sábado, 26 de diciembre de 2015

Incomunicación navideña


Hala, pues ya está, ya ha pasado la Nochebuena y la Navidad. Toda la mañana fregando el despropósito de platos, vasos, bandejas y bandejillas que nos dejó la noche. Y no, no tengo fregaplatos porque es una máquina que no me acaba de convencer. Pero vamos al tema que hoy me perturba: la comunicación en Navidad. 
En un tiempo muy muy lejano, había la costumbre de enviarse tarjetas de Navidad, incluso los bancos y los grandes almacenes lo hacían. Y eran tantas las tarjetas que llegaban a casa, que mi madre ponía cintas de raso en la puerta basculante  del vestíbulo, y allí iba pegando las tarjetas que iban llegando. Al llegar Reyes la puerta ni se veía. 
Luego, todos nos volvimos un poco más cómodos y decidimos que era más sencillo, e incluso más barato, llamarnos por teléfono. Era un placer escuchar las voces amadas que llegaban desde mil sitios diferentes. Espera que ahora se pone el papá. Espera que quiere hablar el chiquillo. Y hablábamos todos mientras decíamos "déjame a mí que tú ya has hablado bastante" y frases por el estilo. No hace falta decir que el fenómeno "teléfono móvil" no había aparecido y que, por lo tanto, llamábamos desde casa mientras veíamos en la tele el programa navideño de la 1.
Y pasó el tiempo inexorable. Las tarjetas postales dejaron de llegar. Con un poco de suerte nos felicitaban los grandes almacenes y la aseguradora del entierro. Al buzón sólo llegaban las cartas del banco y la propaganda del Carrefour.
Y cuando pensábamos que  las cosas no podían ir peor, hicieron su aparición los móviles y las redes sociales. Pero entonces no sabíamos que aquello era el principio del fin.  Las llamadas de teléfono se vieron sustituidas por breves mensajes de "Feliz Navidad" aunque el emisario viviera a cien metros de tu casa.  O sino, un simple vídeo prefabricado y hortera publicado en Face y reenviado por medio planeta. Lo soportamos con paciencia mientras esperábamos ansiosos que llegara una postal de Navidad o que, al menos, sonara el teléfono. Pero no. 
Y el colmo de los colmos, el no va más, la intolerabilis invention, llegó a nuestras vidas con todos los honores de su propia decadencia: el wassap, ese maldito invento que nos aleja de todos cuando creemos que nos acerca, esa aplicación demoníaca que nos sume en la más absoluta de las soledades. Ahora ya ni dulces tarjetas pintadas por Ibañez, ni llamadas telefónicas, ni mensajes, ni postales de casitas nevadas en el Face. Ahora sólo esos horribles vídeos creados por mentes enfermas en los que cuatro muñequitos, a cuál más espantoso, dan brincos en la pantalla mientras cantan la marimorena.
No puedo más. Me rebelo contra esa malsana y extendida costumbre y a partir de ya -aviso a navegantes- voy a borrar todos esos vídeos  sin abrirlos. Si alguien quiere felicitarme la Navidad o el Año nuevo que, al menos se tome la molestia de escribir un texto, de expresar sus buenos deseos con palabras, de plasmar sus sentimientos con cercanía. 
El afecto y el cariño  sólo  se mide con el tiempo que entregas a los demás. Lo demás son cuentos chinos. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

¿Para cuándo la esperanza?



Otoño de luces mínimas, húmedas enmarañadas en sí mismas. Con domingos tristes como entierros tristes en este mes que ya de una puta vez se acaba y que nos ha traído lágrimas a raudales y raudales de llantos. El ser humano apenas es ya humano. Se está convirtiendo en una rata de alcantarilla, en una metamorfosis inversa, perversa, confusa, cruel. Cuánto dolor en este noviembre de imágenes que se quedan en la retina como ese fogonazo del sol queda prendido en la mirada si lo miramos fugazmente. 
¿Para cuando la esperanza? ¿Para cuando esa solidaridad tan cacareada que se convierte en un graznido con el que asustar a los más indefensos? Esos cadáveres de París, de Mali, de Túnez, de Estambul, de Siria. Esos niños refugiados durmiendo en el bosque y apenas tapados con un par de mantas.  Esas palabras locas de locos enloquecidos que invitan a matar ¿Para cuando la esperanza? Y ahora para colmo, la Navidad, con el bolsillo casi desierto, con el trabajo precario, con tantas ausencias, con el dolor de tanto mundo susurrando por el mundo. Como reza un breve texto que va circulando por las redes sociales, este año no vendrán los Reyes Magos. Tres hombres de Oriente, barbudos, en camellos y cargados con un montón de cajas sospechosas. La frase te hace sonreír pero la sonrisa se te queda helada en los labios cuando comprendes la intolerancia que se esconde detrás del chiste. 
¿Para cuándo la esperanza? Lo confieso, esta vez no he dicho  No a la guerra. La verdad es que no he dicho nada. Porque hay una débil y molesta voz de la conciencia que me dice que con ese No a la guerra,  Daesh o como quiera llamarse ese grupo de desalmados, estará dando brincos de alegría. Y recordad que aquel que no teme a la muerte es el ser más peligroso de todos. 
Perdonadme que en este domingo triste y black de noviembre os ponga mis dudas sobre la mesa. Mañana la vorágine de la rutina pondrá las cosas en su sitio y volveré a pensar en horarios, comidas cenas, lavadoras, trabajo y prisas, muchas prisas. ¿Pero quedará lugar para la esperanza? Yo intentaré hacerle un hueco. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

La partida de cartas. II parte.


Los jóvenes siguieron jugando mientras el animal iba adoptando la forma de una bola esponjosa y suave. De vez en cuando les miraba de reojo, desconfiado, pero pasado un tiempo, el gato bostezó, se desperezó y  fue hacia la escalera. Fuera, la lluvia caía con violencia inusitada.
- ¿Dónde irá el minino? - preguntó Suso-.
- A por la abuela de Juan - repuso Josema bajando la voz-. ¿No habéis oído hablar de aquel gato que presentía la muerte? Y vivía en un asilo. Imagínate...
- No me cuentes historias - dijo Juan un tanto molesto-. Eso son leyendas urbanas.
- Eso son las feromonas - sentencio Sebas mientras miraba sus cartas atentamente.
- ¿Feromonas? - rió Juan-. pero si tu ni siquiera sabes lo que son las feromonas. .
-  Pero me suena a gato - respondió Sebas haciendo un gesto de garra con la mano.-
- No tenéis ni puta idea - afirmó el Suso-. Cuando uno empieza a morir huele raro...
- Tu si que hueles raro, cabrón - dijo riendo Juan.
- Qué si, que lo leí en la red. Cuando el cuerpo empieza a palmar da así como un olor y los gatos se dan cuenta. Tienen mucho olfato.
Juan detuvo en el aire la carta que iba a lanzar sobre la mesa.
- ¿Estás insinuando que mi abuela va a morir pronto?
- Pregúntaselo al gato - respondió Josema.
Todos rieron. Suso se atragantó y tosió ruidosamente.
- ¡Joder! - exclamó-, entre el gato, la abuela y el maldito diluvio que está cayendo, aquí no hay quien juegue. Mañana más.
- ¿Una última cerveza? - invitó Juan frotándose las manos junto al fuego-.
- Yo no - rechazó Suso-. Me abro. He madrugado y estoy hecho una mierda.
Suso dejó sus cartas sobre la mesa, se acercó al fuego y éste iluminó su rostro terso y pálido como el de un adolescente.
 - Nos vemos.
Fue entonces cuando el gato apareció sigilosamente. Se había agazapado junto a la mesa camilla, en un inquietante silencio. Cuando Suso salió de la casa salió tras él. Juntos atravesaron el jardín. Juntos se perdieron en la oscuridad de la calle. Suso volvió a toser. La lluvia había cesado dejando paso a una noche despejada y silenciosa.

martes, 17 de noviembre de 2015

La partida de cartas (I parte).



La abuela vivía en un chalet solariego a las afueras de una ciudad provinciana. Lo había heredado de su padre, y éste a su vez del suyo, El chalet estaba rodado de una verja de hierro forjado que no conseguía ocultar un jardín tan grande como abandonado a su suerte. 
Todos los sábados por la noche, su nieto Juan se quedaba en la casa para hacerle compañía. La cuidadora habitual, Gilda, una joven boliviana, libraba y pasaba fuera de la casa todo el fin de semana.
 Juan llegaba sobre las nueve de la noche, le preparaba la cena a su abuela, veía las noticias con ella y la ayudaba a acostarse. Cuando se quedaba dormida, él encendía la televisión o comenzaba a navegar con el móvil hasta quedarse dormido en el sofá, frente al fuego en brasas de la chimenea. Fuera, en el jardín, solía escuchar extraños ruidos que era mejor no saber de dónde procedían.
Un día, la anciana le dijo a su nieto que si se aburría podía traer a sus amigos, siempre que no armaran mucho jaleo. El al principio denegó la invitación, pero luego se lo pensó con calma. ¿Por qué no trasladar la partida de los jueves al sábado? ¿Por qué no cambiar el gélido garaje del Josema por la calidez del chalet de la abuela?
Lo comentó con los amigos en la primera partida del jueves. Era una noche húmeda y una leve neblina besaba el asfalto hasta humedecerlo. Siempre hacía frío en aquel garaje situado en la planta baja de un edificio de los años cincuenta. Los amigos no estaban por la labor pero Juan insistió.
- Tendremos chimenea, alfombra persa y pastas de te- aseguró-.
- Y un anisete - contestó riendo el Sebas- Sólo nos falta rezar el rosario después de la partida.
Juan era terco como una mula.
- Venga, y me hacéis un favor. La casa de mi abuela no tiene comparación con esta mierda de garaje.
Los amigos guardaban silencio esperando que fuera otro el que dijera la primera palabra.
- Y la bebida la pago yo.
Era su última carta.
- Haber empezado por ahí, cabrón - exclamó Suso-. El sábado en el chalet de la abuela. Aquella noche de sábado hacía un viento furioso que barría las hojas caídas de principios de otoño. Pasadas las diez, Juan escuchó el sonido de los pasos de sus amigos sobre la gravilla y fue a abrir. Sebas, Suso y el Josema permanecieron un instante en el vestíbulo, mirando hacia todas partes, como si de repente se hubieran visto inmersos en un sueño inesperado. 

