta de papel donde apuntaste aquel teléfono, un verso improvisado a pie de pagina...  Pequeños o grandes recuerdos que quedan prendidos como broches imperecederos a esas paginas que algún día olieron a tinta nueva. 
Y después pensé en ese moderno y extendido invento llamado  ebook, ese vomitador de palabras que apenas ocupa lugar, ese invento perverso del cual se dice que algún día acabará con los libros en papel.
Me niego a creerlo. No quiero que eso suceda aunque presiento que puede ser posible. ¿El fin de una época? 
Este verano, por motivos de trabajo, tuve que desplazarme de la ciudad al pueblo y viceversa más a menudo de lo que hubiera deseado. Iba en tren, un regional exprés que tenía su destino final en Cartagena y del que yo bajaba en Villena. En los vagones, mayoritariamente habitados por gente joven, la gente charlaba, escuchaba música con auriculares o jugueteaba con sus móviles. Pero alguno - más de uno, por supuesto-, leían en su ebook. De hecho, mas de una vez comprobé que la única que leía un libro en papel era yo. Era yo la única que podía escuchar el sonido de las páginas al pasar; era yo la única que podía oler el perfume - sí, perfume- a tinta nueva; era yo la única que podía acariciar el lomo suave de aquella publicación que se mecía entre mis manos.Y me inquietó ver a mi alrededor esa amalgama de literatura táctil, me disgustó esa invasión tecnológica que asfixiaba la existencia de mi libro en papel. 
Pero supongo que el progreso tiene su precio y, más pronto o más tarde, hay que pagarlo. Sin embargo, yo seguiré yendo a la biblioteca de mi barrio para husmear entre las estanterías. Y seguiré comprando libros en papel mientras mi cabeza sea capaz de entender y mis ojos capaces de leer. De igual forma, puedo aseguraros que los libros que hoy inundan mi casa permanecerán en las estanterías mientras a mí me quede un aliento. Es posible que dentro de cincuenta o incluso cien años, alguien encuentre entre sus páginas amarillas, un mechón de pelo, una estampa de la primera comunión, un verso, una flor seca o simplemente un mensaje:  No podéis ni imaginaros qué bien huele un libro de papel recién comprado.

Nota de la redactora: Josep Joan Martinez Sanchis-Puig, que escribe con el pseudónimo de Joan Benesiu, ha publicado: Mes enllà de la poesía (biografía de Joan B. Pastor Aycart): Intercanvi, premio Blai Bellver de Narrativa 2007 y Els passejants de l´illa de Xàtiva, además de numerosos relatos.  








viernes, 19 de diciembre de 2014

Oro, incienso y mirra.

Recorrieron cientos de kilómetros persiguiendo una estrella. Lo cierto es que no eran reyes ni magos, Eran astrónomos, friquis, adorables friquis capaces de alcanzar una luz en el desierto. Probablemente, pasaron mucho calor durante el día y mucho frío durante la noche, pero siguieron adelante. Algo les decía que aquella estrella les llevaría a algún lugar, quizás anteriormente presagiado. Acamparon en diminutos oasis, islas de vida perdidas en el árido desierto. Cuidaron a sus camellos y los alimentaron. Se enzarzaron en largas conversaciones sobre el Universo al calor de una hoguera.
Luego, cuando encontraron al niño, le dieron cuanto tenían: oro, incienso y mirra. Lo observaron con ternura mientras hablaban con María y con José.
Quizás es esa la magia de la navidad, ese espíritu que nos afanamos en buscar y que se esconde reacio entre neones cegadores y ofertas publicitarias. 
Caminar en busca de alguien, acercarse a ese alguien y entregarle cuanto tenemos. Posiblemente, no poseamos oro, pero podemos ofrecer palabras. Es posible también que no tengamos incienso, pero podemos ofrecer sonrisas. De la mirra ni hablaros quiero porque ni sabríamos encontrarla, pero, en cambio,  podemos ofrecer abrazos. 
Así que para todos vosotros, queridos y fieles lectores: palabras, sonrisas y abrazos.
Y si alguna vez tengo oro, ya os doy un toque. 

