miércoles, 25 de diciembre de 2019

El pálpito


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Caray. Y hay quien dice que la suerte no existe. Yo sigo alucinada con la historia de este señor, y también asombrada, muy asombrada. Va el  buen hombre y le dice un día a la parienta que se va a comprar lotería, que ha tenido un pálpito, una premonición o algo por el estilo.   La parienta, probablemente,  le dice que no se gaste mucho dinero, que la suerte no existe y que a ver si ese pálpito es solamente  una arritmia cardíaca. Pero el hombre saca sus ahorros de debajo del colchón y sale a la calle como si no hubiera un mañana. Tiene un número en la cabeza, un  número que le persigue, que le atosiga, que le hace acelerar sus pasos. Es un número por el que  nadie hubiera dado ni una albóndiga de cocido.  El 750, cortito pero matón. El lotero se queda  a cuadros cuando se lo pide, pero  cuando esta a punto  de darle un ictus es cuando le dice que se va a jugar a ese mínimo número nada más y nada menos que siete mil doscientos euros. Se lleva todas las series a su casa, tan contento él y tan seguro de que todo va a salir bien . Y sale bien,  muy  bien. El número resulta agraciado  con el tercer premio, lo cual significa  que el buen y arriesgado hombre se va a llevar a la saca nada más y nada menos que 18 millones de euros. El nuevo millonario  no ha dado la cara, normal, pero dicen  en la tele que es agricultor.  Y yo, que a  veces soy un pelín mal pensada, me pregunto: ¿que cultivaba? ¿Marihuana?
Desde luego, si alguien de mi familia se gasta siete mil euros en un solo número de la lotería, lo meto en el coche y lo abandono en una gasolinera alejada de cualquier lugar habitable. Aunque pensándolo bien, quizás esperase el resultado del sorteo. Una no es tan buena como parece.

 Que Dios reparta suerte, pero que se esmere un poco más. Mientras tanto, Salud, tiempo y esperanza para todos. Feliz navidad. 




jueves, 19 de diciembre de 2019

Las tres mantas

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Hoy os voy a contar una historia de amor, una historia de amor hermosa y terrible, como suelen serlo todas las historias de amor verdadero. Una historia real que esta mañana de diciembre me ha sacudido el corazón y me ha obligado a compartir con vosotros, lectores, este enorme drama.
La historia transcurre en la provincia tailandesa de Bueng Kan, y su protagonista es un hombre joven de 38 años, separado, padre de dos hijas pequeñas.
Hace mucho frío esa noche. Una ola polar llega desde China y hiela hasta el aliento. La casa en la que vive este hombre, Prasarn Homtong, está en construcción y aún no tiene puertas ni ventanas. El aire, gélido, entra por todas partes. Las niñas tienen frío y se lo dicen a su padre. En la casas solo hay tres mantas y él se las pone a sus hijas y se echa a dormir vestido únicamente con una camisa y unos pantalones cortos. Tirita, pero es un hombre joven y piensa que podrá resistirlo. En algún momento de la noche, Panweira, de tan solo ocho años, se despierta, coge una de las mantas y la echa sobre su padre. El hombre parece estar dormido, pero en realidad ha muerto de frío. A la mañana siguiente el médico solo puede certificar su fallecimiento.
Sé que es una historia triste. Sé que estamos a las puertas de Navidad y quizás no sea la historia que quisierais escuchar, pero os la cuento porque no es la historia de navidad al uso, con finales felices, perdices y turrón de almendras. Esta es simplemente una historia de amor, una historia cruel con pocos personajes: tres mantas, dos niñas y un padre que prefiere pasar frío, mucho frío, antes de que lo pasen sus hijas.
Y esta historia triste y hermosa a la vez, me invita a hacerme una pregunta:¿Qué no seríamos capaces de hacer por nuestros hijos? ¿Qué no haríamos por amor?
Feliz, justa y hermosa Navidad para todos vosotros. Nos veremos ya en los felices años 20.


































domingo, 8 de diciembre de 2019

Valencia, 8 de diciembre de 1936


No debiste ir a Valencia. Y mira que te lo dijeron. Cientos de veces. Pero tú no escuchabas, no querías oír. Tu hermana te lo dijo hasta la saciedad. Igual tuvo algún mal presentimiento, igual no. Dicen que el amor siempre desafía al miedo, incluso de forma temeraria. Lo convierte en un rumor miserable que intenta hacerse escuchar sin conseguirlo. 

