miércoles, 14 de febrero de 2024

Libros y la feria del chocolate


Cuando se escucharon las llaves en la puerta de la casa, mis gatos salieron corriendo hacia ella.

 La que llegaba era mi hija, que venía con una carta en la mano 

— ¿Otro recibo? —pregunté. 

—No, mamá. Parece ser una invitación para ir a otra feria 

—¿Otra feria? Dios me libre. Después de la feria del gurumelo, con todo el lío del calabozo, la mesalina, el tropezón, los toros y el narcotraficante, estoy un poco ya saturada . Creo que necesito un respiro. 

—Pues esta te va a encantar, mamá 

—A ver, dime ¿de qué va? 

—De chocolate

—¿Qué me estás diciendo? ¿En serio que hay toda una feria dedicada al chocolate? ¿Dónde se les ha ocurrido tamaña tentación ?

—En Torrent . 

—Bueno, y encima está cerca.  No estaría mal acudir a esa feria  del chocolate. Igual no vendo ni un libro, pero vuelvo con un empacho de acudir a urgencias. Llevo ocho meses sin probar el chocolate por culpa de la maldita vesícula. Voy a vengarme.

—Pero mamá ¿Tú sabes algo de la historia del chocolate, de las clases que hay, de sus orígenes, de sus tradiciones? Tendrías que investigar un poco 

—¿Y que tengo que saber del chocolate?  que se hace con el cacao, que  lo trajeron de América,  que está muy bueno, que levanta el ánimo, que sube el azúcar, que te pone como una ballena. ¿Qué  más debo saber  del chocolate? 

--Pues que hay muchas variedades, qué porcentaje de cacao llevan, si es mejor el blanco o el negro  Deberías…

—Debería ir. No me cuentes historias chocolateras. Sabes que lo único que pretendo  es vender mi libro.  Si tengo que decir alguna tontería con respecto al chocolate, la diré. Ya conoces mi capacidad de improvisación. 

—La conozco. 

—Por eso mismo no hay ningún problema. Cojo el metro en la estación de Turia y así no me lío con los transbordos. Me llevo seis o siete libros, me planto en la feria, me inflo a chocolate, y si vendo algún libro bien y si no, no pasa nada.

  Y llegó el día, un día de febrero más bien caluroso y ventoso. Este año el invierno se ha rendido y nos ha dejado en manos de los anticiclones.  Aún así, me puse mi chaquetita de lana,  mis mocasines de medio tacón y me fui a la feria cargada con mis libros y con mis ya cansadas ilusiones. Nada más llegar, comprobé que el ambiente era estupendo. Había muchos stands, diferentes y reconocidas marcas, algunas de chocolate artesanal, y un reguero de gente ávida de probarlo  todo.

    Después de curiosear un poco, me detuve en el primer stand, donde una amable señorita me ofreció probar una tableta de  chocolate a las finas hierbas con arándanos o  fresas o  algunos frutos rojos de origen desconocido.  Un regalo para el paladar. Compré una tableta y seguí paseando. Estaba ya llegando al segundo stand, cuando se me acercó una persona por detrás y me tocó en el hombro . 

—¿Le gusta el chocolate?—me preguntó .

    Me volví en redondo. Aquel hombre tenía una voz un poco cantarina. No podía creerlo.  Me encontré cara a cara con Napoleón, sí estáis leyendo bien, con Napoleón Bonaparte. 

me pegué un susto de muerte

—Usted se parece a…

—Napoleón, emperador de Francia. ¿Y se preguntará qué hago aquí? 

No sólo me estaba preguntando eso. 

—Pues ya que lo dice…

 —El chocolate es una delicia exquisita, señora. y no pueden hacer una feria dedicada al chocolate  sin invitarme a mí. 

—¿Por alguna razón en especial?— me atreví a preguntar.

Su rostro se endureció. 

  —¿Es que acaso usted no lee libros de historia ?

—Alguno ha caído en mis manos, pero no cuentan precisamente esas intimidades. Más bien se refieren a las batallas, a los muertos, invasiones, ya sabe, el dos de mayo y todas esas cosas desagradables que traen las guerras. Además, yo pensaba que lo que más le gustaba  a su... —dude—  excelencia,  era beber…

—Ese era mi hermano José, siempre dándole al trinqui. ¿Y de mi adicción al chocolate no dicen nada los libros de historia? 

—Nada.  Es la primera vez que lo oigo.