martes, 2 de diciembre de 2014



Avanza  por la calle Colon a buen paso. Tiene porte, figura, saber estar. Y lo sabe. Lleva zapatos de medio tacón porque le sobra altura. Cubre su  cuerpo esbelto con un vestido y una chaqueta de lana roja y botonadura cruzada
Mira de reojo los escaparates de las pequeñas boutiques de lujo en las que se ofrecen toda suerte de artículos exquisitos que, pese a la crisis o por ella misma, siguen vendiéndose como palomitas  a la puerta del cine.
Hace una tarde espléndida de otoño y las rosas de los cercanos parterres florecen con descarada belleza. Sin embargo, ella no aminora el paso. Es más que probable que tenga prisa.
- ¡Carla!
Escucha su nombre pero no se detiene. Mas aún, acelera el paso.
-¡Carla!- grita de nuevo la voz cantarina-.
La mujer, al fin, se para y se acerca a la tienda desde donde la llaman. Dos besos breves en la mejilla, miradas fugaces y mutuas.
- Cuánto tiempo, Carla- le dice la mujer observándola atentamente-.¿Es que te has ido de la zona?
-Si -responde Carla-. Ahora vivo  a las afueras.
- Qué suerte. Seguro que tienes un buen jardín.
- Claro. Es muy tranquilo.
- Estoy segura. Pasa.
La tienda es pequeña pero está decorada con un gusto exquisito: dos lámparas de Tiffanys iluminan la  estancia con luz amarilla y breve.
 -Ven -dice cogiéndola del brazo con familiaridad-, tienes que ver este vestido.
-No tengo tiempo -se excusa Carla-.
-¿Cómo que no tienes tiempo? Una mujer de tu clase siempre tiene  tiempo. Pruébatelo. Hazlo por mí ¿Sigues gastando una cuarenta?
Carla afirma con la cabeza y mira el reloj. No se atreve a decir que tiene prisa.
-¿Y tu marido, guapa? ¿Sigue en la misma empresa?
-  Ahora está en la delegación de Londres.
- Oh, me dejas muerta -exclama la dependienta poniendo los ojos en blanco -. Hay unas tiendas en Londres...
El vestido es azul marino como sus ojos, con un detalle de pedrería  bajo el pecho y  una pequeña capa que nace en los hombros y se entrecruza en la  espalda.
-Te sienta de maravilla. ¿Te lo reservo?
 Carla sabe que debe ser cauta, tajante, demostrar tener tanta seguridad como la había demostrado en el pasado.
- No me lo reserves. Es precioso si, pero me gusta comprar los vestidos para eventos concretos y éste...
- Éste es para un fondo de armario de lujo, Carla - la interrumpe la dependienta-. Es una ocasión.
 La mujer comienza a sentirse mareada.
- Lo siento, Adela - se disculpa-. De verdad que tengo prisa.
- Aún así - afirma Adela con una falsa sonrisa-. Te lo reservo durante una semana.
- Como quieras.
Sale de la tienda acalorada, como si hubiera hecho una larga carrera. La primavera surge incluso en los pequeños brotes que nacen entre las piedras de los viejos edificios. Carla  acelera el paso mientras sonríe agachando la cabeza. "Mi marido está en la sucursal de Londres", había dicho. Efectivamente, la Interpol lo había detenido cuando salía de su hotel en Londres y ahora veía pasar los días tras los barrotes de una vieja cárcel  británica, hasta que fuera extraditado a España. Cabrón- murmura en voz baja. La había dejado con lo puesto. El juzgado le embargó el espacioso piso de la calle Ciscar y ahora vive en una vieja portería de un edificio perdido en un barrio del extrarradio. Carla lanza su lacia melena hacia atrás como si quisiese así tirarse de encima los malos, infames recuerdos. Se introduce en la calle Pizarro y acelera aún más el paso. Pocos metros más allá, entra en un portal que, por su aspecto, parece de abolengo. El portero la mira con admiración.
- Hola Carla.
- Buenos días Antonio - contesta ella-.
Sube en el ascensor hasta el  quinto piso. Llega tarde y sabe que Aurelio exige puntualidad, tanto que tiene un reloj en cada estancia de la casa. Le abre la doncella.
- Llegas tarde.
Carla no contesta. Entra en un pequeño cuarto, se cambia de ropa y sale rápidamente. En la puerta  sigue esperándola la doncella con gesto hosco. Lleva una escoba en la mano.
- Toma - le dice mientras se la entrega-. Empieza por las habitaciones de los niños, y date aire que no tenemos todo el día.
El aire de otoño huele a lluvia.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Días perros