Y aquella tarde de principios de diciembre, brumosa y fría, dijiste que te ibas, que él, Diego, te necesitaba. Estaba en la cárcel, en San Miguel de los Reyes, a las afueras de la ciudad. Comía mal, dormía mal. Sufría. El amor suele ser poco razonable. A veces nada tiene que ver con la razón o las razones que otros puedan esgrimir. 
Fuisteis caminando desde Beneixama hasta la estación del tren, situada a las afueras del pueblo, entre campos de trigo y maíz. Ibais cogidas del brazo, en silencio, porque a veces no hace falta decir nada para decirlo todo. Y llegaste a Valencia al anochecer. Tenía razón tu hermana. En el ambiente se respiraba miedo, angustia, muerte. Algunas iglesias habían ardido, grupos armados paseaban las calles con insolencia cruel. Pero tú no sentiste temor. ¿A quién podía interesarle una madre de familia aficionada a las misas y al fútbol? Te movía la ilusión de volver a ver a tu marido, preso por sus ideas carlistas.
Llegaste a casa muy cansada. Por la calle Trinitarios había jaleo. Miraste a través de los visillos, cerraste las contraventanas y te acostastes pronto. Un poco antes de dormir abriste el armario y dejastes sobre la cama algunos mantones de manila. Pájaros y flores, rosas, rojas, anaranjadas, sobre fondos dorados y verdes. Casi sin darte cuenta habías hecho una pequeña colección acudiendo a las subastas del Monte de Piedad. Cuando acabara la guerra —pensaste— te echarías sobre los hombros uno de aquellos mantones y te irías a cenar con Diego, tu marido, junto a la playa. Cuando acabara la guerra. 
Por la mañana, muy temprano, llamaron a la puerta. Pensando que era una vecina abriste confiada. Varios hombres armados preguntaron por él. Tú les dijiste que no estaba nada más. Te empujaron violentamente. Corriste por el estrecho pasillo y te encerraste en el cuarto de baño. Recordaste de repente las palabras de tu hermana: no has d´anar, no has d´anar a València. Ès perillós. 
Aquellos hombres enloquecidos abrieron la puerta a patadas, tiraron al suelo tus mantones de manila y los pisotearon con sus botas  sucias. A ti te cogieron del brazo hasta el dolor y te sacaron a la calle entre risas. La  cheka estaba muy cerca, en un antiguo seminario, en la misma calle Trinitarios. Allí pasaste varios días, en una sucia y oscura carbonera, hacinada, incomunicada, aterrada. Hasta que un día te llevaron ante un tipo malcarado que no supo de qué acusarte pero te condenó a muerte. Alguien  te dijo que te habían detenido los anarquistas, los peores, desvariados, violentos, rateros.
Unas horas después tu cuerpo yacía en una cuneta junto al picadero de Paterna, bajo el vuelo alocado de las gaviotas, frente a las miradas febriles de los hombres del pelotón de fusilamiento. Era el día de la Inmaculada de 1936.
No debiste ir, abuela, nunca debiste ir a Valencia. 

Nota de la redactora: MI abuela, Mercedes Pastor Sanjuán, nacida en Beneixama, hija del insigne poeta Juan Bautista Pastor Aicart y de Josefa Sanjuán Payá, fue fusilada en Valencia el 8 de diciembre de 1936. Sus ejecutores, el grupo López, de la FAI, Federación Anarquista Internacional, que destacó en la ciudad de Valencia por la crueldad de sus crímenes. Su cuerpo fue reconocido al acabar la guerra por mi madre, que por aquel entonces contaba apenas veinte años. La ropa que vestía fue clave para el reconocimiento. 








  


lunes, 2 de diciembre de 2019

Desandando lo andado

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La luz que entraba por la ventana no era luz, era un insulto deslumbrante y soez. Hacía brillar los platos de porcelana dejados sobre la mesa, que aún tenían restos de comida que expelían un hedor desagradable. Marcos miró a su alrededor con la mirada empañada en lágrimas. Lo había decidido después de muchos días y muchas noches, días luminosos y noches eternas en las que despertaban a la vez todos los fantasmas que habitaron su pasado y ahora le susurraban palabras que no quería escuchar.

Pero al final esas voces le habían convencido. Sería fácil y además  —sonrió para sus adentros—, mucha gente se sentiría culpable y se arrepentiría de palabras dichas y de silencios cómplices. 
Salió al patio y regó las plantas. El jazmín inundaba de perfume empalagoso el pequeño recinto encalado. El perro del vecino aullaba como un lobo herido. «Otra vez lo han dejado solo los muy cabrones»—pensó. Sacó algunos restos de comida de la nevera y los lanzó por encima del murete que separaba su patio del corral del vecino. El aullido cesó.
Tenía que dejar una nota escrita y dejar la cama hecha. Que luego todo se sabe y todo se comenta. "Qué fíjate tú —dirán—, hasta se dejó la cama sin hacer—. Así que cambió las sabanas y la colcha, le quitó el polvo al Sagrado Corazón que colgaba sobre la cama y rogó para que no le tuviera en cuenta lo que iba a hacer. 
Apenas comió. El hambre se había ido como el rocío de la mañana desaparece con los primeros rayos de sol. A la hora de la siesta el pueblo dormía un sueño profundo. Sacó de la bodega la vieja Orbea oxidada. Para tan largo viaje no le hacían falta ni lujos ni alforjas. Los campos de trigo brillaban bajo el sol inclemente. La sequía era realmente pertinaz, como afirmaban los noticiarios. La tierra, muerta de sed, se resquebrajaba dolorosamente.
El terreno se tornaba difícil. La vieja Orbea, sin marchas, apenas podía avanzar por el camino pedregoso. Se detuvo y cogió aire. Entonces lo vio.
Era como un espejismo escapado del averno, el horror en sí mismo. Tiró la bicicleta al suelo y corrió hacia él. Todavía pateaba, haciendo esfuerzos por sobrevivir. El  animal le miró desde sus ojos color canela. Colgaba su cuerpo de un árbol; sus patas apenas rozaban el suelo. Cortó la cuerda con la navaja que llevaba al cinto. El perro cayó al suelo y respiró.  El hombre blasfemó, maldijo, echó pestes en todos los idiomas. Quitó con cuidado la cuerda del cuello del animal y acarició suavemente su lomo. Este le miró a los ojos. Respiraba trabajosamente pero respiraba. 
Entonces supo que debía volver a casa, desandar lo andado, olvidar su siniestro proyecto mortal, dar de beber a aquel desheredado de la vida, como él mismo. 
Comenzó a bajar hacia el pueblo, sin prisas, lentamente. La tierra brillaba bajo el sol todopoderoso. El can caminaba a su lado, siguiendo el compás de sus pasos vacilantes. 
—Compañero— le dijo mientras le acariciaba las orejas.
Y siguieron caminando. 