- Joder, qué mansión, Juan. ¿Y tu abuela? - preguntó Sebas sin sacar las manos de los bolsillos.
- Duerme ya, así que no podemos armar jaleo. El que levante la voz se va a ir con el enano del jardín- sentenció-, y no puedo aseguraros que se esconde entre tanta maleza.
- Hemos traído leña - afirmó Suso con una frágil sonrisa en los labios.
- Bueno, hemos robado unos basquets de la frutería - aclaró Josema-, pero es por una buena causa.
Nada más cerrar la puerta pareció que la noche desapacible nunca hubiera existido.  Encendieron el fuego y las dos infames lámparas de pie que había a ambos lados del viejo aparador. Fuera comenzó a llover, al principio con suavidad; luego, intensamente.
-¡Ful de tréboles!- exclamó Juan poniendo las cartas sobre la mesa.
La lluvia arreciaba y salpicaba los cristales medio ocultos por gruesas cortinas de terciopelo. 
- Debe ser la gota fría. Joder, como llueve - susurró Sebas mientras se levantaba a azuzar el fuego-.
En ese momento, un sonido, como un largo quejido, se escuchó desde el jardín.
- ¿Habéis oído eso? - inquirió Suso-.
- Será la abuela que sueña en voz alta - sugirió Josema-. Sube a ver, Juan.
- No - repuso éste-. Yo creo que el sonido viene de fuera.
- Pues parecía un lobo.
- ¿Cómo va a ser un lobo, gilipón? - se indignó Suso-.
El sonido llegó de nuevo. Era como un lamento continuado. Sonaba muy cerca.
- Es un gato, creo. Ve a ver.
Juan se levantó con desgana, salió del salón, atravesó el vestíbulo y abrió la puerta que daba al pequeño porche que precedía al jardín.
- ¡Es un gato!- exclamó. Negro como un tizón.
- Déjale entrar. Esta diluviando.
- A mi abuela no le gustan los gatos. Dice que dan mal fario.
- Supercherías - exclamó Suso-. Deja entrar al minino antes de que palme.
Un minuto después, un gato negro y tembloroso cruzaba el salón en dirección al fuego y comenzaba a acicalarse.
- Pobre animal - se compadeció Josema-. Tendríamos que escurrirlo. Venga, que siga el juego.
 (Continuará).

lunes, 2 de noviembre de 2015

Morir al amanecer



Escribí este corto relato en el año 2011, cuando mi sencillo jardín de Jazmines abandonados aún no era muy conocido ni muy visitado. He recuperado este texto para vosotros, todos mis nuevos amigos. 

Sin piedad. No puedo ahora tener compasión. La observo con extrema repugnancia. Está en la bañera, complacida de sí misma, reflejada en la porcelana blanca. Pero esta vez no estoy dispuesta a consentirlo... Se que la violencia es siempre una tentación fácil, pero, hasta ahora, para mí no lo había sido. Sin embargo, debe ser cierto que todo llega en esta vida, hasta el reencuentro con nuestro lado más oscuro.
No me van a temblar las manos. La ahogaré lentamente y no sentiré nada viéndola morir. Y eso que siempre he detestado la tortura y la crueldad gratuita ¿gratuita? ¿Es que alguien pagaría por ser humillado? Mejor no me lo pregunto. 
Después de todo, el fin justifica los putos medios. Todavía no ha amanecido pero el sueño ya ha quedado atrás como un murmullo apenas audible. Las sombras abrazan la ciudad en una noche que teme ceder un minuto a la luz del día. Mejor que mejor. Así nadie sabrá de mi fechoría.
Soy débil. Para mi desgracia, fui educada en la tolerancia, la misericordia y el respeto, y ahora, en este preciso momento, esa espartana disciplina acaba siendo un lastre que me arrastra hacia negras y gélidas aguas donde la venganza y la ira son imposibles.
Lo repito para convencerme a mí misma. La ahogaré lentamente y tiraré sobre su rosada cabeza amoniaco y gel de lavanda. No siento piedad. Tampoco tuvieron piedad conmigo en su momento. Abro el grifo y dejo que el agua ardiente resbale sobre su cuerpo. La veo patalear, desesperada. Su impotencia aumenta mi ira. Pero no he sido nunca cruel y es posible que sea tarde para empezar. Quiero que su agonía sea corta. Abro más el grifo hasta que queda inmóvil, flotando en el agua, entre la espuma. Mientras observo su cadáver, el amanecer me sorprende a través del pequeño ventanuco.
Ahora sólo me pregunto dónde habrá puesto sus huevos esta maldita cucaracha.

jueves, 29 de octubre de 2015

Rutinas


Ya veo que la última entrada la hizo mi gata, la Pequeña. Es muy aplicada y muy tranquila y en los últimos días la veo preocupada por mi falta de inspiración y algún que otro problemilla que asalta mi vida cotidiana. Y es que el otoño es turbio y oscuro y a veces parece que el cielo plomizo se nos va a caer encima de un momento a otro. 
Mi madre, cuando había problemas, solía decir Todo se arreglará. En ocasiones, las cosas se arreglaban por propia inercia o por el paso del tiempo, pero otras veces se estropeaban más y más y ella ya no decía nada, simplemente dejaba pasar el tiempo.
 Porque si algo se aprende en la vida es la filosofía de la vida, y hoy quiero destacar un ingrediente de la misma que a menudo solemos menospreciar, la rutina, algo tan aburrido como la rutina.
Os cuento una anécdota: el día que dimos sepultura a mi padre, al volver del cementerio, la familia más íntima decidimos tomar un café en casa. Pero en casa no había café. Con el luto riguroso y el alma hecha trizas bajé a Consum y compré el café y unos pastelillos. Hice la cola pertinente, pague y volví a casa. Y en ese pequeño trayecto mi dolor se atenuó un poco. Ese gesto cotidiano de bajar a comprar cuando sólo deseaba llorar me hizo comprender aquello que las ancianas murmuran entre los cipreses del cementerio a la caída de la tarde, la vida sigue, la vida siempre sigue.
Por eso, en este otoño que trae consigo malos recuerdos, en este otoño que tampoco ofrece realidades glamurosas, cuando las baldosas tiemblan bajo mis pies, se hace urgente buscar el gesto cotidiano que te reconcilie, más o menos, con la vida.  No es fácil dibujar una sonrisa sobre un rostro macilento. Tampoco es fácil seguir caminando con paso firme cuando a tu alrededor las paredes caen a pedazos, los grifos se pasan de rosca, las lámparas bailan.  Todo se arreglará -pienso al borde del abismo-, porque la vida sigue, siempre sigue. Y es entonces cuando, ya pueden estar cayendo chuzos de punta, pongo la lavadora. Y con el run run de la máquina todo vuelve a su sitio, los problemas quedan atrapados entre los pliegues de la ropa y el sonido cotidiano inunda la casa donde la tarde se ha vuelto noche de repente. Maldito otoño.
Siempre nos quedará la rutina. Ojalá nos quedara París. 

jueves, 22 de octubre de 2015

Hoy escribo yo, la Pequeña.

Hola. Soy la Pequeña, la gata de Amparo, y no es la primera vez que escribo en su blog. Ella anda muy afaenada de aquí para allá diciendo que sus musas se han ido no sé adónde y no vuelven. No sé que son las musas, pero yo pulgas no tengo, así que no tiene nada que ver conmigo.
Yo lo tengo claro, pero es que los humanos a veces son un poco estúpidos. No hemos ido al pueblo este verano. Ahí está el secreto. Mi dueña ha trabajado todas las vacaciones y nosotros nos hemos tenido que quedar con ella en la ciudad. Me explico. Podíamos habernos ido con sus hijos, que sí han estado en el pueblo, pero es que si ella no está en la casa el tonto de Tito -mi pareja-, se pone nervioso y se escapa, y acaba en un tejado, muerto de sed, de hambre y de miedo.
Cuando voy al pueblo, al principio sólo me atrevo a salir al patio de la casa. El patio es pequeño, está pintado de blanco y tiene dos o tres geranios medio muertos. Luego ya salgo a la calle y me tumbo al sol. Y por las tardes, cuando mi dueña saca un silloncito de mimbre a la puerta de la casa, yo salgo y me coloco a su lado y de vez en cuando me acerco hasta la plaza, pero con mucha precaución. Hay niños malvados que piensan que los gatos sólo sirven para acorralarlos debajo de un coche y tirarles piedras. Mi dueña debe ser de otro planeta porque nos trata muy bien, a veces hasta es cansina.
Me hubiera gustado ver a Pantera y a Olaf, que son dos gatos negros y gigantes que tienen los ojos amarillos. Al principio dan un poco de miedo pero son más buenos que el pan. Tito les bufó un par de veces pero en unos cuantos días parece que llegaron a un entendimiento y no se pelearon más.
La vida en el pueblo es muy tranquila y la casa es muy vieja y muy grande, así que cuando no tienes ganas de ver a gente y que te toqueteen y te acaricien, sales pitando escaleras arriba y te tumbas en la cama de cualquier habitación.  Los amigos de los hijos de mi dueña - uf, qué lío-, dicen que la casa tiene fantasmas, pero yo creo que no he visto ninguno y eso que los gatos vemos más de lo que parece. Supongo que el señor de bigote blanco y ojos negros que a veces pasea por el comedor no será un fantasma aunque tengo mis dudas porque en cuanto entra alguno de los chicos desaparece como esa niebla baja que cubre las montañas por las mañanas.
Bueno, que viene mi dueña. Me voy a ronronear un rato al sol. Quería contaros más cosas, como que los gatos tricolor son -somos- siempre gatas, y si es un macho no puede tener bebés. Y que los gatos blancos son sordos y no oyen los petardos. Y que los gatos negros son muy dulces. Y que... Me voy porque parece que en el super tampoco estaban las musas que tanto busca. Menuda cara trae.

