viernes, 1 de febrero de 2013

El secreto de Maurice. Capítulo XIII

Los días pasaron rápido. Javier y Juliette no recibieron más visitas y Alice y yo pudimos comer con ellos bajo la jaima que había instalada en el jardín. El tema de la negativa de Juliette a que bajásemos a comer el día que vino François, quedó zanjado con dos simples frases. Javier me preguntó si Alice ya estaba mejor y yo contesté que sí, y que había sentido no poder acompañarles en el almuerzo con françois. Juliette me miró agradecida y luego esbozó una sonrisa de complicidad. Estaba claro que no lo hice por ella, sino porque no podía hacer otra cosa si quería conservar mi puesto de trabajo. 
Así que los días se fueron sucediendo unos a otros en una secuencia de rutina que nos vino muy bien a todos. Por la tarde dábamos un paseo hasta el pueblo, hacíamos alguna compra o nos acercábamos un rato a la playa. pero lo cierto era que el verano se esfumaba deprisa, como una niebla baja que en un instante de despiste desaparece. 
A finales de agosto, las tardes comenzaron a ser más cortas y  refrescaba más pronto. Una noche, mientras subía a acostarme portando a Alice en Brazos, Javier me detuvo cogiéndome del brazo. 
- Se acabaron las vacaciones, Asun- me dijo-. Volvemos a Paris.
-¿Cuando?- pregunté mientras repasaba mentalmente la cantidad de cosas que tendría que hacer. 
- Pasado mañana. Tengo que empezar a trabajar y Juliette tiene algunos temas pendientes que no puede demorar más. 
Tuve la impresión una vez más. Algo se había roto entre Javier y yo desde aquel mediodía de agosto en el que Alice y yo nos habíamos quedado recluidas en la habitación y no habíamos bajado a compartir la comida con ellos y su invitado. Posiblemente, se había perdido la confianza, o más probablemente aún, el hecho de que él y Juliette me estaban ocultando algo, se alzaba en la relación entre nosotros con la fuerza y la longitud de la muralla china. 
- De acuerdo - afirme sin intentar indagar-. Tendré preparada todas las cosas de Alice. 
Dos días después volvíamos a Paris. No voy a negar que me había acostumbrado a vivir en aquella magnífica casa y, sobre todo, a la cercanía del mar, a la tranquilidad que me aportaba el rumor de las olas, al placer de caminar por la arena, a los juegos de Alice en el jardín. Creo que he dicho hasta la saciedad que no me agradan los cambios, y aquel, aunque esperado, no iba a ser una excepción. 
El viaje de regreso a casa se me hizo pesado y largo. Afortunadamente, poco después de salir, Alice y yo caímos en un sueño superficial del que despertamos cuando ya estábamos a las puertas de la gran ciudad. Aunque apenas era finales de agosto, París olía a otoño. La  intensidad de la luz veraniega había disminuido, anochecía más pronto, y los colegios estaban a punto de comenzar, lo cual significaba que no sólo nosotros, sino miles de familias desplazadas durante el verano, estaban ya de vuelta.  Alice no pareció notar el cambio tanto como yo. Mostró un gran alborozo al entrar al apartamento y, sobre todo, al reconocer su cuna, sobre cuyo colchón saltó repetidamente mientras daba estridentes gritos de alegría. 
Volvió la monotonía. Javier regresó a su trabajo y Juliette desaparecía con frecuencia desde la mañana hasta la noche, sin informar- al menos a mí- sobre cual era su destino y su hora de vuelta. Frecuentemente, solía subir para darle un breve beso a la pequeña y decirme escuetamente: Si pasa algo,  estoy en el móvil. Así que Alice y yo volvimos a ser las reinas de la casa en aquel preludio de invierno que prometía ser muy frío. 
Aquella tarde de principios de septiembre una lluvia fina pero pertinaz caía sobre la ciudad. Alice estaba sentada en su trona viendo, una vez más, el video de la Sirenita. Mientras tanto, yo había decidido ir guardado la ropa de extremo verano e ir sacando ya algunas cosas de otoño, las cuales estaban en su mayor parte, sin estrenar. 
Fue al acabar de guardar la ropa  y abrir el frigorífico, cuando me di cuenta que no no quedaba ningún petit suisse, el postre preferido de Alice. Tampoco había ningún plátano, ni siquiera quedaban  manzanas de las que habíamos traído de Normandia. 
Fui hacia la ventana y comprobé que ya no llovía y que se habíia quedado una buena noche. Con unos leotardos, un vestido y una chaquetita, la niña podía salir a la calle sin problemas. 
El aire era fresco y olía a humedad. Era curioso comprobar como una ciudad después de un buen aguacero, huele igual que un pueblo. Alice, nada ver la calle, comenzó a dar fuertes golpes con sus botitas sobre el encolchado del cochecito. Avanzamos a buen ritmo entre la gente que paseaba por las aceras. El supermercado estaba  a dos manzanas, y si la tarde seguía siendo tan buena, no vi inconveniente para volver atravesando el parque. Compré los petits y un cuarto de jamón cocido y regresé a casa cruzando el parque y disfrutando con la brisa fresca que acariciaba mi rostro. Algunos niños jugaban a la pelota entre los macizos de césped, así que yo busqué el camino de gravilla para salir en busca del paso cebra. Junto al semáforo había un hombre muy mayor que miraba con insistencia hacia el lugar donde jugaban los niños. Qué asco. Pensé que debía ser uno de esos pervertidos  que se dedican a buscar fotos de niños con escasa ropa en internet. Sentí una repugnancia infinita. El semáforo se puso en rojo y tuve que detenerme junto a él. Mi corazón estaba perdiendo el control.  De repente, me di cuenta de que miraba a Alice. Uno de sus ojos permanecía medio cerrado, como si en algún momento hubiera sufrido un accidente. Si continuaba mirando a la niña con la misma insistencia, estaba segura de que acabaría perdiendo también el otro.
- Pardon - dijo acercándose- ce fille, c´est la petite fille de  Maurice?
- No - mentí-, y crucé el semáforo en rojo aprovechando que en ese momento no pasaba ningún vehículo. 
Me faltaba la respiración. El muy cerdo se había atrevido a dirigirme la palabra. Caminé deprisa hasta el portal, cogí el ascensor, y cuando al fin cerré la puerta, comencé a sentirme segura.  Dejé a Alice en su mantita y guardé las cosas en la nevera, sin poder dejar de lado la sensación de repugnancia. ¿Qué hacía aquel anciano mirando a los niños desde una esquina del parque?¿Cómo había adivinado que Alice era la nieta de Maurice?
"La ciudad de la luz está llena de sombras"- recordé la profética frase de Coraline. Quizás era algo exagerada, pero también era cierto que yo empezaba a percibir las primeras sombras. Y no me gustaban. 
A las ocho de la tarde - me estaba adaptando sin problemas a los horarios europeos-, Alice y yo cenábamos frente a la televisión donde proyectaban una serie de dibujos animados. Era una forma de tener a la niña entretenida y, al mismo tiempo, de ir introduciéndome en un francés básico donde las mismas palabras se repètían una y otra vez. Alice devoró la cena y cuando estaba a punto de darle el postre, llamaron a la puerta. 
- Seguro que es papá - le dije con una sonrisa- 
- Pa..pa- repitió la niña mientras daba palmas con las manos. 