sábado, 9 de noviembre de 2019

Modas literarias

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Es cierto que he escrito y publicado dos libros, pero aún no puedo decir que  me sienta escritora. Mi primer libro fue Domingo de verano y otros relatos, un libro que recogía algunos relatos publicados en mi blog que, por aquel entonces, iba bastante bien. Mi segundo libro, Un viaje inesperado, lo autoedité ya hace un año y aún sigo pensando que fue un error, aunque a las personas que lo han leído les ha gustado bastante.  Las editoriales de autoedición — supongo que habrá alguna excepción— te prometen el oro y el moro, pero en cuanto pagas, pasas a un segundo o tercer plano en el que tienes que ir corriendo detrás de ellos para que cumplan con los puntos firmados en el contrato de edición. 
Fui prudente. Encargué solo doscientos libros y, aún así, me pasé dos pueblos. En la estantería de mi habitación aún pernoctan unos cien libros, bien envueltos y protegidos para que los gatos no la tomen con ellos. Supongo que todos esperan ser leídos, pero no sé cuántos lo lograrán. 
 De todas formas, como dice ahora la gente del yupi ya, hay que ser positivo, hay que ver siempre la botella medio llena, y aunque a mí me cuesta porque suelo ser bastante realista, en este caso tienen razón. El hecho de que mi novela no haya sido un flamante éxito, me permite seguir escribiendo como yo quiero escribir, sin arrodillarme a los dictados del mercado, a las
Resultado de imagen de domingo de verano y otros relatosmodas, a las exigencias no sólo de los  editores sino también de los lectores. 
Si yo quisiera triunfar con un libro lo tendría muy fácil. Podría hacerlo sin complicarme demasiado la vida. Es como un cóctel. En primer lugar imaginaría un argumento truculento y un tanto distópico. Se trataría de una novela desgarradora y profundamente desagradable que explorase las miserias del ser humano. Sería, naturalmente, un texto antisistema, anticapitalista, antiliberal y anti todo. Entre los personajes destacaría un comisario de policía alcohólico —se lleva mucho—, y para complacer y atraer al colectivo LGTBI, algún que otro personaje debería ser, por necesidad, homosexual. El lenguaje a utilizar sería radicalmente radical, de mal gusto, de peor educación, un lenguaje grosero y  obsceno capaz de despertar al lector más amuermado. Uno de esos lenguajes que luego los críticos califican de "vomitivo" como si eso fuera lo mejor del mundo. Provocar no es difícil, insultar tampoco. Lo puede hacer cualquiera, pero es lo que se lleva. Novelas en las que todo es explicito: el sexo es explícito, la violencia es explicita, la ferocidad es explícita, hasta la estupidez es explícita 
Pues bien, nunca escribiría una novela con esos ingredientes, en primer lugar porque iría contra mis principios, y en segundo porque al escribirla pensaría que estoy perdiendo el tiempo. Y a ciertas edades ya no estamos para perder el tiempo. 
Estoy en estos días de noviembre acabando una nueva novela cuyo título aún no tengo claro. Estoy escribiendo con mucha ilusión aunque quizás no se publique nunca.  No hay en ella nada explícito, la acción se desarrolla en un barrio cercano al mío y sus protagonistas son gente normal y corriente, ese tipo de gente que no suele verse representada en las novelas al uso. 
Y otro día os hablaré de mi novela publicada, Un viaje inesperado, la que duerme tranquila en mi estantería esperando que la gente recupere el gusto por lo sencillo y esté dispuesta a dejar de atormentarse y cabrearse mientras lee un libro. 
Por cierto, de venta en Amazon. Perdonadme, pero tenía que decirlo. 

viernes, 1 de noviembre de 2019

De todos los Santos

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Hoy hace un día de playa, espléndido, luminoso, cálido, pero la gente se va al cementerio. Lo confieso, yo no voy ni al cementerio ni a la playa. En mi casa el sol entra con descarado atrevimiento, y a pesar de eso, acabo de encender una vela junto a la foto de mis padres, porque una, en el fondo, también es un animal de costumbres. 
¿Para que ir al cementerio si están cada día en el recuerdo? Todas sus frases siguen entre estas líneas: "Ahora la yaya diría...", ¿Te acuerdas de aquellas excursiones que hacíamos a las trincheras del frente? "¡Coge la rebeca, Ampa!", me decía a menudo mi padre. Ahora yo se lo digo a mi hija cada vez que sale. "Si no vienes a dormir, llama"—decía también mi padre—, y ahora yo repito desde el más poderoso subconsciente: "Si no vienes a dormir, dímelo por wasap". Es lo mismo. Somos lo que aprendimos con ellos y, afortunadamente, ellos nos enseñaron coherencia, respeto, tolerancia, disciplina. "Si estás bien para salir, también lo estás para ir a clase". Y te tomabas una aspirina a regañadientes y te ibas a clase. 
 Mi padre, una vez jubilado —contaba los días—, se iba al parque a charlar con los gorrillas, siempre leía periódicos de distintas tendencias para estar bien informado, y se convirtió en el mejor defensor que pudo haber tenido Suárez. Mi madre se desvivía por la familia. Había estudiado piano y corte y confección, pero la guerra lo truncó todo. Detrás de su sonrisa amable, de sus preciosos ojos verdes, había una mujer fuerte, valiente, entregada, a la que nunca veías llorar. 
Ya no están aquí pero están. Y tanto que están. Por eso hoy no voy al cementerio. Porque siguen por aquí dando consejos e incluso regañinas. 
Por eso hoy, que la intensa luz acalla un otoño que no acaba de despegar, he encendido una vela. 
Aunque sea de Ikea. 