domingo, 11 de octubre de 2015

La transformación



Salió del médico a las dos de la tarde. A aquellas horas, el ambulatorio estaba desierto. En la gran sala blanca con olor a desinfectante resonaba el sonido de su muleta, lento, rítmico. Salió a la calle y comprobó desolada que no había ningún taxi en la parada, así que tendría que coger el tranvía. Pasito a pasito, pensó que no podía costarle tanto. Eran apenas doscientos metros pero tardó más de diez minutos. No estaba dispuesta a dar de nuevo con sus huesos en la acera. Cuando llegó a la parada de la Estacioneta de fusta, vio que sólo una mujer ocupaba el andén, una mujer de baja estatura y cabello gris que observaba atentamente su horrible bota ortopédica.

- ¿Qué le ha pasado? - dijo de repente-
- Me caí.
- Vaya -exclamó la mujer en un tono más animado-. ¿Pero se ha roto algo?
- El tobillo.
La mujer movió la cabeza de un lado a otro en muestra de desaprobación.
- Pues hay que llevar mucho cuidado con las caídas porque las personas de nuestra edad...
Venía el tranvía por la rotonda. No daba tiempo de sacar el ticket, pero le daba lo mismo. Cuando se sentía enfadada con el mundo, cometía siempre esas pequeñas rebeldías que podían costarle una buena multa. No importaba. Si subía el revisor, por un casual, se pondría a llorar como cántaro roto. Se sentía confusa. La última frase de la mujer de pelo gris la había sumido en un nuevo interrogante: ¿de nuestra edad? Pero si aquella señora debía tener, al menos, veinte años más que ella. 
 A pesar de que hizo todo lo que pudo por evitarlo, la dama de pelo gris se le sentó enfrente y comenzó a contarle todas las caídas de su vida, que si un hombro, que si un codo, que si un desgarro en la rodilla. Ella apenas escuchaba. Intentaba contemplarse en el cristal de la ventanilla pero no lo conseguía. Sólo dos paradas después, se despidió de la mujer con una  sonrisa de cumplido y se apeó del tranvía. Hacía un dia magnífico. Los niños iban al colegio a regañadientes, arrastrados por sus madres. Algún paseante con perro caminaba lento entre los macizos de rosas rojas.
Llegó a casa agotada. Nunca había imaginado que caminar pudiera llegar a ser tan difícil. Dejó el bolso y la chaqueta en una silla del recibidor y se contempló en el espejo. ¿Qué le había pasado? La metamorfosis de Kafka humanizada. Permaneció un rato observándose en aquel antiguo espejo hasta que lo descubrió todo. Aquel ya lejano día de Todos los santos se había roto la pierna, pero todos los días que le siguieron, se le fue rompiendo el alma, dondequiera que estuviese, a pequeños trozos, como escamas, como motas de polvo, en medio de una soledad yerma, insoportable, injusta.
Y envejeció, repentinamente.

martes, 6 de octubre de 2015

Mi blog cumple cuatro años.



En septiembre mi blog cumplió cuatro años y no lo he celebrado, aunque debería haberlo hecho. Cuatro años, 79 seguidores, 25.605 visitas. Admito que no he batido ningún récord pero me siento muy satisfecha, y vosotros -mis asiduos lectores- sois la causa de esa inmensa satisfacción.
En este otoño  mustio y caluroso en el que, de vez en cuando, nos sorprende una tormenta salvaje, ando de capa caída. No es que suceda nada malo, es simplemente que a veces la vida cotidiana desborda, las obligaciones rutinarias se imponen y las musas se van a tomar viento, dicen que vuelven pero ya están tardando.
En mis tiempos se decía -yo lo sigo diciendo-, que las prisas son malas consejeras, pero no sólo son malas consejeras sino que a veces pienso que nos están robando la vida. Así que hoy paso de ellas - de las prisas-, y me detengo por un buen rato en mi jardín de Jazmines.
Sirva este preámbulo de excusa. Sirva para justificar por qué no he celebrado el cumple de mi blog como debiera haberlo hecho. Pero en esta tarde calurosa de otoño no puedo dejar de daros las gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla, quién sabe en qué lugar real.
No me quiero olvidar de nadie y si lo hago no es mi intención. Me sorprende, me encanta, me abruma el hecho de que a través de vuestros escritos, voy conociendo cosas, presintiendo vidas, adivinando idearios y, lo más importante, creando afectos.
Y como no quiero ponerme sentimental, voy al lío. Por vosotros mis lectores más asiduos.
Dean. Hace siete meses que no escribes. Echo de menos tu espíritu rebelde, tus textos clarificadores y rotundos. Vuelve.
Francesc, del blog A la taula i al llit. Las mejores recetas para las mejores veladas. Fins Nadal.
Ester, de Autodidacta. Siempre un placer leer tus entradas tan variadass y llenas de optimismo.
Ana Bohemia, de Bohemio Mundi, con entradas interesantísimas y muy bien documentadas.
Asun, de Cualquier día te como. Originalidad a raudales.
Roland, de Desde el mundo medio. Sentimientos a flor de piel.
Paco, de El blog de Paco. Buenas reseñas de libros y buenas opiniones.
Raquel, de El desván secreto. Curiosidades y cosas muy interesantes.
Fus, de El blog de Fus. Tres meses sin dar señales de vida. Te espero.
Emilio, de Emilioeducador y antropólogo. Aún no te has pasado por mi jardín de jazmines abandonados pero te invito a hacerlo.
Sneyder C. de En Blanco y negro. Una pluma exquisita.
Dyhego, de Errante Fugacidad. Siempre ameno y próximo.
Ricardo Tribín, del blog Hacia el cambio. Textos para reflexionar y buenos consejos.
Recomenzar, un blog lleno de sensualidad.
Amilcar luis Blanco, del blog Las sílabas contadas. Un poeta de pies a cabeza. Imponenbte.
Jesus García, del blog Luz y papel. Muy interesante. Para tener en cuenta.
J.R. Infante, otro escritor de raza.
Minimal, del blog Memoria visual de un desmemoriado. Nos conmomevos con sus fotos. Esproque esté recuperado de su accidente.
Eshe, del blog No hay Norte. Magnífico sencillamente.
Nestor Belda del blg Nestor Belda. Un escritor de raza.
Chelo, del blog Pasatiempo. Interesante y ameno.
Rocío Diaz, del blog del mismo nombre. Curiosidades y cosas muy interesantes.
Airblue, del blog Sueños de aire azul. Una fiel seguidora con un blog a tener en cuenta.
Jara del blog Tomando café. Jara ha vuelto tras un descanso merecido. Viajes, sensaciones, sentimientos.
Toro salvaje, del blog Toro salvaje. Un gran poeta en todo el sentido de la palabra.
Tracy, del blog Tracy Correcaminos. Que no para esta mujer. Una delicia leerla.
Mari y Valaf, del blog Valaf. Música, arte, pintura.
Rafael Humberto del blog Versos al vuelo. Pura delizadeza.
Mercedes Pajarón, del blog Y los cuentos cuentos son. Una escritora consolidada.
Tramos Romero, de google plus.
 Elías, mi más fiel lector.
  Y mi amigos y también fieles lectores: Ampa, Amparo D., Juan Vi, Anabel, Mari Cruz, Cecilia, Wanda, Joan, Manolo, Mariam, Mari Carmen, Pepín.
E incluso mis hijos, Josep y Sofía que, de vez en cuando  me leen.
Y un recuerdo también a esos blogs que desfallecen, que dan sus últimos suspiros o que están bien muertos y enterrados. Cuando entras en alguno de ellos y te encuentras con que hace un año o dos que no publican, te preguntas cuál será la causa de su silencio. Algunos firman su despedida, otros desaparecen sin más. Y es que es difícil seguir al pie del cañón aunque presientas que más allá de la fría pantalla hay alguien que te lee, que ríe contigo, que se emociona, que se indigna, que sueña.
A todos vosotros -seguro que me he dejado a alguien-, gracias por venir de vez en cuando a éste mi pequeño jardín de Jazmines abandonados. Habrá que seguir regándolo.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Petra Laszlo