En ocasiones, un viento del norte frío y áspero sobrevuela mi alma destartalada. Un hijo del averno, un leviatán perdido, devorador de sueños en el ocaso,  parece haber traspasado las paredes de la casa hasta minar los cimientos de mi vida. Por mucho que seas una experta en mentirte, sabes que todo se precipita hacia el abismo en un amasijo de esperanzas desahuciadas . El puto mes de noviembre empezó mal y no ha levantado cabeza. Desmoralizada, agobiada por la incomunicación y el silencio, publicas en face tu desesperación, implorando que alguien vaya mas allá de teclear con desgana la tecla de me gusta.  Esperas un rato y luego tienes que digerir a duras penas, mientras la bilis atraviesa tu esófago, toda clase de mensajes escritos en positivo. Porque si, eso es lo que se lleva ahora, pensar en positivo, negar la evidencia, mirar hacia otro lado, sonreír como bobos como si la vida fuera un eterno anuncio de coca cola.
Pero resulta que la chispa de la vida te ha prendido fuego  y te esta quemando viva mientras el tiempo, la suerte o no sé qué ente maligno, se ensañan en tu vida hasta arrancarte de cuajo lo que, sin saberlo, mas amabas: la rutina, la cotidianidad, la dulce melodía de un día normal.
No os preocupéis demasiado.  Si escribo con este pálpito de tragedia griega, es porque se me ha roto el coche, la pierna - el peroné-, dos sillas, la nevera, la tapa del water, dos vasos y un jarrón. ¿Parece extraño, no?  A veces la realidad supera la más perversa ficción. Abrazos desesperadamente virtuales.

martes, 28 de octubre de 2014

Caperucita y el hombre feroz.



El sol brillaba en un cielo inmenso y azul.
- Ve por la sombra.
- Sí mamá.
- No pierdas el tiempo.
- No mamá.
- No hables con desconocidos.
La niña se volvió hacia su madre. En su cara regordeta y angelical había un gesto de haztazgo.
- Todos los días me dices lo mismo, mamá. Es que ya me aburres.
- Y no me cansaré de decírtelo, Caperucita. Anda vete ya y dale un beso a la abuela de mi parte. Dile que las tortitas no llevan azúcar.
- Pero si ella puede...
- Por si acaso. Anda vete ya, Caperucita
La niña se metió en el bosque mientras tarareaba una canción improvisada:
El tiempo no perderás
por la sombra caminarás
y si ves a alguien que no conoces
huiraaaás. 
Y fue en ese instante cuando la niña escuchó un ruido entre los arbustos. Caperucita aminoró el paso y miró a uno y otro lado. Nada debo temer - se dijo a sí misma-, porque conozco el bosque como la palma de mi mano. De repente, frente a ella, un gran lobo apareció en el camino.
- Hola loba luna ¿dónde vas? - dijo Caperucita-. Me has dado un buen susto.
- Huyo despavorida.
- ¿Por qué huyes?
- Un peligro acecha en el bosque, Caperucita, un peligro terrible.
- ¿Qué peligro?-preguntó Caperucita muy asustada-.
 -Ha llegado un extraño ser que mata por placer, se esconde entre el ramaje y lleva encima una vara tan mágica como maligna, que en un segundo te puede romper en mil pedazos.
-¡Oh! - exclamó la niña-. Debo correr y contárselo a mi abuelita. Ella sabrá lo que hay que hacer.
Caperucita corrió por el bosque como una liebre, saltó ramas, cruzó torrentes, trepó a los árboles y al cabo de un buen rato llegó a casa de su abuelita, que hacía un crucigrama en el pequeño salón pintado de rosas azules.
- Abuelita, abuelita - dijo precipitadamente-, he visto un árbol de un señor que dice que tiene magia y rompe en pedazos la luna de Loba.
La abuela levantó la vista del crucigrama, se quitó las gafas y la miró con interés.
- Lo que dices no tiene sentido. Anda tranquilízate y vuelvemelo a contar.
- He visto a loba Luna y me dicho que hay un ser en el bosque que mata por gusto y que tiene una vara mágica y destructora.
La abuela se rascó la barbilla como si estuviera meditando.
- Ahora ya lo voy entendiendo, Caperucita. Espera que me abrigue que se va enterar ese extraño ser de la vara mágica.
Caperucita y su abuelita salieron al bosque. Atardecía y una luz dorada iluminaba las copas de los árboles. El bosque a aquellas horas, estaba lleno de vida.
- Espera, he oído algo - dijo la abuelita-.
Caperucita se paró en seco. Ella también había escuchado un ruido ¿Sería aquel ser extraño que mataba por placer?
- ¿Quien anda ahí?- preguntó la abuela con voz grave-. Si no sales en un minuto te tiraré una piedra y te sacaré las malas ideas de esa testaruda tez.
Primero asomó una cabeza rubia y luego otra morena.
- Son dos niños - dijo Caperucita-. ¿Qué hacéis en el bosque a estas horas?
- Nos hemos perdido - contestó el niño que parecía mas mayor que la niña-.
- ¿Y dónde os creéis que vais, pequeñajos?
- Hemos visto una bonita casa a los lejos. Sale humo por la chimenea. Pensamos que podríamos dormir allí.