domingo, 1 de septiembre de 2019

Verano del 19

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Ya estoy de vuelta. De la ensoñación a la realidad. Del paréntesis a la vida cotidiana. Con todo lo que ello conlleva. Ha sido un verano de familia y calor extremo. Hijos que venían y se iban, sobrinos, hermanos, amigos, primos, charlas alrededor del desayuno, cenas improvisadas, lecturas en la calle y —lo reconozco—, poca escritura. El que más nos ha preocupado ha sido Tito, el gato, que en el pueblo ha descubierto que es un gato. Y como todo gato que se precie se ha escapado por las noches, ha tenido sus peleas nocturnas, ha vuelto al amanecer hecho unos zorros y, probablemente, más de un amorío habrá tenido porque es un gato guapo y poderoso.
Ha hecho mucho calor, excesivo. Desde buena mañana, el poniente sahariano soplaba ardiente y nos obligaba a recluirnos en las casas hasta bien entrada la tarde. Así, en la frescor de las estancias construidas hace casi doscientos años, pasábamos las veladas entre charlas, abanicos y una horchata bien fría. 
El verano se despidió con una gran tormenta, una de esas tormentas que llega precedida de un viento huracanado y tiñe el cielo de negro. La única tormenta, la única lluvia en una zona que se desertiza año a año ante la desesperación de los agricultores. Ni las malas yerbas salen ya adelante. 
Y ese día, el de la tormenta, cuando la furia del cielo cesó y el asfalto brillaba a la luz de las farolas, me fui a ver a mi gata acogida, una gata feral que vive a las afueras del pueblo, en las viejas escuelas abandonadas. Nada más verme, salió de su escondite y vino hacia mí ronroneando. Y en aquella soledad pasada por agua, en aquel atardecer sombrío y calmo, con aquella gata sedienta de caricias, sentí que aquel estaba siendo uno de los mejores momentos del verano.
—¿Qué va a ser de ti cuando yo me vaya?—le pregunté mientras le acariciaba el lomo. 
Y ella me miró desde sus ojos verdes y siguió ronroneando. 
El verano del 19 tocaba a su fin. 

domingo, 28 de julio de 2019

El fuego y el vencejo


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Mediaba la mañana. Mi hijo y yo leíamos junto al pequeño patio de la casa del pueblo. De repente llegó un mensaje breve, conciso: Amparo, tenim un problema en forma de pardal. Me faltó tiempo para salir de casa y entrar en la de al lado, la casa familiar. El mensaje me había sido enviado por Joan Benesiu, el magnifico escritor de piezas tan enormes y aplaudidas como Gegants de gel y Serem Atlántida. Y allí estaba él, en el patio blanco y azul, junto a una pequeña pila de piedra. Y junto a la pila, en el suelo empedrado, un pequeño pájaro negro, una golondrina o un vencejo vencido por el calor y la sed.
Pareix que estiga morint-se—me dijo. 
Lo cogí con facilidad. Los días de tremendo calor, como aquel, es fácil verlos caer, impotentes, cansados, sedientos. Lo primero fue darle agua, poco a poco, agua que bebió con avidez. Luego le dimos de comer algo seguramente inapropiado —pequeños trozos de salchicha—, mientras nos preguntábamos cuál era el menú habitual de golondrinas y vencejos.
Le preparé una especie de nido en una cesta de mimbre, junto al patio, por si de repente quisiera echar a volar, pero él prefería escalar el sillón, igualmente de mimbre, y quedarse pegado a la pared, como si sintiera la necesidad de sentir el frescor del ladrillo desnudo en su negra panza.
Pasó la primera noche y el "birdo", como lo llamó mi hijo, sobrevivió. Era 15 de julio del 19. Mientras el vencejo hacía pequeños vuelos de entrenamiento por la casa, un terrible incendio forestal destrozó la sierra de la solana, se la comió a bocados de fuego mientras los aviones y los helicópteros iban y venían. tratando de evitar la catástrofe. Algunas personas lloraban y maldecían al autor de aquel tremendo apocalipsis que llenó el aire de pavesas y desesperanza. 
Tuve que volver a Valencia por motivos de trabajo, Desde el tren podía verse la terrible columna de humo que desprendía la sierra, una sierra que formaba parte de mi adolescencia, y sentí que mis recuerdos se quemaban con ella convertidos en cenizas. ¿Quién puede matar un monte?
A los pocos días mi hijo me mandó un video. El pequeño pájaro volaba ya por toda la casa, escaleras arriba y abajo, entraba y salía del patio con energía renovada. Se había recuperado por completo. Lo soltó en el campo y me dijo que había volado hacia el infinito, hacia el cielo azul, hacia su bandada. 
Me sentí feliz. Y me pregunté en ese momento cómo se sentiría el hijo de puta que quemó el monte y que acabó con la vida de aquellos que, abrazados para siempre a la tierra, no pueden huir, los árboles. Y con ellos, las ardillas, las liebres, los jabalíes... El ser humano como única arma de destrucción masiva y perversa. 
Pero yo prefiero pensar en el pájaro que recuperó la vida.