 —Pues ya ve, señora, yo preparaba la estrategia  de mis batallas encerrado en mi gabinete y tomándome un buen chocolate  caliente. 

Alucinada estaba.

—Vaya lo que una aprende en las ferias 

—Y no se crea que soy el único personaje famoso al que le gusta el chocolate. 

—A mí también me gusta —afirmé con arrogancia.

—Pero usted no es famosa 

Recordé mi atolondrado paso por tantas ferias..

—Voy camino de serlo.  tiempo al tiempo. .

—Pues mire por ahí viene otra persona a la que también le encantaba el chocolate, la misma María Antonieta, reina de Francia,

Me giré. Era cierto. Se acercaba una bella dama con el cuello un poco torcido.

     —A ver, señor o emperador Napoleón, que yo sepa a esa señora le cortaron la cabeza.   Espero que no fuera por comer chocolate. 

   —Sin duda no fue esa la causa, pero hasta tal punto le gustaba esta ambrosía que realmente podría haber una marca hoy en día que se llamara chocolates María Antonieta, perderás la cabeza cuando lo pruebes 

“Qué bruto”—pensé—, pero yo no me iba a quedar atrás.  

—Se me ocurre otro, chocolates que te cortaran la respiración. 

—Ese lema es tan sádico como el mío, señora. Debo dejarla. Me han ofrecido probar chocolate con gurumelos. ¿Quiere acompañarme? 

    Negué con la cabeza mientras hacía una torpe reverencia. No quería saber nada de los gurumelos. Ante mi negativa, Napoleón se fue a probar chocolate con hongos y yo me quedé esperando a María Antonieta.

    La reina llegó caminando como un pavo real, altiva, enfundada en un hermoso vestido de seda y encaje. 

   —Majestad María Antonieta —le dije—, un placer encontrarla en esta feria 

—El placer es mío contestó con voz susurrante—.  ¿Ya le han contado que soy una gran amante del chocolate? 

—Pues tiene buen gusto, todo hay que decirlo. Yo también, pero yo no soy en ningún caso una reina degollada 

—No me traiga ingratos recuerdos, amiga mía. La vida no me trató bien.  Mejor hablemos de chocolate, una de mis pasiones.. 

Yo sabía que tenía otras pasiones más nórdicas. ¿Quizás un atractivo conde sueco? 

—Voy a seguir probando chocolates. Si desea acompañarme…

Volví a negar con la cabeza, y mientras ella se alejaba  contoneándose entre la gente que parecía no verla, yo empezaba a pensar si aquello era la feria del chocolate, una fiesta de disfraces o un pabellón del hospital psiquiátrico. no lo tenía yo nada claro cuando vi que se acercaba un hombre muy elegante, de buena planta, con mirada interrogante.   Supuse que la palidez de mi rostro, después de haberme encontrado con dos personajes tan importantes de la historia, debía ser dramática.

—¿Se encuentra bien señora? la veo extremadamente pálida.

—No se apure —le dije—, lo cierto es que después de hablar un rato con Napoleón Bonaparte y María Antonieta,  me siento un poco rara, confusa diría yo 

el hombre me miró un poco alarmado 

—¿Quiere que llamemos a alguien de su familia? 

—No, por Dios, a qué santo.  Yo he venido aquí a vender mi libro y por ahora no me he estrenado.  Los señores históricos que me han salido al paso no han tenido a bien comprarlo. 

Lo cierto es que, con tanta sorpresa, ni se lo había ofrecido.  

—De todas formas —me dijo el hombre—, si usted se encuentra indispuesta o si tiene algún problema, no dude en llamarme. He sido siempre un caballero y lo seguiré siendo a lo largo de la historia 

—Muchísimas gracias —le susurré con una sonrisa de oreja a oreja—. Es usted realmente  muy amable. Si sigo viendo esta serie de fantas… personas extrañas,  no dudaré en llamarle. ¿Por quién debo preguntar?

     El hombre se volvió muy despacio. Tenía los ojos almendrados y unos  labios muy finos Me miró.  

—Pregunte usted por Óscar Wilde. Siempre a su servicio 

    Fue en ese momento cuando pensé que alguno de los chocolates que había probado me estaba sentando mal.  Quién sabe si junto a los arándanos le habían mezclado alguna hierbecilla extraña de esas que hacen ver cosas que no existen.  Así que, antes de caer redonda y montar de nuevo un espectáculo, salí por la puerta con todos mis libros. En el vestíbulo me topé con una especie de guardia de seguridad, bastante extraño. Llevaba el pelo y la barba muy largos y vestía una especie de armadura con un casco que cubría su cabeza. 