¿Se le fue la olla o si le hubieran dado un palo, Dios sabe lo que habría hecho? Me estoy refiriendo a la periodista húngara, Petra Laszlo, una profesional de la cámara que además de grabar las desesperadas carreras de los refugiados sirios por los maizales, aún ha tenido tiempo, y ganas, de ponerles unas cuantas zancadillas y arrearles unas buenas patadas.
La verdad es que este suceso pertenece a ese tipo de cosas que si no las ves, no las crees. La labor de un reportero gráfico es, nada más y nada menos, fotografiar, grabar lo que está sucediendo en un lugar en un determinado momento para darlo a conocer. Gracias a su labor, la de los buenos periodistas gráficos, conocimos los horrores de las Guerra mundiales, de los campos de concentración, de la guerra del Vietnam, de nuestra guerra civil, de la guerra civil en Ruanda, de la terrible guerra de los Balcanes y los de tantos otros sucesos que sin testimonio gráfico, ni siquiera hubiéramos llegado a conocer.
Afortunadamente, la reportera Laszlo ha sido despedida ipso facto y ha tardado más de una semana en pedir disculpas. Dice que le entró el pánico. Vaya. Hasta ahora yo pensaba que hay dos respuestas ante un ataque de pánico: quedarte de piedra sin ser capaz de reaccionar o simplemente huir como alma que lleva el diablo. Sin duda, los manuales de psicología tendrán que valorar esta nueva variante: ganas irresistibles de atacar a las personas poniendo zancadillas y dando alguna que otra patada a diestro y siniestro.
No quiero dedicarle mucho tiempo, ni muchas palabras, a esta entrada, porque ella no lo vale. Por último, sólo añadir algo. Uno puede desprestigiarse profesionalmente cuando comete un error, por ejemplo un locutor de televisión que, mientras da una mala noticia, se parte de risa. Pero uno, en esta caso una, puede desprestigiarse no sólo como profesional sino también como ser humano, y éste es el caso de Petra. ¿Quién, a partir de ahora, la va a contratar como reportera? Más aún, ¿Quién la pondría, por ejemplo, al cuidado de sus hijos? Yo no.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Aylan


Prefiero esta foto. Esta foto de risas y alegría. Aylan es tan feliz que su sonrisa enseña todos sus dientecillos y sus ojos se cierran. Junto a él su oso de peluche y su hermano. Probablemente, y a pesar de la sangrienta y salvaje guerra que asola Siria, eran niños felices, acostumbrados al sonido de las bombas y al terror de la guerra. 
Que nadie piense que no he puesto la foto del pequeño Aylan en la playa por miedo a herir sensibilidades. Me importan un rábano las sensibilidades de algunos, que parecen ofenderse porque se hagan públicas este tipo de fotografías. Y es que a veces nuestra adormecida conciencia sólo se puede despertar de un guantazo, y de un guantazo merecido. 
Pero la otra fotografía me hizo llorar. Andaba yo por Face buscando frases chorras de esas de autoestima y vídeos de gatitos revoltosos, y de repente, desde la pantalla, me saltó la foto. Como un escupitajo agrio, como una hostia - con perdón-, bien dada. Recorrí con mi mirada aquel cuerpecillo vestido con camiseta roja y pantalón azul, preparado para conquistar el mundo, para dejar atrás la sinrazón de los hombres que se creen humanos. Y sentí una necesidad inmensa de abrazarlo, envolverlo en una suave manta y contarle un cuento. Un cuento de esos que acaban bien, un cuento en el que los niños felices no mueren sobre la arena de la playa, un cuento de comer perdices y abrazar a  suaves osos de peluche.
Aylan, sin quererlo, se ha convertido en un símbolo. Pero hubiera sido un millón de veces mejor que ahora estuviera jugando en la guardería, correteando por la playa, dormido en su cuna. Que nadie hubiera conocido su rostro, que no se hubiera hecho tristemente famoso. 
Como un día dijo Woody Allen, si Dios existe, espero que tenga una buena excusa. 
Descanse Aylan en la paz que nunca llegó a conocer. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Josefa saldrá de la cárcel...



Pero no debería haber entrado.

Cuando escuché el caso de  Josefa en informativos Telecinco, creí haber entendido mal. Hablaban de una mujer de 62 años que había sido condenada a seis meses de cárcel por construir una casa, para ella y su extensa familia, en un terreno PROPIO pero por lo visto, protegido y en el que estaba prohibido edificar.
¿Qué? Cuando conseguí salir de mi asombro caí en la más profunda indignación. Busqué la noticia en internet y la verifiqué. Efectivamente, no había oído mal. Un juez, un defensor de la justicia, había firmado sentencia firme contra Josefa, y la sentencia era:  A los leones. 
Plumas magistrales han escrito sobre este caso sangrante, se le han dedicado muchos minutos en los informativos, pero si no escribo, reviento.
Hace mucho tiempo que no creo ni el justicia humana ni divina, ni en el karma y otras chorradas por el estilo. La vida no es justa, sólo hay que vivirla para saberlo, pero se supone que las leyes que rigen los comportamientos del hombre en la sociedad deberían, al menos, no ser injustas.
Por desgracia, vivimos en un país donde la corrupción, los escándalos, los abusos y las mentiras están a la orden del día. El ciudadano es víctima propiciatoria de los políticos, de los bancos, de las tarjetas negras, de los eres, de los despidos baratos, de las burbujas y de la explosión de éstas. Estamos acostumbrados a ver cómo estos capitostes desenfrenados que se gastan el dinero de todos en putas y caviar, campan a sus anchas por este país de pandereta. Y de repente, en medio de toda esa amalgama de enormes y vergonzosos delitos, emerge el nombre de Josefa, una buena mujer que construyó su casa en el sitio equivocado.
Pienso en ella claro, pero pienso mucho, y mal, en el juez y en el fiscal que han tomado esta decisión. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿Cuánto ganan? ¿Dónde viven? Es más que probable que sean personas con una buena posición social que nunca hayan tenido que luchar contra las adversidades de la penuria económica.  Probablemente son personas que saben mucho de leyes ¿Pero saben algo de justicia?  Sencillamente, son personas que, desde su vida cómoda y asegurada, no les tiembla el pulso al dictar esta sentencia de cárcel. Esa prepotencia maligna, esa falta de empatía, esa carencia absoluta de misericordia, me espanta.
El gobierno dice que Josefa saldrá pronto de la cárcel. Pero -vuelvo a repetirlo-, nunca debería haber entrado.
Sencillamente indecente.

lunes, 10 de agosto de 2015

Centinela alerta



Sierra Espadán (Castellón), escenario de violentas batallas. 


Sólo tenía diecisiete años cuando se fue a la guerra. La Quinta del biberón, los llamaron por su corta edad. Sobrevivió de milagro, como solía contarnos en las largas tardes de invierno. Alguien  lo confundió con otro y lo dieron por muerto en la batalla del Castillo de Castro, en la escarpada Sierra Espadán.
Muchos años después, cuando mi hermano y yo éramos pequeños y pasábamos las vacaciones en su pueblo natal, en el Alicante profundo, mi padre adoptó una costumbre que en aquel momento me pareció un poco ridícula y, sin embargo ahora me llena de nostalgia.
Por la noche - nos contaba-, cuando hacíamos guardia en las trincheras, teníamos que decir "centinela alerta", y el siguiente soldado de guardia debía contestar "alerta está". Si no contestaba - seguía contando mientras mi madre desaparecía rauda hacia la cocina-, era, o bien que se había dormido o que había sido abatido por fuego enemigo.
Y una noche de verano, de no sé qué año, inició el juego.
- ¡Centinela alerta! - gritaba desde su habitación-,
y mi madre le contestaba:
- Alerta está.
Para a continuación decir también: Centinela alerta. Así hasta que el mensaje llegaba a mí, que era la más pequeña. Después de formulado el santo y seña, ya podíamos dormir.
Y ahora, muchos años después, cuando llega la noche y la luz de la luna entra a través de las cortinas, susurro:
- Centinela alerta.
Pero nadie responde. Sólo un silencio profundo, largo, henchido de palabras ausentes y dolientes.

domingo, 2 de agosto de 2015

Cómo murió el Rey León a manos de un dentista imbécil



Rompo mi silencio veraniego y lo rompo por Cecil, el rey león, el macho alfa de una gran manada de leones africanos. Siempre hay algún imbécil que te saca de tu letargo veraniego - sin vacaciones, por cierto-. y te obliga a escupir toda la bilis que te ha producido el suceso.
Cecil era el león más querido de Zimbabue, un ejemplar precioso que vivía su vida en libertad en uno de los parques protegidos del país. Hasta que un día un hombre venido de muy lejos le puso precio a su cabeza. 55.000 dólares para que alguien lo engañara, lo sacara de su espacio protector y así poder darle el tiro de gracia.
Walter Palmer, dentista norteamericano, es el protagonista de esta triste historia que ha llegado a todo el mundo a través de las redes sociales, un hombre hoy por hoy contra las cuerdas porque ya ha sido solicitada su extradición para ser juzgado, y espero que condenado. Un hombre que, por ese capricho miserable de matar, por ese divertimento paranoico y cruel,  se ha visto obligado a cerrar su consulta de dentista, un hombre marcado de por vida porque el Gran Hermano de nuestra sociedad, que son las redes sociales, ha puesto su gran ojo sobre él. Y sin duda hay miradas que hieren y matan.

Yo no le voy a desear que se lo coman los leones, como ha hecho mucha gente, porque tanta dosis de estupidez quizás les causara una terrible indigestión. Pero sí deseo que lo juzguen por caza furtiva, por malas artes, y por dar muerte a un animal protegido, que además llevaba un collar identificativo. Espero que no haya paz para el malvado.

A la entrada de un gran zoo de Berlín hay un gran espejo y sobre él un letrero: "Este es el animal más peligroso de la Tierra". Yo hace tiempo que no tengo ninguna duda.

jueves, 23 de julio de 2015

Os sigo leyendo, a pesar de tanto calor.