domingo, 21 de julio de 2019

Todos esos otros domingos de verano

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Mi primer, y por ahora único, libro de relatos se titulaba Domingo de verano. Lo escribí hace años. Es una colección de relatos que cedí a la asociación Proyecto Lazarus, capitaneada por mi entrañable amigo Josep Molina,  cuyo hijo mayor sufrió un grave accidente en la nieve que le dejó tetrapléjico.  Este padre coraje tuvo la idea de editar mis relatos y dedicar los beneficios a la asociación que preside y en la que, literalmente, se está dejando la vida. Un aplauso desde estas líneas. 
El primer relato de aquel libro profundiza en los recuerdos nostálgicos de los veranos de la infancia, de esos veranos felices que somos incapaces de olvidar.  Pero los domingos de aquellos veranos que se pierden en la memoria de los tiempos dan para mucho, y este relato bien podría llamarse  Todos esos otros domingos de verano.
Aquellas jornadas dominicales de los años sesenta y setenta giraban en torno a la misa de doce. Mi padre se ponía su chaqueta blazer azul marino, aunque hiciera un calor infernal, y mi madre un discreto traje de chaqueta que ella misma se había cosido. A mí me vestian con un trajecito de batista de corté evasé, calcetines  blancos de perlé y  zapatos de charol. Y siendo muy pequeña recuerdo incluso haber llevado un velo de tul blanco con pequeños topitos del mismo color. 
Debo reconocerlo. En la misa me aburría como una ostra y, pasada la homilía, no paraba de repetir, ¿cuanto falta, cuanto falta?  En ocasiones venía a predicar algún sacerdote a quien sus provechosos y piadosos discursos habían dado cierta fama. Y entonces la gente acudía en tropel. "Que diuen que hui ve un bon predicador". Y la Iglesia se llenaba hasta las bancadas del Ayuntamiento,  con señoras endomingadas que se abanicaban sin cesar y señores que se sentaban en las últimas filas de bancos por si a mitad de la eucaristía  les apetecía salir a fumarse un cigarrito. Pero lo mejor venia al acabar la misa. De forma espontánea, mientras el sol caía a plomo en las estrechas calles sin árboles, nos reuníamos todos en casa de mis tías, la casa familiar, la casa que había sido de mis abuelos, y allí, entre antiguas fotos de antepasados, patios encalados y zócalos de Manises, se debatía el sermón del predicador. Y los debates eran intensos, apasionados, vehementes. Mientras a unos les había encantado la homilía, otros la habían encontrado trasnochada, anticuada. Y los más jóvenes contemplábamos aquellos combates dialécticos con cierto estupor, porque la realidad era que durante el sermón habíamos estado pensando en la mona de pascua, o más bien oteando el horizonte para comprobar si el chico que nos gustaba estaba unos bancos más adelante. 
Con el paso de los años, los tíos fueron desapareciendo, y los padres, e incluso algunos primos. Y ya no fue lo mismo. Porque aunque digan que las cosas se superan, nunca se olvidan. Y el recuerdo de algunas buenas cosas perdidas, duele como una espina atravesándote el alma encallecida. 
Y después del debate, venía el aperitivo, otra de las buenas costumbres de mi familia, pero esa es ya otra historia. 
Domingos de verano, ardientes, tormentosos, lejanos, felices, que de vez en cuando vuelven a la memoria cargados de sensaciones y de ecos de voces que nunca podremos olvidar. 

jueves, 4 de julio de 2019

Un profesor, una puñalada y una familia de patos

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Si comienzo esta entrada diciendo que nuestra sociedad está perdiendo los valores a velocidades de vértigo, pensaréis que soy una mustia carca o que voto a un partido de la extrema derecha. Pero no. Ni una cosa ni la otra. Si embargo,  pienso que algo raro está pasando. y no sólo raro, sino malo. Y me voy a explicar con tres noticias terribles que han tenido lugar durante este pasado mes de junio.

Primera noticia: En la ciudad de Oviedo, un joven profesor de treinta y tantos años muere tras recibir una paliza por parte de tres jóvenes. Parece ser que los jóvenes le pidieron tabaco y él no  se lo dio. ¿Motivo suficiente para matar a alguien?
Segunda noticia; En mi ciudad de valencia un joven de 15 años apuñala a una profesora porque no estaba de acuerdo con la nota que le había puesto en un exámen. ¿Motivo suficiente para apuñalar a alguien?
Y tercera noticia: Dos menores de edad —17 años—, salen de madrugada de una discoteca de Barcelona y se "divierten" matando a patadas a una familia de patos. No dejaron ni uno. ¿Es la diversión motivo suficiente para el maltrato y la muerte?
Y esto son solo tres casos que me han llamado la atención y me han hecho hervir la sangre. Porque pienso que en los tres casos hay una coincidencia: estos chavales probablemente nunca han aceptado un no por respuesta; posiblemente nunca se han responsabilizado de sus fracasos, porque es más fácil darle la culpa a quien sea. Esos chavales, menores de edad, que volvían a casa a las cuatro de la madrugada, muy posiblemente borrachos, es más que probable que nunca hayan tenido un toque de queda, una hora pactada con sus padres, a la que llegar a casa. Ese chaval que apuñaló a la profesora seguramente no sabe que es él mismo quien se ha suspendido. Los tres chicos que mataron al profesor a patadas quizás siempre habían  visto satisfechos sus putos caprichos hasta que alguien les dijo NO. Consentidos, mimados, violentos, prepotentes, sanguinarios, crueles y tres de ellos, homicidas.
Y ahora lo digo con la cabeza bien alta y la mente muy clara: Estamos perdiendo los valores sobre los que se asienta una sociedad que pretende ser civilizada y que ya dista mucho de serlo. Porque sin respeto, sin tolerancia, sin empatía, sin dignidad, ya no hay nada. Y pasan estas cosas terribles para las que ya no hay marcha atrás. No todo vale. NO todo vale.