—¿Ya se va, señora? 

—Si, —repuse—. Algo debe haberme sentado mal y tengo… ligeras alucinaciones. 

—No se preocupe y discúlpeme.

—¿A usted?, ¿por qué? 

           —Porque yo traje el cacao de América y ya ve usted la que armé. 

Estaba a punto de desmayarme. 

—¿Con quien tengo el placer de hablar?

—Con Hernán Cortés, a su servicio. ¿Quiere que mis hombres la custodien hasta su casa? 

—No hará falta. Muchas gracias. 

Cogí el metro al vuelo. En el vagón viajaban un grupo de adolescentes que no paraba de chillar, un hombre que vendía pañuelos de papel, un niño enrabietado que rodaba por el suelo, y cuatro o cinco miembros de una banda que irían a partirse la cara con otra banda en algún barrio periférico. 

Qué alivio. Gente normal. 


miércoles, 7 de febrero de 2024

Libros y gurumelos. 3ª parte

 


Llegamos al cuartel cuando ya había anochecido. El todo terreno había ido dando tumbos por oscuros caminos forestales y yo estaba mareada cual pato.

—¿Se encuentra bien?— me preguntó uno de los jóvenes agentes.

—Nunca me había encontrado mejor—mentí.

Mi padre me había enseñado a no perder la dignidad en ninguna situación.

—Igual tiene que pasar la noche en el calabozo. Es muy tarde. 

—¿Y cree usted que me asusta? En peores me he visto —aseguré.

Y era verdad. 

El calabozo no parecía muy cómodo. Era cuadrado, pequeño, con un estrecho ventanuco enrejado que daba a la calle.  En una esquina, sobre un banco de obra, había una mujer joven cubierta con un vestido minúsculo y con cara de hartazgo. 

—Hola. Buenas noches —dije con una sonrisa. 

La mujer me miró con ojos cansados.

—¿Buenas noches? ¿de dónde ha salido usted? No sé si se ha dado cuenta, pero esto es un calabozo. 

—Está claro, pero es lo que hay. 

La mujer me miró de arriba a abajo. 

—¿Qué ha hecho usted? No tiene pinta de delincuente al uso.

Me atreví. 

—¿Ah no? ¿Y de que tengo pinta?

—De señora que se va a  hacer la compra.

—Es muy posible, porque no he hecho nada. Iba a vender mis libros a la feria de los champiñones.

–¿Y está prohibido vender libros?

—No, a ver. Se lo explico. Yo iba a una feria, pinché una rueda, me deslicé por un terraplén, me torcí el pie, me topé con unos toros o vacas, bueno, algo con cuernos. Luego conocí a un muchacho, fuerte él, hablamos un poco, pero cuando se acercó la guardia civil salió pitando y me dejó su mochila, y en la mochila había droga. Los agentes del orden creyeron que yo era una traficante. 

La mujer abrió los ojos cual ensaladeras y empezó a reír a carcajadas. Lloraba de la risa. 

—¿Usted una traficante?

Y seguía riendo como una loca. 

—Pensaron —dije— que era una nueva estrategia de los narcos utilizar a señoras como yo, normales y corrientes. 

La mujer se secó las lágrimas. 

—No me lo puedo creer. Su historia es mejor que la mía. 

—Perdóneme si la pregunta le ofende.  ¿Es usted una mesalina?

—¿Una qué? Yo soy una puta a mucha honra. 

No quise decirle que significaba lo mismo, pero que la otra palabra era mucho más fina. 

—¿Y que les ha contado a los guardias?

—Que iba a recoger a mi hija de la guardería. Y estaba en la rotonda de un polígono industrial. Imagínese. 

Y la mujer volvió a reír a carcajadas. 

Escuché pasos por el pasillo. Alguien se acercaba. El guardia joven acompañado de…No me lo podía creer. Me levanté de un salto. 

—¡Cabrón! —chillé—. Me dejaste en medio de la nada con tu narcomochila. Me has metido en un buen lio. Señor agente, este muchacho es el dueño  de la mochila con…

 Pero el guardia ya se había ido. El hombre tomó asiento lejos de mí. 