A pesar del pertinaz verano que nos está cayendo cual castigo divino, sigo trabajando fuera y dentro de casa, no tengo vacaciones, y se me ha metido entre ceja y ceja acabar de corregir mi novela de una vez. Está siendo un mes de julio duro, de noches abrasadoras y mucho trabajo. Pero aún así, y aunque a veces no os comente, sigo leyendo vuestros blogs y os admiro por esa falta de necesidad de descansar. Toro, Ana, Tracy, Minimal, Airblue, laky, Roland, Humberto, Amilcar, Jara, Ehse, Diego, Rocio... Seguís en mi día a día. Sólo os pido una cosa: no se os ocurra olvidarme. Volveré con nuevas historias, con fuerzas renovadas, o al menos eso espero. Ahora, con este calor bochornoso y este verano de ciudad, sólo soy una sombra de mi misma. Hasta la vuelta. Otra vez.

miércoles, 8 de julio de 2015

Literaturas


La amistad es en todo consecuente, salvo en el oficio y negocios del amor. Por lo tanto, es preciso que en el amor los corazones no se valgan de intérpretes, y que los ojos traten por su cuenta, sin fiarse de mediador alguno, pues la hermosura es una hechicera con cuyos encantos la lealtad se trueca en pasión. 
W. Shakespeare



Hace unos días,  una hermosa y oscura tarde de tormenta, mi hijo -que estudia Estudios ingleses en la Jaume I de Castellón, me leyó un fragmento de una obra de Shakespeare. No es el del  encabezamiento, pero igual me vale. Me lo leyó en castellano aún avisándome de que en inglés era más bello todavía. Sí, se me pusieron los pelos de punta. Literatura en estado puro, sensibilidad, armonía, ritmo, estilo, forma, fondo, profundidad, belleza.

Y digo esto para invitaros a la reflexión, si es que estoy legitimada para ello, cosa que a veces dudo. La semana pasada, navegando por  mi faceb, leí que la editorial Suma de letras había publicado la primera novela erótica escrita por Olvido Hormigos, El abrazo infiel. Por si a alguien le falla la memoria o no tiene master alguno en cotilleos diversos, os diré que Olvido es la concejal socialista que hace unos años se hizo famosa por difundir en la red un vídeo de alto contenido sexual. A partir de ahí, la señora se lanzó a toda clase de escarceos y juegos amorosos con variados varones mientras le ponía unos cuernos como estalactitas a su paciente y sufrido marido. Pues bien, para seguir tirando del éxito logrado por la bazofia literaria Cincuenta Sombras de Grey, Olvido se ha subido al carro de Belén Esteban -otra "escritora" de pro-, con el supuesto y único fin de lograr- me imagino- suculentos beneficios.

Vergüenza, siento vergüenza al leer estas cosas. No soy radical pero a veces el guión de los acontecimientos me presiona y me lo exige. Hace unos meses  acudí a la presentación de un libro del afamado escritor -esta vez sí-, y profesor universitario, Santiago Posteguillo. Durante la charla, él reconoció que algunos de sus libros sobre el Imperio romano, que han sido grandes éxitos de ventas en todo el mundo, habían sido rechazados hasta por 17 editoriales. Sin ir más lejos, el libro Harry Potter y la piedra filosofal, de Jk. Rowling, antes de ser publicado, fue rechazado por doce editoriales.

Las conclusiones las puede sacar cada uno, pero está claro - al menos para mi- que en los últimos tiempos algunas editoriales se han decantado por el dinero fácil, por la "literatura" basura, grosera y hedionda. Y lo peor, lo peor de todo, es que esos libros se venden y se venden bien. Es, en toda regla, el culto a la vulgaridad, el regreso a las tinieblas de la ignorancia. Me quedo con Shakespeare.


Y aprovecho la ocasión para deciros que tomo vacaciones. A ver, que me quedo en la "capi" trabajando todo el verano por circunstancias diversas, pero que le doy vacaciones a mi blog. Quiero dedicarle un poco de tiempo a mi novela, aún sin corregir, y si alguna tarde puedo, acercarme a la playa y tomarme una cerveza muy fría. A todos los que soléis pasaros por este discreto jardín de Jazmines abandonados, desearos que paséis un buen verano y que seáis muy felices que, al ,fin y al cabo, es lo único que importa. 







domingo, 28 de junio de 2015

Secretos




Mi madre tenía un secreto y me lo contó cuando yo tenía quince años. Era un secreto doloroso, cruel, terrible, que ella no pudo olvidar durante el resto de su vida. Mi padre también tenía un secreto que nunca nos quiso contar. A menudo decía que se lo llevaría con él a la tumba. Y se lo llevó. Pero años después mis primas me lo contaron. Era un secreto de vida o muerte, un secreto que él no quiso contarnos para no influir en nuestra forma de pensar. Afortunadamente, fue vida.
¿Guardáis vosotros algún secreto? ¿Todavía no? Posiblemente, quién no tiene un secreto a buen recaudo es que aún no haya vivido lo suficiente. Yo ya llevo un trecho de vida y confieso que guardo algún que otro secreto, algo que quizás lleguemos o no a contar pero que, por ahora, habita en ese rincón oscuro y profundo de la memoria donde permanece aquello que, quien sabe por qué razón, no queremos contar.
Secretos profundos como simas angostas, secretos que se convierten a veces en compañeros indeseables pero muy fieles. Secretos que podrían hacer girar la rueda de la historia como una noria. Secretos inconfesables, no por perversos, sino por dolientes. Secretos inolvidables, no por fascinantes, sino por insoportables. Secretos ocultos en los pliegues de la piel, enmascarados en sonrisas huecas que al final se han transformado en sonrisas verdaderas.
Y secretos hermosos como luces que, de pronto, hacen estallar la oscuridad en mil pedazos. Secretos del pasado que ya a nadie importan y que, sin embargo, mantenemos confinados a cal y canto. Secretos dulces como nubes de algodón o agrios como limones, o amargos como cerveza negra.  Secretos que, a pesar del paso erosionante del tiempo, permanecen guardados entre líneas, emboscados entre otros más anodinos, entre aquellos que no dejan huella y llegan a confundirse con todos.
Secretos ajados pero aún supervivientes. Secretos que nos acompañarán hasta el último suspiro, que hemos guardado durante años con voluntad obsesiva, eso sí, dejando pistas aquí y allá, como los niños del cuento dejaban miguitas de pan para no perderse. Pistas que, sin duda, el viento del tiempo borrará más pronto o más tarde. Secretos -algunos- maravillosos donde correr a refugiarse cuando la realidad se hace insufrible. Secretos que nos recuerdan, ahora que ha llegado la hora de la invisibilidad, que algún día fuimos objeto de deseo.


¿Guardáis algún secreto?

domingo, 31 de mayo de 2015

Caelum et infernum.


Y dijo que no existe, que no hay fuego ni llamas lamiéndote el alma. Entonces, ¿mis terribles pesadillas infantiles para qué sirvieron? Sin embargo, la edad, el tiempo o qué se yo, te obligan a replantearte las verdades que antes pensabas incuestionables. Es verdad. El Papa apostólico romano y argentino ha dicho que el infierno no existe, pero yo no me lo creo.
Existe. Basta sólo con abrir una puerta o cerrar otra. Es suficiente salir a la calle, ver el telediario, contemplar el odio, la brutalidad, la crueldad humana, abrir la ventana, escalar una pesadilla, darse de bruces contra una realidad perversa. Y tiene fuego, llamas afiladas que succionan el alma con lengüetazos ardientes, calores ígneos que queman la esperanza más curtida, brasas que ulceran los sueños que crecieron a la luz de la inocencia, chispas que sacuden la sonrisa y la vuelven mueca vacía.
Existe, vaya si existe. Pulula en barrios miserables echando a la gente de sus casas, en maltratos psicóticos de engendros que parecen humanos, en fracasos enormes que no admiten excusas, en miedos detrás de las puertas, en animales ahorcados, en hombres degollados, en niños solos, rotos, en sueños rotos, solos.
Pero no temáis más de lo recomendable. El cielo tampoco está entre las nubes algodonosas, escondido en alguna galaxia de luz y paz, no. El cielo existe y está aquí, en esa sonrisa, en ese abrazo inesperado, en el gesto solidario, en el hasta aquí hemos llegado, en la respuesta justa, en la objeción correcta, en una llamada, en un comentario, en un paseo por la playa, en una palabra, en un ladrido, en un maullido, en un encuentro, en una mirada cómplice, incluso en el silencio cuando no es del que abandona sino del que acompaña. 
Y como más pronto o más tarde, el infierno, como un aliento agrio y estuoso, atravesará nuestras vidas, id dejándole huecos al cielo, huecos enormes de sonrisas y anhelos por los que seamos capaces de caminar sin miedo. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

La cita, II parte.




La hija esperaba en la aséptica cafetería del hospital tomándose un cortado descafeinado con un croissant reseco.
- ¿Qué te ha dicho el médico? -preguntó-.
- Era un niñato - repuso la anciana-.
- Vale pero ¿qué te ha dicho?
- Que los análisis están bien.
La hija sorbió un poco de café ya frío.
-¿El colesterol?
- Perfecto.
- ¿El azúcar?
- Dentro del límite.
- ¿Los trigliceridos?
- No me hables en latín que ya no estoy yo para...
La hija no quiso insistir más.
- ¿Quieres un poleo, mamá?
- ¿Un poleo?¡ jefe! -gritó- tráigame una cerveza doble, un bocadillo de jamón serrano y un pincho de queso y anchoas.
- Mamá ¿te has vuelto loca?
La anciana la miró desde sus ojos claros y aún luminosos.
- Hija- afirmó-. Creo que ya tengo edad para decidir con qué dieta quiero morir.

Y es que la vida son dos días.

domingo, 17 de mayo de 2015

La cita.



Se sentó en la cama despacio, observando la luz que entraba por la ventana en aquel atardecer dorado. Demasiada luz para sus ojos claros. Deslizó su mano sobre las sábanas blancas. Se quitó los zapatos lentamente y los dejó junto a la cama. Después comenzó a descordarse el camisón, como si cada botón requiriese un esfuerzo de voluntad. Echó los brazos hacia atrás y se desabrochó el sujetador, blanco, de algodón y tira bordaba. Estaba nerviosa, muy nerviosa. Al cabo de un momento escucharía sus pasos, sentiría la mirada de él sobre su cuerpo.