sábado, 29 de junio de 2019

El tío Cachi

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Ximeta tenía un estanco en la calle en la que vivíamos, bueno más bien en la calle en la que tenemos una casa donde pasamos los veranos. Ximeta era una mujer delgada como un junco y la recuerdo alta, aunque como  por entonces yo era una niña, pues igual no era tan alta. Tenía una cara afilada y llevaba el pelo recogido en un pequeño moño lleno de canas.
El estanco era pequeño y hondo, al fondo del cual había una estrecha escalera que daba al piso superior. Corrían los años sesenta. En tierras lejanas se libraba la terrible guerra de Vietnam, en Europa, 66 oficiales de las SS eran condenados a muerte; en EE.UU Martin Luther King, acompañado de miles de personas, organizaba una gran marcha por los derechos civiles. 
Pero nosotros éramos niños y la televisión todavía no había llegado a muchas casas, así que vivíamos tan ignorantes como felices, en nuestro mundo de juegos en la calle. Y también en el estanco. 
Cuando Ximeta tenía que hacer algún recado se asomaba a la puerta y nos decía: 
—Eh xiquets, podeu quedar-vos un ratet, que he d´eixir.
Y nosotros, niñas y niños de entre ocho y doce años, todos primos hermanos, nos peleábamos por ver quién era el que atendía al primer cliente. Sabíamos de memoria dónde estaban los celtas cortos, los celtas largos, los Ideales,  los Bisonte,  los Ducados y los puritos habanos. 
Ahora que lo pienso, tantos años después, tengo la sensación de que la esbelta Ximeta actuaba con un defecto de responsabilidad. Dejar un negocio en manos de unos niños atolondrados para los que todo era un juego, quizás no era una buena idea, pero nunca salía mal.
Hasta que llegaba él. Entonces cundía el pánico. Uno de nosotros se apostaba en la puerta hasta que le veía doblar la esquina. Era un hombre que daba miedo,  muchas veces ebrio, malcarado, se acercaba con pasos vacilantes hacia el estanco. Y entonces el vigía gritaba:
—¡Que viene el tío Cachi!
Y mientras unos se escondían debajo del mostrador, otros subíamos corriendo las estrechas escaleras hasta el piso superior. Habíamos escuchado cosas terribles sobre ese hombre y nos producía terror. Guardábamos silencio, conteniendo la respiración, agazapados, apretados los unos contra los otros, hasta que alguien, probablemente uno de los primos más mayores, se atrevía a atenderle no sin un ligero temblor en las manos. 
Cuando el tío Cachi se iba, todos bajábamos en tropel, aliviados, riendo de tanto nervio, aplaudiendo a quien se había atrevido a atender a aquel pobre hombre desaliñado. 
Eran otros tiempos. Veranos de los años sesenta,  veranos de tardes de tormenta, de jugar con barro, de ir a misa y no enterarse de nada, de subir al sauce llorón del Huerto  y de contar historias de miedo en la sala de lectura. 
Pero de esas cosas hablaremos otro día. 

sábado, 22 de junio de 2019

El huesped del Ganges



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El cólera asoló Valencia en  1885.  Parece ser que apareció en Beniopa, procedente de Marsella, en octubre del 84, y  el 2 de abril de 1885 se produjo el primer caso en Valencia con resultado de muerte. Pocos días después se presentaban otros casos aislados que eran rápidamente sofocados, pero  nada se pudo hacer para detener la epidemia, una epidemia que fue llamada popularmente como el huésped del Ganges, por venir del subcontinente asiático  A principios de junio los casos constituían focos. El día 23 de junio  morían en la ciudad 134 personas, pero el peor mes  fue el de julio. Solo el día 5 se produjeron 217 defunciones. 
Con un fondo histórico alarmante,  se produce por entonces la muerte del rey Alfonso XII de tuberculosis con tan solo 27 años, y las guerras coloniales, la epidemia se extendió imparable llegando hasta los más lejanos rincones.  
Lejos de la ciudad, en un pequeño pueblo de la provincia de Alicante, Beneixama, un médico rural, se afanaba por controlar la epidemia olvidándose de su propia salud. Se llamaba Joan Baptista  Pastor Aicart. Tenía 36 años. Se había casado en Valencia con Josefá Sanjuan Payá el 11 de mayo de 1875 y con ella tuvo seis hijos: Desamparados, que murió en 1955, Mercedes —mi abuela—, que fue asesinada por los milicianos del Frente Popular en Valencia en 1936,  Aurelio, que murió con apenas tres años; Juan Bautista, que murió con seis meses, José María, que murió de cólera con dos años, y Rosa, que murió de gripe con 22 meses. Joan Baptista había recibido el título en medicina y cirugía el día 29 de noviembre de 1873, con tan solo 24 años.
La tragedia era inmensa. Una semana después de haber enterrado al pequeño José María, su esposa Pepica moría también de cólera con tan solo 35 años. Dejaba tres hijas huérfanas de madre.  Rosa, su hija pequeña, solo tenía tres meses y moriría de gripe al cumplir los 22 meses.

Es difícil imaginarse el dolor profundo de este hombre azotado por la tragedia, dolor que el médico, poeta y escritor ampliamente reconocido y premiado, convertía en poemas. A continuación, reproduzco el poema que le escribió a su hija Rosita con motivo de su muerte.  

Hija del corazón! ¡Cuan breve ha sido
por el valle de mundo tu jornada!
Ni has gustado la nada de su nada
ni tus pies sus abrojos han herido.

En grato sueño tu existencia ha huido
como fuente entre las flores derramada
y has labrado de Dios en la morada
para embriagarte en sus amores nido. 
pídele por mi bien, luz de mi vida
que cuando rotos los eternos lazos
en sus redes de amor cantemos presos,
yo pagaré tu afecto sin medida
dándote por un beso mil abrazos
y por un solo abrazo cien mil besos. 