—¿Y qué cree que debía haber hecho? ¿Quedarme para que me cogieran>?

—Pues a mí me ha metido en un buen lío. Ahora se creen que la narco soy yo. 

—¿Qué?

Al principio sonrió, pero después la sonrisa se convirtió en carcajada. Y a él se le unió la mujer, que volvió a llorar de la risa. 

—Eso no hay quien se lo crea. ¿Pero usted se ha visto?

—Sí, ya me ha dicho aquí la mesalina que tengo aspecto de señora que se va a la compra. 

—Totalmente. La ha clavado. ¿Y cómo se llama usted, señora narco? —dijo volviendo a reír. 

—Desamparados. 

—¿En serio? Pues sí, la verdad es que estamos los tres bastante desamparados. Yo me llamo Jony, el narco de la comarca. 

—Mucho gusto. ¿Y usted? —le pregunté a la mujer del minivestido. 

—Catalina. 

—Nombre de reina —repuse con seriedad..

—Pues ya ve, la reina de las rotondas. 

Esta vez hasta reí yo. 

—Pero era cantante —afirmó mientras se estiraba la falda sin mucho éxito—, pero cantaba fatal. ¿Y usted por qué vende libros en ferias de champiñones?

—Porque no vendo ni uno.  Voy un poco a la desesperada ¿Y usted, muchacho? ¿Por qué trafica?

—¿Y si no contesto?

—Usted mismo. 

El hombre cogió aire. 

—Me pillaron robando en el almacén donde trabajaba. Pillé un scalextric para mí ahijado,. Con sus cochecitos y todo. Luego. cuando e destapó el tema, nadie quería contratarme, y un colega de un colega me ofreció este curro y lo cogí. Es dinero fácil y no tengo que aguantar a nadie. ¿Me vende su libro? La dejé allí sola, con todo el marrón…

—No lo haga por compromiso y mucho menos por compasión.  

—Es para mí hermana, que lee como si fuera una maestra. Es lo que ella quería ser, pero en casa no había pasta. Yo solo leo de fútbol. Se llama Sara.

—Yo quiero otro, y me lo dedica —pidió la mesalina.  

—Hecho. 

El hombre suspiró profundamente mientras leía la dedicatoria que le había escrito a su hermana: Para Sara, la maestra, con todo mi afecto. Luego se levantó y aporreó los barrotes. 

—Guardia, agente, venga. 

—¿Qué quieres, Eusebio?

Parece ser que era un viejo conocido. 

—Quiero confesar. La mochila de la droga era mía. Cuando vi su coche salí cagando leches. 

—¿Está dispuesto a firmar lo que acaba de decirme? 

—Pues claro, si no para que lo digo. 

Veinte minutos después volvieron el guardia y el Eusebio. 

—Ya puede irse señora, Está libre de todos los cargos. 

Eran las dos de la madrugada. 

—¿Y dónde voy yo ahora? ¿No me puedo quedar hasta que amanezca?. 

—Imposible. Sería detención ilegal. Eusebio ha confesado. 

¿Dónde iba yo a las dos de la madrugada? 

—Lo único que puedo ofrecerle es una habitación en casa de mi suegra. Si le vale. Yo no la aguanto, pero ahora estará dormida. 

—Y tanto que me vale, señor agente.

Me volví hacia ellos.  Catalina, cuídate y canta, canta mucho. Y tú Eusebio, deja ese curro y búscate otro menos… solitario. Venga, nos vemos. 

Cuando ya salíamos, el agente se volvió hacia ella. 

—Ah, Catalina, se me olvidaba. Ha llamado tu hermana para decir que ya ha recogido a tu hija de la guardería, que estés tranquila. 

¿Qué? ¿Su historia era real? Me volví hacia ella. 

—¿Cómo se llama la niña?

—¿La. niña? Inés.

La noche era fría. Las calles estaban vacías. Y yo, no sé por qué razón, me sentía muy bien. 

Aunque la cama de la suegra del señor agente más incómoda no podía ser. 




martes, 30 de enero de 2024

Libros y gurumelos. 2ª parte.