Le faltaba la respiración cuando la puerta por fin se abrió. El hombre se sentó junto a ella y sonrió. Ella le interrogó con la mirada sintiendo que su corazón latía cada vez más fuerte. La cogió de la mano.
- Los análisis han salido perfectos - dijo él-, sobre todo teniendo en cuenta que ya ha cumplido usted los noventa.
A las cinco de la tarde le dieron el alta.



viernes, 8 de mayo de 2015

Sa,se,si,so,su



Serafina y Serafín soñaron un sueño en la siesta. Solían soñar sucesos que sospechaban sucederían, y subsistían con sucedáneos de sueños, susurrando sutilezas subversivas, sumando sugestivos saraos, subsistiendo en sórdidas sonrisas, sorbiendo sorbos de sal y seda, sostenidos por sortilegios, sufriendo sol y sed, subsanando silencios soportables, sobreviviendo a suspiros, sacudiéndose sollozos, soportando soledades sutiles, sospechando sitios salteados de salvia salvaje, sorteando silencios susurrados, siguiendo senderos salpicados de sauces sedientos, de siestas de sueños serenos.
-Si supieras -suspiró Serafín somnoliento-.
-Si siguieras - susurró Serafina suspirando.
Y siguieron solos el sendero de los sueños sorprendentes sin saber que los sueños sólo sueños son.


viernes, 1 de mayo de 2015

Primero de mayo






El viento de poniente, atroz, azota la ciudad este uno de mayo. Mes de malos recuerdos, pero muchos y muy malos. Y ahí está por venir, Dios sabe con qué sinsabores bajo el brazo. Hoy, de calor, ni los pájaros cantan. Y los hombres y las mujeres gritan que quieren trabajo. Trabajo para seguir sacando a sus camadas adelante, trabajo no ya para hacer heroicidades, sino para vivir cada día con un mínimo de dignidad. Mi padre tenía un mostacho blanco, como un gendarme francés, y decía que vivir sin dignidad no vale la pena. Le quitaron el mostacho aquellos putos enfermeros y se vino abajo. Y era mayo, puto mes de mayo que le condujo de la mano hasta la muerte. 
Y lo decía. Hay que trabajar para ser digno, para no convertirse en un esclavo, para tomarse una cerveza a la sombra,  comprar un Renault cuatro e irse a merendar a la Eliana bajo un almendro. 
Hoy la gente se ha ido a la playa porque hace un calor de agosto. Y el lunes, con el cutis quemado, muchos volverán a la cola del Inem. Igual brota en medio de la oficina un árbol cargado de esperanza y las cosas se arreglan.Igual a alguien se le cruzan los cables y hace estallar un molotov. Quién sabe. Allí, en la oficina de Alfambra, hay un tipo majo. Le sobran unos cuantos kilos pero tiene corazón, se le adivina en la mirada cuanto te dice que te has pasado dos días de fichar y te van a castigar. 
-¿Cómo? -le digo- ¿unos cuántos latigazos? ¿Una colleja?
-No -contesta sudoroso-, un mes sin cobrar.
 Me quedo en silencio y él dice "Es muy injusto, está claro". 
- Prefiero la colleja -murmuro-. 
- La ley no lo admite -admite-. 
 ¿La ley? Pero si hay tantas injusticias como estrellas en el cielo. Injusticias que me sacan de quicio y pueden convertirme en alguien letalmente peligrosa. ¿Creéis que no soy capaz de matar una mosca? Pues acabo de matar unas veinticinco que han venido arrastradas con el maldito poniente. Ya ni me acuerdo de cuándo creyeron que había perdido la dignidad.- Y es algo que aprendí de aquel hombre de gran y blanco bigote y oscuros ojos, mi padre. No te arrodilles -decía- ante nadie. 
El viento de poniente azota la ciudad en este primero de mayo y los malos recuerdos -muchos y muy malos - acuden a mi jardín de Jazmines abandonados sin haber sido invitados. 
Voy a ver si con el mata moscas acabo con ellos. 

sábado, 25 de abril de 2015

Un encuentro casual


¿No os ha pasado nunca? Vas por la calle tratando de esquivar a los numerosos viandantes que avanzan a paso rápido, cuando de repente alguien se planta frente a ti, a dos palmos escasos de distancia, y exclama:
- ¡Hooola! Cuánto tiempo sin verte.
Tu te quedas a cuadros mientras tu cerebro se devana a sí mismo intentando encontrar aquel rostro en tu base de datos ligeramente avejentada,
- ¡No te acuerdas de mí! -exclama a continuación la desconocida con una sonrisa entre pícara e indignada. 
- ¿Cómo no me voy a acordar?-dices presa del pánico-. Si tienes la misma cara.
Ni puta idea. 
- ¿Y tú? -sigue gritando la susodicha-. Si no has perdido ni las pecas. 
¿Es que con el tiempo se van perdiendo las pecas?- me pregunto-. 
Se suceden unos instantes de incómodo silencio. Pero pronto vuelve ella a la carga. 
- ¿Qué tal tu vida?- interroga todavía con la sonrisa puesta en los labios-. ¿Trabajas? ¿tienes hijos?
Le digo que sí, que trabajo y que tengo hijos, sin entrar en más detalles. Después de todo no sé con quién estoy hablando.
- Yo tengo uno -afirma satisfecha-, pero está en Bélgica haciendo un máster. 
¿Por qué todo el mundo tiene un hijo en Bélgica menos yo?
- ¿Te ves con alguien de la clase? -interroga-.
Me entran unas ganas tremendas de preguntarle: ¿Quién coj... eres? pero me reprimo. Ahora al menos ya sé que es una compañera del Insti. 
- Apenas- respondo. A alguien he encontrado en el faceb. 
- ¡Qué bien! - exclama como si hubiera visto una estrella fugaz atravesar el toldo de la heladería-. ¿Tu tienes facebook? 
A punto estoy de decirle que vivo allí. 
- Claro- le digo-. Búscame y pídeme amistad.
Se la ve emocionada. Viste casual, lleva el pelo recogido en una coleta y unas gafas de sol ligeramente vintage. Si es de mi clase, no hay duda que se conserva mejor que yo.
- En cuanto llegue a casa te pido amistad- afirma-.
Qué bien - pienso-, otro desconocido en mi faceb.
- Yo suelo ver a Alcañiz -dice- ¿te acuerdas de ella?
Ni puta idea otra vez, pero digo que claro, que cómo no me voy a acordar. Seguro que también tiene un hijo en Bélgica.
- Hizo oposiciones. Está en la embajada de España en Irán.
- ¡Joder! - exclamo en voz alta-, eso si que es llegar lejos. 
-Ya lo creo. Me tengo que ir. No sabes qué alegría.
Me da un par de sonoros besos y desaparece entre la multitud, entre los mendigos con perros, las terrazas llenas de guiris y las adolescentes uniformadas que vuelven en manadas del colegio de monjas. 
A partir de ese momento todo cambia.  Mi cerebro, de oreja a oreja, se pone a toda máquina. El ansia de saber quien es la desconocida que me ha abordado en plena calle y me ha sometido a un interrogatorio de tercer grado, se convierte en pensamiento dominante. Enfilo la calle "de los caramelos". Pensaba ir a la librería París Valencia a mirotear las ofertas de libros, pero ya no me apetece. También me había hecho la idea de entrar en el Hula hop ¿o es Ale hop? Bueno, el que tiene una vaca en la puerta, para saber si habían
incorporado alguna chorrada más a su muestrario, pero con el encontronazo se me han ido las ganas. 
Al llegar a casa, la rutinaria batalla comienza: lavadora, cena, plancha, doblar ropa, recoger habitaciones... hasta que de pronto, en medio de esa vorágine doméstica, una luz, como un rayo zigzagueante, se abre paso entre los recuerdos no sólo dormidos sino sepultados bajo otros muchos. La ves nítidamente, en la segunda fila, con su melena oscura y sus dientes de ratón. Es Ana, la canalla, la que copiaba en todos los exámenes, la que tenía un novio en el reformatorio por quemar las palmeras del paseo, la que le puso a la seño de dibujo una lagartija muerta en la silla. ¡Qué tiempos aquellos!
Recuperado el recuerdo, siento que ahora sí, ahora tengo ganas de darle un buen abrazo. Dejo la plancha, la cena, la ropa que doblar y corro hacia el ordenador. Tengo que saber si ya me ha pedido amistad en el faceb. 
Quizá hasta sea capaz de recordar a esa tal Alcañiz,  la que trabaja en Irán. Todo es cuestión de ir removiendo recuerdos. 

sábado, 18 de abril de 2015

Pesadilla en la ciudad

Paseando por mi jardín de Jazmines Abandonados, en un rincón, junto al porche luminoso y cálido, he encontrado este relato. Es del 2011, o sea, de muchas lunas atrás. Después he comprobado que no tenía ningún comentario y he decidido  airearlo un poco, que le de la brisa primaveral. Os dejo con él. 