Joan Baptista murió en 1917 a los 68 años de edad. La penicilina, que sin duda podría haber salvado la vida de algunos miembros de su familia,  fue descubierta por Fleming en 1928. 

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Fuente: Joan B. Pastor Aicart. Més enllà de la poesia, de Josep Martinez Sanchis, autor, entre otras obras, de las aplaudidas y premiadas novelas Intercamvi, Gegants de gel y Serem atlántida, publicadas bajo el seudónimo de Joan benesiu. Es tataranieto de Pastor Aicart. 

martes, 18 de junio de 2019

Hasta siempre, Pedro

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Te recuerdo en el paseo de las palmeras, un paseo por aquel entonces un tanto desvencijado, desolado. Eras un chico alto, Rubio, tranquilo, con mirada de perdonavidas, callado. Te imagino como uno de esos cowboys del lejano Oeste, llegando al poblado polvoriento y retando a todos con tu mirada caída. Eras un joven de pocas palabras y buenos actos.
El tiempo pasó y dejaste Valencia, pero seguíamos sabiendo de tí, de tus andanzas, de tus escritos, de tus fotografías, de tu Sacedón querido. 
Y un día un diagnóstico te dio un buen susto, pero tú no te amilanaste.  Más bien retaste a la muerte, le plantaste cara, seguramente le dijiste: Aquí estoy, ¿qué quieres? El miedo no era palabra válida para ti, no iba contigo. Sí, te enfrentaste a ella con tu mirada retadora  y la muerte estuvo a punto de rendirse, de tirar la toalla, deslumbrada por tu valor. Pero se enamoró de ti, perdidamente, y te ha llevado a un lugar seguro donde nada ni nadie podrá ya hacerte daño.
Te recuerdo con aquella media sonrisa, entre palmeras, en el sol blanco y deslumbrante de Valencia, en aquel descuidado paseo que habíamos convertido en nuestra guarida, en nuestro lugar de encuentro. Eramos tan jóvenes. 
 Donde quiera que estés, sigue siendo feliz.

viernes, 14 de junio de 2019

Cartas que dejaron de llegar


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Hubo una época en la que escribíamos cartas. Y nos escribían cartas. Pero ese tiempo de palabras sobre papel pasó a la historia, se acabó para siempre.Recuerdo aun cuando el cartero tocaba al timbre. A veces ni esperábamos el ascensor. Nos lanzábamos escaleras abajo como alma que lleva el diablo. Y allí esperaban las cartas, escritas,a mano, con nuestro nombre y nuestra dirección. A veces era la carta de una amiga que vivía lejos, de los primos, del chico del pueblo del cual andaba enamoriscada, del chaval que conocí en Santiago, o del tío Luis, a quien mi madre llamaba Luisito, que nos mandaba crónicas de sus numerosos viajes desde cualquier punto de España. Viajero incansable, escritor incansable.
Pero  con los años esas cartas dejaron de llegar. Hablábamos más por teléfono, mucho. Mientras nuestro padre nos decía que el teléfono era  caro, que colgásemos de una vez. Al mismo tiempo, el buzón se iba llenado de recibos. de  propaganda, de inquietantes cartas del Banco.
Y pasó el tiempo. Ahora ya no llegan cartas al  buzón. Nunca. Tampoco suena el teléfono fijo sólo de vez en cuando. Porque, ¿para qué sirve un teléfono fijo si no es para localizar el móvil? Ahora sólo suena el wasap, el maldito wasap que separa más que une. Y los mensajes a veces sólo son emoticonos, cadenas indeseables, pollitos que bailan o coloridos ramilletes de flores de plástico con frases de serie.
Sinceramente, creo que vamos por mal camino. Llamadme antigua, retrógrada,  nostálgica, lo que queráis.  Porque incluso de lo que escribimos ahora, también  este post, dentro de unos años no quedará  nada. O estará  en la nube, una nube evaporada en la noche de los tiempos. 
Coged un bolígrafo y un folio. Sentaos junto a la ventana y escribid esa carta que siempre quisísteis escribir. Porque aún hay cosas que nunca se podrán decir por wasap.
Afortunadamente.