- ¿No será esa casa que hay entre las rocas, al borde un de un profundo precipicio? - preguntó la abuelita-.
- Esa - dijo la niña sonriendo-. ¿A qué parece sacada de un cuento?
- De un cuento de terror - contestó la abuela. Ahí vive una recaudadora de impuestos jubilada. Os puede sacar hasta el higadillo. Tendréis que venir con nosotras. ¿Cómo os llamáis?
- Yo, Hansel - dijo el niño-.
- Y yo, Gretel - dijo la niña-.
-  El caso es que esos nombres me suenan - sugirió la abuela. Sigamos.
La oscuridad se adueñó del bosque y una lengua de frío se extendió bajo las copas de los árboles más altos. Caperucita, la abuelita, Hansel y Gretel seguían caminando despacio cuando vieron un raro resplandor a los lejos.
- Allí, junto a la cascada ¿has visto?
- Es una chica que duerme - afirmó Gretel conmocionada-.
- Ah, esa - exclamó la abuelita con tono despreciativo-. ¡Pues no lleva tiempo durmiendo! Parece ser que espera a un príncipe que tiene que despertarla de su dulce sueño, pero ya lleva así meses.
- Pobrecilla, vamos a verla. A lo mejor necesita algo -propuso la niña-.
Los cuatro se acercaron despacio y la rodearon con admiración.
- Es muy guapa -dijo Hansel-. ¿Y si la beso yo?
- Tú quieto - dijo la abuelita-, a ver si se nos duerme para siempre.
- ¡Tiene pulgas! - exclamó Gretel aterrorizada-.
- Y a saber qué más - respondió la abuela-. Sigamos antes de que se nos peguen.
Un ruido interrumpió su charla. Un caballo a todo galope se acercaba hacia ellos levantando una gran nube de polvo.
- ¿Habéis visto a una muchacha que duerme un dulce sueño al rumor de las aguas cristalinas de la cascada?
- Ahí detrás la tienes - respondió la abuela-. ¿Se puede saber cómo has tardado tanto?
El apuesto joven no contestó, desmontó del caballo y corrió hacia la muchacha.
- Ya verás qué pasa... - susurró Caperucita-.
- ¡Niña!- exclamó la abuela-. ¿No sabes que el amor todo lo puede todo lo soporta, todo lo...?
- ¡Pulgas!

Como corcel llevado por un viento huracanado pasó el príncipe en dirección contraria al lugar donde yacía la joven dormida.
- Te lo dije - avisó Caperucita-.
El silencio se hizo entre ellos. Debían encontrar al ser extraño que mataba por placer antes de anochecer. A su derecha pudieron escuchar unos pasos rápidos seguidos de un incesante parloteo.
- El que faltaba - dijo la abuela-.
-. ¿Quién?- pregunto Gretel curiosa-.
- Es Sid, el perezoso de la Edad del hielo. Habría que cortarle la lengua para que dejase de hablar.
 Sid se acercó hasta ellos con los ojos espantosamente abiertos.
- Me persiguen. Vengo de la Edad del hielo. Viene una glaciación ¿ o dos? No sé. ¿Donde está Many? ¿Quienes sois?
La abuela le cogió por los hombros.
-¿Quieres relajarte o me va a dar un ataque ¿Quien te persigue?
- Un ser, feo, con una larga vara... Viene una glaciación. ¿Quienes sois?
-Este chico creo que toma demasiados refrescos azucarados -susurró la abuela-, y dijo:
-Somos los amos del bosque e intentamos encontrar a ese ser que te persigue antes de que mate al lobo.
- Pues ahí está - exclamó Caperucita dando instintivamente dos pasos atrás-.
Un hombre alto, vestido como un matorral y con una larga vara en la mano se acercaba a ellos. La abuela no se arredró.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó-.
- Buscar al lobo ¿Lo habéis visto?
- ¿Y si lo hubiéramos visto?
- Mejor me lo decís - dijo aquel ser huraño levantando la vara de madera y hierro que escupía fuego.
- ¿Acaso te he hecho daño?- preguntó Hansel-.
- No.
-¿Acaso se ha comido tus ovejas?- indagó Caperucita-.
- Yo no tengo ovejas.
- ¿Acaso ha entrado en tu casa y te ha robado los calzones?
- Abuelita.. -susurró Caperucita-, no seas descarada.
- No, no ha entrado en mi casa ni se ha comido a mis gallinas ni..
- ¿Entonces?
- Es un peligro.
- ¿Para quién?