Donde  haya una pendiente resbaladiza y peligrosa, ahí estoy yo. Nada más escuchar el aullido, salí disparada hacia un terraplén, intenté deslizarme por él y acabé rodando como una pelota de tenis. Anochecía, me había torcido el pie y la linterna de mi móvil no funcionaba. Estaba sentada en el suelo cuando vi que algo, entre las sombras, avanzaba hacia mi. ¿Sería el lobo que aullaba? Pero no, espera, lo que venía hacia mí tenía unos puntiagudos cuernos. Los lobos no tienen cuernos, pero los toros sí. ¿ Y las vacas? ¿Tienen cuernos las vacas? No era momento de dudas. Aquel enorme animal me miraba con cara de mala leche. Con mis mocasines de medio tacón y el pie torcido, salí corriendo por el pedregal sin mirar atrás. Los libros pesaban como piedras y la visibilidad era cada vez menor. Aún así, a unos cuantos metros de mi, pude percibir que algo se movía entre los matorrales. 

—¿Hay alguien ahí?—dije—. Mi voz temblaba. 

—¿Qué puñetas hace usted por aquí? 

Era una voz ronca, tipo Sabina. Su dueño era un hombre alto, malcarado, hercúleo 

—Uy qué bien encontrarse con  alguien por estos lares —dije aliviada.

El hombre me miró sin comprender. 

—¿Qué hace una señora como usted por aquí?— preguntó con voz bronca. 

¿Una señora como yo? ¿ A qué se refería?

—He pinchado una rueda, he escuchado el aullido de un lobo, me he caído por un terraplén, me he torcido el tobillo, me he topado con un toro y... Estoy perdida. 

—¿Y adonde iba, si saberse puede?

—A la feria de las setas y los "guremilos o algo así. 

—¿Vende champiñones?

—Vendo libros.

—¿Sobre champiñones?

—No. ¿Usted también va a la feria? 

—No. Tengo una cita por estos lares, como usted dice. 

—¿Aquí?

—Aquí, si. ¿Le parece mal? 

Mi  intuitivo sistema de alerta se puso en marcha. 

—¡A qué santo!—exclamé—. Cada uno se cita donde quiere...

 Miré a lo lejos. 

—Estamos salvados,  por ahí viene la Benemérita.

El hombre palideció.

—¿Qué dice?

Que la  guardia civil se acerca. Me llevarán a la feria. Todo solucionado. 

Pero mi interlocutor había desaparecido en un pis pas. Estaba hablando sola. Y encima el muchacho se había dejado la mochila. Pobrecillo. Igual llevaba en ella flores para su cita. 

Dos guardias civiles se bajaron del vehículo y me miraron con curiosidad. 

—¿Qué hace aquí señora? ¿Se ha perdido? 

—Totalmente —dije ,y les conté la historia del pinchazo, el terraplén, el lobo, los toros o las vacas con cuernos y el encuentro con el desconocido de voz ronca. 

—¿Y adonde iba? —dijo el guardia más joven. 

—A la feria de los champiñones. 

—¿Qué lleva en las mochilas?

—¿Ah eso? Solo una es mía. La otra es del hombre que estaba aquí y ha salido pitando. 

—¿Qué hombre?

—Pues el que estaba aquí hace un momento. 

Los dos guardias se miraron. Aquello no iba bien. 

—Deme las mochilas. 

Uno de los guardias abrió con parsimonia la primera. 

—Aquí solo hay libros. Y son todos iguales. 

—Si, los he escrito yo, los llevo a la feria. 

—¿A una feria de setas?

 —Eso mismo. 

Los dos hombres volvieron a mirarse. sus ojos sonreían.  Abrieron la otra mochila con la misma parsimonia. 

—Vaya, vaya. 

—Esa es la mochila del chico —dije temiéndome algo desagradable. 

—Aquí no hay ningún chico, señora. 

—Porque se ha ido. 

—Estos canallas cada vez utilizan gente más rara para sus tejemanejes  —le dijo un guardia a otro--.Fíjate en la pinta de está señora... El sindicato del crimen tiene mucha imaginación. 

—¿Qué crimen? ¿Qué sindicato?—pregunté angustiada. 

—¿Cuánto le pagan por transportar... esto? 

—¿Los libros? Nada. Si lo que quiero es venderlos de una vez, que los tengo cogiendo polvo en el altillo. 

—Qué bien se hace la tonta. Le estoy hablando de la cocaína.

Me quedé en shock. 

—¿De qué me está hablando?

—De lo que lleva en la mochila. Tendrá que acompañarnos al cuartelillo. 

—¿Detenida?

—Deme su Documento Nacional de Identidad.

Rebusqué en el bolso y se lo entregué.