Levantarse a las seis de la mañana debería estar prohibido por alguna constitución supranacional. A esa temprana hora es de noche, hace frío y el cuerpo se resiste a abandonar el suave abrazo de la funda nórdica.
Pero no. No está prohibido sino todo lo contrario. Forma parte de esta espantosa forma de vivir que nos obliga a estar doblando ropa a las doce de la noche y cepillándonos los dientes muy pocas horas después. Aquel día no fue una excepción. Con los ojos aún llenos de legañas, me calenté el café con leche, me duché, intenté recomponer de forma armónica mi rebelde cabello, cogí el bolso y la chaqueta,y salí a la calle. Las farolas aún estaban encendidas.
En la parada del autobús esperaban los de siempre. Un par de estudiantes con ojeras que les llegaban hasta mitad de sus mejillas, una mujer de mediana edad abrazada a su bolso como si éste fuera un bote salvavidas, un joven ejecutivo lustroso y repeinado, y dos mujeres latinas que, además del sueño interrumpido, llevaban escrita la añoranza en sus oscuras miradas.
Ahí llegaba el autobús, cruzando la avenida en dirección a nosotros. Rebusqué en el bolso. ¡Mierda! había olvidado el bonobús y ahora tendría que sacar el maldito billete disuasorio que andaba ya por el euro y pico. Tomé asiento donde siempre, hacia el fondo y junto a la ventanilla. ¿Por qué no amanecía de una vez? El vehículo volvió a la avenida y fue recogiendo a los pasajeros habituales en cada parada. El trayecto se me estaba haciendo interminable: semáforo en rojo, nueva parada, semáforo… Una vez pasada la rotonda de Benicalap, se detuvo junto al hospital universitario. Era éste el lugar donde se detenía más tiempo. Habitualmente, el chofer bajaba a la acera y estiraba las piernas mientras que los pasajeros, quizá pensando que podían haberse quedado cinco minutos más entre las sábanas, consultaban impacientes la hora en sus relojes y en sus móviles.
Esta vez la pausa duró apenas dos o tres minutos. El autobús se puso en marcha y, para desconcierto de todos, se saltó el primer semáforo en rojo que encontró en su camino. “Menos mal- pensé- sólo quedan diez minutos de trayecto para mi destino”. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el cristal.
El autobús debía dar la vuelta a la izquierda al llegar al cruce, luego cruzar el río y detenerse junto al colegio de los jesuitas. pero en lugar de eso, dio un violento giro a la derecha, emprendiendo una loca carrera en la que no había stops, paradas ni pausas. Mientras el vehículo quemaba ruedas como un bólido, dentro, la gente gritaba y trataba de sujetarse de cualquier forma. Furiosa, me levanté del asiento y avancé por el vehiculo como si anduviese por una patera en plena tormenta.
- ¿Qué hace?- grité-. ¿Adónde vamos? Esta no es la ruta.
En un primer momento no dijo nada, pero pude ver sus manos. Apenas tenían una capa de piel sobre los huesos y eran blancas como la niebla.
-¿Adónde vamos?- volví a gritar presa del pánico-.
Su rostro se volvió y quedé horrorizada. Aquel ser -no podía llamarse de otra manera-, no tenía ojos, y desde sus cuencas vacías brotaba un fluido viscoso que se deslizaba lentamente hasta su boca.
- Al infierno - chilló- ¡Vais todos al infierno!
Desperté y sentí que mi corazón latía por todas partes. Mi pijama estaba empapado de sudor y apenas podía respirar. Miré el móvil. Eran las seis y media. Me preparé el café aún con un nudo en el estómago, me duché, intenté recomponer de forma armónica mi cabello tan rebelde, cogí el bolso y la chaqueta, y salí a la calle. Las farolas aún estaban encendidas.
Llegué a la parada y pasé lista mentalmente. Allí estaban todos, con los rostros aturdidos por el sueño, dispuestos a irse al infierno.
Vi venir  mi autobús, y un leve temblor recorrió mis piernas. Quizás llegara un poco más tarde, pero esa mañana decidí que no me vendría nada mal darme un largo paseo.

lunes, 13 de abril de 2015

Un día de Pascua



Segundo domingo de Pascua, hace tantos años. Una bata de cuadros vichy recién estrenada y las zapatillas pascueras compradas en la calle Serranos. La cesta de mimbre y la mona de pascua. Sin olvidar la cuerda para saltar a la comba y el cachirulo de papel con cola de retales de tela. No hacía falta mucho para ser feliz, sólo un brazal cualquiera para sentarse al borde de una huerta. Atardeceres mágicos esfumados entre la boira de recuerdos apresados en la memoria. Fue entonces cuando había toda una vida por delante. Pero no éramos conscientes.
Olvidada por completo  la niña que fui, veo ahora que la Humanidad camina entre charcos de sangre, palabras de filo punzante y atrocidades inagotables. Y me pregunto dónde quedó la misericordia -divina o humana, qué más da-, y en qué lugar de la vieja casa guardé el último cachirulo. 
Quizás aún fuera capaz de alzar el vuelo. 

sábado, 11 de abril de 2015

Amapola, lindísima amapola.

Enrojeció la amapola con los rayos del sol,
entre ortigas,  romeros y almendros en flor.
Hostigada por el viento de levante
bailó la danza frenética entre las espigas de Pascua. 
Y al atardecer cerró sus pétalos de sangre quedándose a solas con el beso liviano de la luna.

lunes, 30 de marzo de 2015

Tiempo de juegos




No había llovido durante los últimos meses, pero aquella noche el cielo había sido generoso y el agua había caído a cántaros. Los dos niños se habían sentado junto a su abuelo que dormía relajadamente en su viejo sillón de mimbre.
-Abuelo -dijo el menor de los dos tirándole de la manga-, el río viene con crecida.
-Eso es estupendo -contestó el abuelo mientras se despertaba del todo-. Hacía tiempo que no venía riada.
-Abuelo, ¿tu de pequeño ibas al río cuando traía agua?
El abuelo buscó mejor acomodo en el sillón y se desperezó. Estaba claro que no podía seguir dormitando. 
- Pues claro -dijo-. Siempre ha sido una novedad que el río traiga agua. 
El hermano pequeño le miró con curiosidad desde sus ojos grises. 
- ¿Y que hacías para ir al río?
El abuelo le miró atónito.
-¿Y que iba a hacer? Buscaba a  los amigos y nos íbamos con las bicis, igual que hacéis vosotros.
Se quedó un instante en silencio.
-Bueno, igual que vosotros no -rectificó-. Nosotros íbamos sin casco, sin rodilleras, sin frenos e  incluso algunos, sin pedales.
El hermano pequeño puso cara de terror.
-¿Y eso no era peligroso, abuelo?
El hombre se encogió de hombros.
-Bueno ¿y qué  te podías hacer, una rozadura, un corte? Un poco de mercromina y otra vez a jugar.
La mercromina lo curaba todo, supongo. En las heridas se formaba una costra que, al caerse, te dejaba la piel rosa como la de un bebé...  Pero ¿cuál es el problemas chavales?
- Queremos ir al río y meter los pies en el agua, y tirar piedras...
-Pues venga ¿a que esperáis?
-No nos dejan y además como llevamos esto... - afirmó al tiempo que se señalaba el brazo-. 
El abuelo bajó la voz.
-Tengo una idea pero es un poco arriesgada de poner en práctica
-¿Qué idea?
El abuelo negó con la cabeza.
-No he dicho nada. Olvidadlo.
-Por favor -rogó el mas pequeño-.
El hombre cerró los ojos abrazados de profundas arrugas. Recordó los campos sembrados de vid, su bici, una Orbea de color verde heredada de tres hermanos, el agua del río turbulenta y fría, los gritos de sus amigos chapoteando aquí y allá, el día en el que Josemarieta se dio un resbalón en el lodo y se abrió una ceja...
- Abuelo, dinos tu idea.
El abuelo les miró primero uno y después al otro. Había tanta ilusión en aquellas miradas inocentes.
-Venid aquí -dijo bajando la voz-, pero como digáis algo de esto os corto las orejas.
Los tres se hicieron una piña y durante unos minutos solo pudieron escucharse susurros y risas nerviosas.
Media hora después los dos hermanos cogían el camino del río montados sobre sus bicis. A derecha e izquierda del camino crecía el trigo amarillo, vacilante con las ráfagas de viento.
Llevaban puestos sus cascos reglamentario, las luces de posición, los chalecos reflectantes. El riesgo era una palabra borrada del diccionario.
-Ahí hay una caseta, vamos -ordenó el hermano mayor-. ¿Tienes miedo?
-No -contestó el pequeño-, pero su voz trémula delataba que mentía.
Se quitaron las mochilas y las dejaron en el suelo. Sus miradas brillaban como si tuvieran fiebre.
-¿Dónde esta el tuyo?
- En el brazo.
- El mío también.
- Toma, ponte agua oxigenada. Será un momento.
- La sangre me marea.
- Pues no mires.
El hermano mayor sacó la navaja de la mochila e hizo una pequeña incisión en el brazo de su hermano. Este apenas pronunció un uy ahogado por el pudor. 
- ¿Te he hecho daño? 
- Da lo mismo. Vale la pena. 
El hermano mayor se hizo a sí mismo otra incisión en el antebrazo. Después, se miraron satisfechos. 
- ¿Vamos al río?
- Vamos. 

El abuelo se había quedado dormido en el sillón de mimbre, medio al sol, medio a la sombra. La tarde era plácida, suave como las alas de una mariposa, placidez que quedó destrozada cuando ella, su hija, se plantó frente a él. 
- ¿Has visto a los niños?
- Por ahí iban. 
- Te he visto hablando con ellos a través de la ventana. ¿Qué tramaban?
- Nada, que yo sepa. 
La mujer andaba nerviosa de un lado para otro. 
- Los localizadores no responden. Es como si no los llevaran puestos.
- Como no los van a llevar puestos -repuso el anciano-, si los llevan bajo la piel, como los perros.
- No hables así. Es por su seguridad.
- No te preocupes tanto, hija. Volverán pronto. 
La mirada de ella fue de fuego. 
- Estoy segura de que has tenido algo que ver con esto. 

Tiraron las bicicletas sobre un ribazo y se quitaron los zapatos y los calcetines. Sus ojos brillaban como esmeraldas al mediodía. Chapotearon, lanzaron piedras al agua, se pusieron de barro hasta las orejas. Jugaron con la tierra, lucharon con cañas de bambú, treparon a los árboles, escalaron muros, robaron peras limoneras. Nunca habían disfrutado tanto. 