Aquel hombre se estaba quedando sin palabras.
- Para mí.
Entonces - dijo la abuelita rodeándolo-. ¿Por qué vienes al bosque?
El hombre retrocedió lentamente sobre sus propios pasos.
- Tienes un minuto - dijo la abuela-, para salir corriendo. De lo contrario, vendrá la loba Luna y todos sus primos.
- ¿Sus primos?
- Diez lobos, grandes como osos y fuertes como leones. Ahueca el ala o te vas a quedar sin plumas.
Y aquel hombre feroz, matador de animales que en nada le molestaban, salió corriendo en dirección a su cuatroporcuatrodieciseis y se marchó a su ciudad contaminada de la que nunca debió haber salido.
- Vamos a despertar a la tonta durmiente - dijo la abuela-, porque si espera que vuelva el príncipe de sus sueños va lista. En cuanto le quitemos las pulgas - afirmó dirigiéndose a los niños-, cuidará de vosotros. Y ahora, vámonos, antes de que bajen los lobos.
- Pero no habías dicho... - preguntó Caperucita-.
- ¿Tu has visto a los primos de Loba Luna? ¿no? Pues yo sí. Haz lo que te digo.

Y la abuela, Caperucita, Hansel, Gretel, la Tonta durmiente y Sid el perezoso se adentraron  en el bosque cogidos de la mano en dirección a la casita del bosque.

En lo alto de una loma aulló la loba. Y parecía un aullido feliz.




jueves, 9 de octubre de 2014

Excalibur


Perro Excalibur fue sacrificado

El miedo es una enfermedad que no tiene cura. Se extiende como un viento ponzoñoso y convierte al amigo en sospecha, al cercano en apestado. En aquel ministerio, un día de otoño, al miedo se le unió la ignorancia. 
- Señora ministra, que la enfermedad se extiende, que el virus es malo con ganas, que la sociedad se levanta. Hay que hacer algo. Salimos en la prensa de todo el mundo. Es el primer caso de contagio en Europa. Las sombras de la incertidumbre se ciernen sobre el ministerio. La calle quiere su cabeza. El lado oscuro ha pasado a nuestro lado. Que le dieron paracetamol, señora ministra, que somos el hazmerreír del mundo civilizado y del otro, que el protocolo tiene más grietas que un edificio de Calatrava. Que tenemos chubasqueros, pero cortos de mangas, que esto se nos va de las manos. ¿Qué hacemos, por Dios, que hacemos?
- Habla con el consejero.
El hombre corre cual liebre infectada, atraviesa la ciudad sobre la que apuntan vestigios de pánico ancestral. 
- Señor consejero, que la enfermedad se extiende, que el virus no tiene cabeza, que el lado oscuro no responde al paracetamol, que el protocolo de los chubasqueros se nos queda corto, como las mangas, que el contagio de las grietas es inevitable, que el ministerio se levanta contra la sociedad. que la cabeza de Calatrava se nos va de las manos ¿Qué hacemos, por Dios, qué hacemos? 
 Sin duda, los nervios le pueden. 
El consejero le mira. Es orondo como una galleta oreo. Lo tiene muy claro. 
- Que maten al perro. 

Y muerto el perro, comienza la rabia. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

Si tu me dices ven...