—¿Es usted Desamparados?

—La misma que viste y calza, pero que no trafica con drogas. 

—Eso ya lo veremos. Tiene derecho a una llamada desde el cuartelillo. 

—Pero oiga si yo solo quiero vender mi...

Las puertas del todo terreno se cerraron. Al menos podría llegar a... ¿Cómo se llamaba el pueblo ese de los champiñones?

(Continuará)






martes, 23 de enero de 2024

Libros y gurumelos

 La feria medieval me fue bien. Vendí seis libros, uno de ellos a mí vecino de enfrente que ofertaba quesos artesanales con olor a calcetín; otro a la echadora de cartas, dos mas al alcalde, un real mozo por cierto, y otro dos a la pareja de la guardia civil que quería desmontarme el chiringuito porque no tenía los permisos municipales correspondientes. Al final, vieron que mi recaudación era tan miserable que no solo no me hicieron pagar la tasa sino que se llevaron sendos libros a sus casas. 

 Había vuelto ya a casa con los pies hechos un migoño, y allí estaba yo, mirando hipnotizada la estantería donde mis libros iban acumulando polvo e insectos.  En esas llegó mi hijo. 

—Tienes una carta de Cerezuela de abajo. 

—Eso no existe. 

—Y tanto que existe. Lo acabo de buscar en Maps. 

—¿Y por donde cae? — pregunté sin pizca de entusiasmo. 

—Lejos, pero puedes coger el coche. 

El corazón me dio un vuelco. 

—Hace seis años que no me habló con él. No me gusta conducir. 

—Pero es que a ese pueblo no llega el tren.

—¿Ni el autobús?

—Nada. 

—Pues vamos bien con el transporte público. ¿Y de qué es la feria? 

—De setas, gurumelos y champiñones 

—¿Gurumelos? Eso tampoco existe.

—Búscalo en...

—Ya, ya, en Google. como todo. ¿Pero es en serio?

—Y tan en serio.

—¿Y tú crees que ahí puedo yo vender mi libro? 

Mi hijo se encogió de hombros. 

—A sitios más raros has ido. 

Tenía razón. Todavía recuerdo la feria de los bolillos y de las tiritas. Seguro que ellos también se acuerdan de mi. 

—De acuerdo, cogeré el coche. ¿De qué color era? 

—¡Mamá!

Y apúntame también la marca. ¿,Era alemán o japonés? ¿Gasolina o diesel?

—Haré como si no te hubiera oído. 


Sali al amanecer del día siguiente. El coche era blanco, aunque yo lo recordaba verde. Las alfombrillas estaban hechas un asco y el maletero parecía tener el síndrome de Diógenes. Allí había de todo. En un hueco metí mis libros mientras los miraba con inmenso cariño. ¿ A que hogares irían a parar? ¿O es posible que se vieran obligados a  volver a casa?

Dejé la autovía una vez hice los  primeros cien km. Mi hijo me había activado un cachivache en el móvil que te decía en todo momento que debías hacer: en la primera rotonda tuerza a la derecha y luego a la izquierda. Tome la primera salida, cruce el puente, coja la carretera secundaria, al tercer pino se desvía a la derecha...  Cuando estaba a punto de matar a aquella máquina siniestra que no paraba de hablar, sentí un plof y luego el coche se desvíó y fue a parar a la cuneta. Mis peores presentimientos se estaban cumpliendo. Había pinchado. Pero ¿Sabía yo acaso cambiar una rueda?  ¿Llevaba  rueda de recambio? Y de llevarla, ¿Dónde estaría? 

Mi ansiedad subió tres puntos. La carretera estaba desierta. Sentí un escalofrío. Miré el móvil. Me estaba quedando sin batería y no tenía cobertura. 

¿Y ese aullido? Ay, por Dios. Debía salir de allí lo antes posible. (Continuará).

 

martes, 16 de enero de 2024

Feria de torreznos


 Ya ni recuerdo la última feria a la que fui, así que tendré que hacer un recorrido por mi propio blog para refrescar...

— Mamá, te acaban de invitar a otra feria. 

Estoy segura de que mi semblante reflejó una gran alegría. 

—Caray, aún se acuerdan de mi —dije ya con una sonrisa de oreja a oreja. 

—Es que tú eres inolvidable...

No quise indagar en aquella afirmación. Hay halagos más peligrosos que una serpiente de pitón. 

—¿Y de que va la feria, hija? 