domingo, 9 de junio de 2019

Del abandono


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Tengo una tendencia cada vez mayor hacia las cosas abandonadas: casas, objetos, personas, animales... No sé si todo proviene del significado de mi nombre —Desamparados—, o tendrá otro ignoto origen. Pero me atrae sobremanera todo aquello que ha sido dejado de la mano de Dios. olvidado, ninguneado, en una palabra, o en varias, todo lo que ha sido dejado de amar.
Mirad a los ojos de un animal abandonado, de un anciano a quien nadie va a ver. Asomaos a las ventanas desvencijadas de una casa que fue mansión y ahora es solo un amasijo de ruinas. Coged en vuestros brazos una muñeca rota. Observad de cerca los tallos marchitos de una maceta que ya nadie riega.
Todas esas personas, todas esas cosas, no solo transmiten una profunda sensación de tristeza, sino algo más, algo que va más allá, algo que se manifiesta por generación espontánea, algo que se percibe claramente: desamor.
Porque todo lo que se abandona alguna vez fue un sueño, un proyecto, una ilusión que desafió todas las adversidades, todos los inconvenientes. Es ese cachorro que un día llegó a casa con los ojos brillantes y meneando la cola; son esos padres que se desvivían por sus hijos; es esa caseta entre almendros y olivos que se construyó con tanto esfuerzo como empeño; es la dulce muñeca del vestido azul que llegó a casa una navidad; es la planta florecida que ocupaba el mejor lugar del salón. 
Pero un día nos cansamos, nos desenamoramos, la ilusión se fue como se va la niebla nocturna a la salida del sol. Quizás vinieron nuevos proyectos a sustituir a los viejos. Quizás el cachorro destrozó el sofá y acabó en la perrera. El padre, o la madre, se orinaban encima y se volvieron agresivos y acabaron en la residencia. Y después la frase: ¿Para que vamos a ir a verle si no se entera de nada? Y la caseta que se cae a pedazos entre olivos y almendros. Y la frase: Es que los hijos ya no quieren ir. La dueña de la muñeca del vestido azul creció rápido y es más que probable que juegue ahora a cosas más peligrosas. ¿Y la planta? Pues la frase: No tengo tiempo ni de regarla y en ikea venden unas artificiales que parecen de verdad. 
Pero no son de verdad. No crecen, no florecen, no sacan nuevos tallos. Y los peluches no ladran, no te comen a besos con la mirada. Y las fotos de los padres, aún en marcos de plata, no sienten las caricias. Y los "juguetes nuevos" a veces traen malas consecuencias. 
Y así, las personas, los animales y las cosas van sufriendo los efectos del desamor y se van degradando, destrozando, hasta hacerse cada vez más indeseables, más incómodos. Y es entonces cuando el lazo afectivo que en algún momento nos unió a ellos, se rompe para siempre. 

jueves, 6 de junio de 2019

La soledad de los números primos



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Hace unas semanas acabé de leer La soledad de los números primos. Me lo habían recomendado. Lo vi en la biblioteca municipal de mi barrio y lo saqué. La soledad de los números primos es una novela escrita por el físico teórico y escritor Paolo Giordano, que por aquel entonces tenía tan solo 26 años.  La novela narra la vida de dos personas que a través del tiempo desarrollan una amistad un tanto extraña, derivada de la soledad de ambos. Con esta novela el autor consiguió el Premio Strega y su libro fue traducido a treinta idiomas. Ha vendido un millón de ejemplares.  Todo un éxito. 

La primera impresión que tienes al leer el libro es que está  escrito de una forma magistral. Es brillante. La prosa es impecable,el ritmo, sublime,  pero el libro no es apto para todos los paladares. La razón es que es un libro perturbador, muy triste, terriblemente triste. Los sucesos, a cada cual peor, no dan respiro. No encuentras lineas ni capítulos que te quiten el agobio que te causa el relato de dos vidas intensas marcadas  por sendas tragedias ocurridas durante la infancia de los personajes y que les perseguirán durante el resto de su vida. 
Lo dicho. Un libro que se convertirá en un clásico, un libro para recordar, pero nunca releer cuando estemos de bajón anímico. Según el autor del blog "La librería de Javier", la novela de Giordano tiene la rotundidad negra y autodestructiva de la película Repulsión, de Roman Polanski.
Por último,  al leer las criticas escritas por otros lectores sobre este libro, me encuentro con un parecer común.  A la mayoría  no les gustó el final. A mi me encantó.  Un final realista, veraz y consecuente, un final lógico en una historia de encuentros y desencuentros de dos personajes difíciles y complejos.  Pero para gustos colores.  O eso dicen. 

martes, 4 de junio de 2019

Los miserables de Licenci


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Voy a ser muy breve porque no merecen ni mis palabras. Vaya por delante: miserables.

Ayer leí una noticia repugnante, muy repugnante. Una falsa ONG, que se hacía llamar LICENCI, había recaudado cinco millones y medio con destino —decían los muy cabrones— a los niños con cáncer y sus familias, aunque en realidad el dinero iba destinado a la adquisición de diez coches de alta gama, dos chalets, viajes, comilonas, etc. Cinco personas fueron detenidas de las que solo dos permanecen en prisión. Repugnante.
La ONG en cuestión, formada por una pandilla de bribones miserables, había sido declarada por el gobierno como de "utilidad pública", y parece ser que ya había estafado a siete mil empresas y a saber cuántos particulares bienintencionados.
Me da lo mismo la pena que les impongan. me da lo mismo que se pudran en la cárcel. Para mí no tienen perdón. Jugar y robar a base del sufrimiento ajeno es mezquino y refleja la catadura moral de estos tipejos que utilizaban el dolor y el sufrimiento de los niños con cáncer para enriquecerse.
Espero que la justicia funcione, que sea severa, que sea justa, que sea verdaderamente justicia.
Y me gustaría ver sus rostros, saber sus nombres, para que todo el mundo sepa que esas personas nunca, y digo nunca, serán de fiar.

lunes, 3 de junio de 2019

El regreso


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Como decíamos ayer...
Han pasado años desde la última vez, sí. Y han pasado cosas. Y de repente me he preguntado cómo estaría mi viejo jardín de Jazmines abandonados. Así que, sin pensármelo mucho,  he cogido la mochila, he echado cuatro cosas dentro y he emprendido el camino. Un camino de vuelta, de regreso. Un camino para volver a encontrar lo que un día, ya no recuerdo por qué razón, dejé a un lado.
Había pensado en dar un nombre nuevo a mi blog. E incluso lo he intentado. Pero le he puesto un nombre tan común, Cerezas silvestres, que no hay Dios que lo encuentre. Así que vuelvo al sitio de siempre, a ese lugar de perfume intenso donde se mecen las palabras y las comas y los puntos y comas. Ese jardín que tanto tiempo compartimos.
Comenzamos. Segunda etapa. Espero que no me hayáis olvidado.