Es curioso, pero si tu me dices ven, no dejo nada, posiblemente ni la incómoda silla sobre la que estoy sentada. Si tu me dices ven, correré en dirección contraria, hacia el ocaso de un sol hastiado. Si te atreves a ofrecerme tus momentos más ocultos, te diré que yo no oculto nada y  que tus secretos me importan menos que la liga sudafricana. 

Si tu me dices ven, vas a quedar esperando bajo la calima más asfixiante. Nada va a cambiar y no habrá más felicidad porque yo ya la tengo toda. Si tu me dices ven, vas aviado. 

Indecisiones - dices-, ya no las siento, porque estoy decidida a vivir mi vida con aplomo, para unir mi alma con aquellas almas de los que amo, para estrechar mi corazón con el de aquellos cuyo corazón late por mi.

No te atrevas a llorar conmigo, ni por asomo,  no quiero sucias lágrimas sobre mi blusa nueva. Si quieres la salvación búscala en otra parte, al precio que te pongan los predicadores de cualquier especie para salvar tu alma. 

Porque si tu me dices ven, no dejo nada. Ni se me va a hacer tarde para nada,  ni mucho menos me voy a encontrar perdida en la calle, sin rumbo y en el lodo. Si tu me dices ven, húndete en ese fango que auguras para mí, hasta que te llegue al cuello y te impida respirar. 

Si tu me dices ven, no dejo nada, ni siquiera la incómoda silla sobre la que estoy sentada. 

Has llegado tarde, muy tarde. 


(Basado en la letra de la canción Si tu me dices ven de Los Panchos). 







sábado, 6 de septiembre de 2014

Los gatos de Louis Wain



-Te pondrás bien. 

El hombre que está junto a la cama acaricia el cabello de la mujer con ternura. 
No estoy tan segura - contesta la mujer cuya palidez corrobora sus palabras. 
- ¿Quieres que te traiga a Peter?
- Por favor -, responde ella con una ligera sonrisa. 
El hombre sale de la habitación y vuelve con Peter, un hermoso gato que hace las delicias de la joven enferma. 
- Mira -le dice el hombre-, le voy a poner gafas y ahora va a leer el periódico. 
la joven, desde su debilidad, se rie. Peter será la musa de este joven ilustrador inglés para el resto de su vida. 



Louis  Wain nació en Londres el 5 de agosto de 1860. Un defecto congénito - labio leporino-, le apartó de la escuela y le obligó a pasar muchas horas vagabundeando por las calles de Londres. En su adolescencia estudio arte y pasó a ser profesor en la London School west of art. pero pronto se cansó y se convirtió en artista independiente, un ilustrador poco conocido hasta que comenzó a dibujar gatos, gatos antropomórficos, es decir realizando actividades propias de seres humanos. 
 Contrajo matrimonio a los 23 años con una mujer diez años mayor que él, Emily Richardson.Tres años después, su esposa enfermó de cáncer. Wain intentaba hacerle más llevadera su enfermedad con bromas en las que siempre participaba su gato Peter, un gatito callejero blanco y negro que habían rescatado después de oírle maullando una noche de lluvia. Fue entonces cuando su esposa tuvo una idea. Le aconsejó que dibujara gatos con actitudes humanas, gatos que ríen, que juegan al golf, que leen, que conducen. El ilustrador le hizo caso y a partir de ahí comenzó a tener un notable éxito y sus dibujos llamaron la atención y lograron el aplauso de toda la sociedad inglesa. Tarjetas, posters, tiras en periódicos... Su popularidad era tanta que el famoso escritos H.G. Wells - autor entre otras obras de la conocida Guerra de los Mundos-, afirmó que Los gatos ingleses que no se parecían a los que pintaba Wain se avergonzaban de sí mismos. 
Pero la muerte de su esposa lo hundió en un abismo de desesperanza, quedando destrozado por la pérdida. El resultado de esta profunda tristeza fue que malvendió todas sus ilustraciones, se quedó sin hogar y se vio obligado a emigrar a la ciudad de Nueva York en busca de un nuevo trabajo y una nueva vida. Pero no la encontró. Perdió el poco dinero que le quedaba y tuvo que regresar a Londres completamente desmoralizado. 
 El sufrimiento le venció. A los 57 años le diagnosticaron esquizofrenia. Su carácter cambió y se volvió irascible y desconfiado. Se encerraba en su habitación durante horas escribiendo textos que nadie conseguía entender. Sus hermanas, que lo habían acogido, se rindieron y se vieron obligadas a internarlo en un sanatorio psiquiátrico para pobres. A partir de ahí sus dibujos, antes amables, se volvieron inquietantes, atormentados. Cuando el primer ministro supo de su lamentable situación, fue trasladado al hospital real de Bethelem, en cuyos jardines vivían muchos gatos. Su inspiración volvió pero sus dibujos sólo podían expresar la pesadilla mental que vivía. Sus gatos abandonan el rostro dulce para convertirse en gatos electrizados, devorados por el color y la rabia. 