—Es una feria de torreznos. 

No quiero imaginar cuál sería mi expresión en ese momento. 

—Y en concreto—pregunté— ¿Qué es un torrezno? 

—Creo que es tocino frito o asado o algo parecido. Búscalo en Google. 

Y allí me quedé yo, hundida en el sofá, frente a la estufa, al sol del invierno, rodeada de gatos anaranjados e intentando imaginar el color y el sabor del torrezno. 

—No lo veo, hija. Me imagino a piaras de pequeños y dulces cerdos camino de convertirse en terreznos.

—Torreznos—corrigió mi hija—, pero qué dices, si tú comes jamón...

—Poco, que es muy caro. Y desde que mi vesícula se llenó de piedras nivel meteorito, más bien le doy al jamón de pavo. 

—Pues pobres pavos...

—Mira, no empecemos. No veo lo del terrezno...

—Torrezno.

—Pues eso, no me gusta ni el nombre. Me imagino a la piara de cerdos endemoniados cayendo por el terraplén .

—¿Qué piara, qué terraplén? ¿De qué estás hablando?

—La piara de cerdos que  en realidad eran demonios incontrolados, hija. Hebreos 11.Que poco sabéis la juventud de historia sagrada. 

—¿Y quien tiró a los cerdos por el terraplén?

—Nadie. Se precipitaron al escuchar las palabras de Jesús. 

Creo que mi hija quedó en shock. Sin duda era mejor dejarlo estar. 

—Hay otra carta mamá. Una feria medieval en Giletum.

—Oh, eso es ya más apetecible. 

—Pero tú libro tiene poco de medieval. Igual no les interesa.

—Qué más da, hija. Ya sabes que en mi libro, de refilón, sale la Segunda Guerra Mundial, y si algo tienen en común todas las épocas es que los hombres siguen matándose  unos a otros como si no hubiera un mañana, Voy a apuntarme a esa feria y a comprarme en el bazar un disfraz medieval. ¿Crees que tengo yo cara de medieval?


miércoles, 10 de enero de 2024

Respeto

 Qué Dios nos pille confesados. Cómo está la peña y qué mal vamos de salud mental. Me explico. Hace un rato he visto que tenía cinco nuevos comentarios a mí último texto y he entrado a leerlos con toda la ilusión del mundo. 

He tenido que borrarlos, los cinco. Un tal, o una tal, anónimo me decía de todo. Desde puta, vieja y fea, hasta "nadie te lee", pasando por otros insultos que no merecen ni recordarlos. 

Me he quedado a cuadros. ¿Donde ha quedado el respeto y la dignidad? ¿Por qué razón los putos cobardes se esconden en el anonimato para insultar? No sé de quién se trata, pero debería estar en una jaula con cien cerrojos. No tengo miedo. A mí edad ya no se tiene miedo de nada. Pero quiero recordar que este jardín de Jazmines abandonados pretende ser un lugar de concordia, de paz y , si puede ser, de sonrisas y carcajadas. No quiero miserables por aquí. Todos los demás son muy bienvenidos. 

 Feliz año. Y tú, anónimo, púdrete en tus miserias. 

lunes, 8 de enero de 2024

Tanto tiempo

 Han pasado unos cuantos meses desde la última vez que publiqué. Unos cuantos meses y pocas cosas buenas. El mes de agosto fue realmente "inolvidable". Cólicos, urgencias y más urgencias, un pequeño accidente, un error médico inadmisible y unas despedidas dolorosas. Mi hija se fue a trabajar a Letonia y mi sobrino mayor, a Francia. El mes de septiembre también fue denso, pero por fin llegó la deseada operación. Intenté que me dieran la hermosa piedra de mi vesícula, pero se negaron en redondo. "Eso ahora ya no se hace", me dijeron. 

La operación marcó un antes y un después. Mi vida comenzó a normalizarse. A mediados de noviembre mi hija volvió de Letonia. Había encontrado aquí algo mejor y echaba de menos la luz, el calor y el color del mediterráneo. Mi hijo comenzó a dar clases en un instituto de una población cercana a Valencia. Adoptamos un nuevo gato y tuvimos que lidiar con algunas escandalosas peleas entre los dos machos. Pero las aguas turbulentas volvieron a su cauce. Tendré que volver a mis ferias. Todavía me quedan algunas por contar. Seguro que no me vais a creer, pero os he echado de menos.