El atardecer cayó de repente, como el telón de un teatro. Entre nubes rojizas y anaranjadas, el sol se fue a iluminar otras realidades. Los dos montaron sobre sus bicis y regresaron a casa. Pedaleaban en silencio. Sabían que la bronca caería sin remedio. Habían desafiado las normas en un mundo en que éstas habían triunfado sobre la vida. La libertad tenía sus riesgos y los riesgos eran sencillamente indeseables.
Su madre los esperaba en la puerta de la casa con el gesto torcido y los brazos cruzados bajo el pecho.
- ¿Dónde estabais?
- En el río - dijo el más pequeño de los hermanos-.
- ¿Y vuestros localizadores?
El hermano mayor miró el sillón de mimbre vacío.
- ¿Y el abuelo? - preguntó a su vez-.
- Contéstame.
- Contéstame tu.
- Serás...
- Lo habéis devuelto a la residencia ¿no?
La voz de la madre sonó nerviosa.
- Eso son cosas de las personas mayores. 
El hermano mayor se adelantó. Tenía la cara roja de rabia.
- Hemos estado en el río, mamá, nos hemos manchado de barro, hemos tirado piedras, nos hemos cortado con una caña, hemos robado peras...
- ¡Callad de una vez y pasad dentro!
- ¿Y el abuelo?
La mujer adelantó la barbilla y apretó las uñas sobre sus propios brazos cruzados.
- Está en la residencia.  Ahora mismo es un peligro para vosotros. Ya lo entenderéis algún día.


La tarde caía rápidamente como una fruta madura. Las nubes rojizas se habían vuelto azulonas y grises. Los dos hermanos se montaron en sus bicis y pedalearon camino abajo.  Hasta el anochecer, aún quedaba tiempo para jugar. 


martes, 24 de marzo de 2015

Terroristas de la palabra



No quería escribir sobre este tema pero mis dedos van solos sobre el teclado. Estoy indignada, cabreada, asqueada. Como supongo que sabréis, esta mañana ha tenido lugar un trágico suceso, un avión que había partido desde Barcelona con destino a Dusseldorf, se ha estrellado en los Alpes franceses. 150 victimas. Alemanes, españoles y turcos. Entre ellos, dieciséis adolescentes y dos bebés. Hasta aquí la terrible noticia. 
Algunas cadenas de televisión, entre ellas Antena 3 y Telecinco, han suprimido, en el primer caso, o retrasado, en el  segundo, sus programas habituales para poder dar una información precisa y puntual sobre la tragedia aérea.  Y ante este hecho, algunos hijos de la gran puta han hecho en las redes sociales los comentarios, entre otros, que a continuación transcribo: 
"Me parece fatal que no pongan el programa hombres mujeres y vicev... No es mi culpa que sean tontos y se estrellen". 
Otra perla:
"Espero que el avión ese se haya llevado por delante a unos cuantos franceses". 
Otra: 
"A ver, no hagamos un drama, que en el avión iban catalanes, no personas". 
Y la última, porque ya me esta entrando angustia. 
"Que pongan el programa de mujeres y hombres. Lo de ese avión no me importa nada". 
Dicen los profesionales de la escritura que el uso y abuso de los adjetivos en textos literarios es muy peligroso. Pero como éste no es un texto literario y yo escribo como me viene en gana, voy a dedicar a esos estúpidos "comentaristas" unos cuantos adjetivos que les vienen que ni "pintaos". Simplemente deciros que sois crueles, miserables, insensibles, torpes, delincuentes, cromañones, terroristas de la palabra, perversos, canallas e imbéciles.
No creo que valga la pena perder más el tiempo con esa gentuza que ha inundado las redes sociales de mierda. Allá ellos y su conciencia si es que la tienen. 

viernes, 13 de marzo de 2015

Tarde del viernes pasado.



Es viernes. Vuelvo de trabajar y estoy derrotada. Son pasadas las nueve y ya han encendido la iluminación de fallas. Atravieso el descampado que me separa de mi casa por puro placer. Lo cierto es que podría hacer el camino por una calle en condiciones y bien iluminada. Pero, desconozco el por qué, prefiero regodearme en mi desaliento, pasear mi lasitud sobre la tierra baldía. Me gusta ir esquivando guijarros y deposiciones perrunas a la luz intensa de una luna, que de llena, espanta.  Cuando llego a la calle, me sorprendo al ver las terrazas llenas de gente tomando cerveza y patatas bravas. Yo sigo caminando a buen ritmo a pesar de mi cansancio. Sospecho que en casa no me espera nadie. Mi hija tenía una reunión de antiguos alumnos y mi hijo se ha ido a cenar con una amiga. Pero me equivoco. Tito, mi gato, me espera tras la puerta con ojos ansiosos. A mis gatos no les gusta estar solos. Probablemente se sientan abandonados, olvidados para siempre, como  mis jazmines. Pero sin duda ellos también se equivocan. Me quito los zapatos con la misma rabia que si fueran aparatos de tortura y me siento frente al ordenador. Quiero saber de vosotros aunque mis ojos estén cansados y mis juanetes enrojecidos. Vaya, Toro salvaje ha tirado un poema por la ventana y casi le da a una de las musas que, previamente, había abandonado. Ester nos habla hoy de las clases de inteligencia, y mira que hay. Yo creo que sólo tengo esa que se relaciona con el sexto sentido, pero del que no ve muertos, por ahora. Ana Bohemia nos conduce a la historia de las velas, esas que quisimos encender junto a la chimenea antes de que se nos quemará el sofá y el abriguito azul de la niña. Y de su mano encuentro a su gemela. Creía que era una fantasía o una conspiración de las muchas que pululan por ahí. Pero no, la gemela de Ana existe y tiene  un bonito blog. De ahí, y de la mano de un Calado, Emilio, me interno en el barrio del Carmen y descubro un grafitti en ciernes que promete ser una obra de arte. 
Vaya. Cómo ha pasado el tiempo. Son ya las diez y media pasadas. Recorro los canales de la tele pero no veo nada por lo que valga la pena perder el tiempo. Es entonces cuando recuerdo que en la nevera me aguarda un exquisito plato precocinado de mercadona, de esos que abaratan porque están a punto de palmar. Compruebo que la cerveza está muy fría y caliento el pulpo a la gallega. Descubro, una vez más, que la felicidad está pegada cual moco a las cosas pequeñas, a esas que no solemos dar importancia, a las que sólo echamos de menos cuando dejamos de tenerlas. Miro por la ventana. La luna está inmensa, yo diría que incluso más grande que otras veces. Se escuchan petardos, uno cada segundo, más o menos. Pólvora para la paz -pienso-, y pienso también que así debiera ser toda ella. Mientras el pulpo se calienta en la sartén - el microondas también se rompió en aquella semana trágica de la que ya os hablé-, vuelvo a asomarme a la ventana. Escucho gritos en la calle. Suenan ahogados, débiles, como de alguien que ya no puede más. Entre dos coches aparcados descubro una figura vestida con una túnica blanca. Su rostro también tiene la lividez de lo terminal. Me mira y me sobrecojo. Lleva algo en la mano y me lo ofrece. Desde mi sexto piso es difícil saber que es, así que cojo los prismáticos y vuelvo a miar con atención. Es un poema escrito en un papel arrugado. ¡Dios!- exclamo en voz alta-. Es la musa que Toro salvaje abandonó y lleva en la mano el poema que tiró por la ventana. Ansiosa, nerviosa, excitada, salgo corriendo hacia la calle. Pero antes cojo un trozo de torta de calabaza y lo envuelvo en papel albal. Esa pobre musa abandonada debe estar muerta de hambre. ¿O será que las musas no comen?

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ser madre.



Siete de la mañana. Aun es de noche. 

La alarma del maldito móvil me despierta con un sobresalto. Me incorporo en la cama a duras penas. ¿Por qué sólo encuentro una zapatilla? Me levanto mientras intento abrir los ojos del todo. Pierdo el equilibrio y me golpeo contra la puerta del armario. Mal empezamos - pienso-. Recorro el pasillo con la misma lentitud que una vieja tortuga. Ya en el cuarto de baño descubro, entre múltiples legañas, que una extraña con los pelos de punta me observa desde el espejo. No puedo ser yo esa bruja piruja. Llevo los pliegues de la almohada marcados en la mejilla y el sueño pegado a los párpados.  Un nuevo día, u amanecer... - canturreo por lo bajini para darme ánimos. Pero los ánimos llegarán con el primer y único café del día. Parece que ya va amaneciendo. 


Siete de la mañana. Aún es de noche. Un grito recorre la oscuridad de la casa como un relámpago perdido. 

-¡Mamáaaaa!
Abro los ojos. Salto de la cama cual ágil gacela. Corro descalza por el pasillo a la velocidad de un galgo, sin encontrar obstáculo alguno en mi camino. Mi hija vomita en el inodoro. Probablemente, el gofre del Mercadona al que le invitaron las amigas le ha sentado como un tiro. Le recojo el pelo, le sujeto la frente, la tranquilizo. No tengo ni pizca de sueño. Los ojos abiertos como platos. Los reflejos al cien por cien.  Cuando  acaba, me siento con el ella en el sofá. Más allá de la ventana aún reina la noche. 
- No vayas a primera hora -le digo-.
- Tengo historia. 
"Como si tuvieras chino mandarín"- pienso pero me callo. 
- No vayas a primera hora - vuelvo a repetir. 

Pero ella se ha quedado dormida, enroscada a mí como un dulce cachorro de oso panda. Amanece por fin entre nubes azulonas y grises a través de las cuales el sol intenta abrirse paso. Lo cierto es que ya no recuerdo aquel tiempo en el que aún no era madre.