Poco a poco, sus repentinos cambios de humor se calmaron y él continuó dibujando por placer. Su obra, durante este periodo final, se volvió más abstracta, aunque siguió nutriéndose de su principal fuente de inspiración, los gatos. 
Falleció en 1939. 


martes, 2 de septiembre de 2014

Qué difícil es viajar para nosotros, los gatos.


Hace unos días mi ama y yo volvimos a Valencia desde el pueblo en el que nunca llueve. Primero tuvimos que ir del pueblo hasta la estación de tren más cercana. A mí - lo confieso- no me gusta el transportín porque no sé adonde me llevan, pero en vez de pegar cabezazos contra la puerta, como hace Tito, yo me conformo, doy dos maullidos y me pongo cómoda. 
La luz amarilla de la tarde entraba por las rendijas de mi jaula, hacía calor  y soplaba un poco de aire en aquel andén insulso y desierto. Cuando subimos al tren mi ama me dijo: 
- Tu calladita, porque de lo contrario me harán pagar medio billete. 
- Mau -contesté yo escandalizada-, que quería decir: Cómo voy a pagar medio billete de tren si no voy en un asiento, si estoy aquí metida en esta cárcel portátil como si fuera una tigresa salvaje, que ya me gustaría. 
Pero cuando se acercó el revisor, mi ama dio una patadita al transportín y lo introdujo bajo el asiento. Yo me quedé muy callada y muy quieta para que nadie se diese cuenta de mi presencia. El viaje se me hizo rápido. Llegó la noche como una sorpresa y me quedé medio dormida. Cuando llegamos a Valencia era ya oscuro, pero en la estación había mucha gente cargada con bolsos, maletas y transportines. Yo intenté avisarles de lo del medio billete, pero mi mau se perdió con el ruido de la entrada de un talgo procedente de no se dónde. Mientras cruzábamos el semáforo de la calle Xátiva, mi ama me dijo: 
- Lo vamos a intentar pero ya verás lo que pasa. 
Yo no sabía lo que íbamos a intentar, quizás es que en el autobús también tenía que pagar medio billete. 
Pero no. Era peor que todo eso. Cuando por fin llegó el autobús de la línea ocho, el conductor le dijo a mi ama. 
- No puede subir con el transportín. 
- ¿Por que?
- Lo dice la normativa. Imagine que lleva usted una boa. 
- Pero si llevo un gato. 
- Pues no puede. Lo siento. 
- Pues en Barcelona y en Zaragoza  se pue...
- Pero está usted en Valencia...
- ¿Y a quién le puede molestar mi gato? 
- A quien tiene alergia a los gatos, por ejemplo. 
Os voy a contar un secreto: yo creo que eso de la alergia a los gatos es algo que se han inventado los médicos cuando no tiene ni putgata idea de a qué le tiene alergia el paciente. Puede ser que sea al sapenco o a los carunchos, pero como ni ellos ni yo sabemos qué significan estas palabras, pues se ponen las gafas, se alisan el pelo y afirman: esto es sin duda alergia a los gatos. 
 Yo creo que ella, mi ama, lo sintió más que el conductor de aquel autobús porque  no le quedaba más remedio que volver a casa a pie, por Guillém de Castro. Y volver a casa en agosto, sola, con una mochila a la espalda y una incómoda jaula con una gata preñada, bordeando el barrio chino de Valencia (en el que supongo viven todos los chinos de la ciudad), pues no era muy agradable. 
Pero el caso es que vinimos hablando. Ella decía: jolín, cómo pesas, y yo le contestaba Mau, que en este caso quería decir  la culpa la tienes tu, no me cebes.
 Cuando llegamos a casa, Tito nos esperaba tras la puerta. Le brillaban los ojos y movía la cola de alegría. A mí se me pasó enseguida el cansancio; a ella también. Porque el hogar está donde están los seres que amas.  
Qué cursi me pone este calor.