Al abrir la puerta me llegó el profundo perfume de su eau de cologne. Olía a prado, a fresco, a menta. Javier parecía estar de buen humor. 

- ¿Cómo os ha ido el día?- preguntó al tiempo que entraba. Cogió a la niña en brazos y se sentó en el sofá. 
Le conté que por la mañana habíamos paseado junto al Sena y habíamos llegado hasta el parque de Rene Viviani, y por la tarde, como llovía un poco, me había dedicado a guardar la ropa de verano y a ir sacando la de otoño. 
-Luego, hemos salido a comprar- añadí casi sin darme cuenta- . Es que no me quedaban petits. 
Y eso que me había repetido hasta la saciedad que no iba a contarle nada. 
Ah, bien - constestó sin darle importancia. Al final se ha quedado una buena tarde. 
-Sí.
Algo debió notar en mi parca contestación porque su mirada se convirtió en todo un interrogante. 
-¿Ha pasado algo fuera de lo normal?
- No - mentí-, bueno, sí- rectifiqué- Me he encontrado con un hombre... un tanto asqueroso. 
- ¿Un hombre asqueroso?
- Sí -dije en un susurro-, un anciano que no paraba de observar  a los niños del parque
Javier adoptó una expresión de extrema repugnancia. 
- ¿Estás segura?
- Y tan segura. No les quitaba ojo. Es un tema que me puede ¿sabes?
- Y a mí, ¡Dios! que aversión.
-Y encima, se ha atrevido a hablarme, el muy...
- ¿A tí?- me interrumpió Javier- 
- Sí. Me ha preguntado si la niña era la nieta de Maurice.
Javier abrió los ojos como si hubiera visto saltar una boa constrictor desde detrás del sofá. 
- ¿Y tú qué le has dicho? 
- Que no.
- Bien hecho. Dime Asun, ¿cómo era el tipo?
- Alto, viejo, pero aún conservaba el cabello. Ah,  tenía un ojo un poco cerrado, como si hubiera sufrido un accidente. Un horror...
Javier seguía jugueteando con la manita de Alice pero se había quedado lívido. 
- Creo que se quien es y te aconsejo que no hables nunca más con ese hombre, Asun. Está completamente loco. 
- ¡Dios mio!- exclamé- 
- Si vuelve a hablarte en el parque, llama a la policía ¿llevas siempre el móvil contigo?
- Siempre. 
- Pues haz lo que te digo. Ese viejo perdió todos sus engranajes hace ya muchos años - miró el reloj-. Te tengo que dejar. Debo ir a recoger a Juliette.
- No te preocupes Javier- aseguré- El bienestar de Alice es lo único que me importa. 
-Lo sé, gracias Asun. 

Desapareció por la puerta y aún pude escuchar como bajaba por la escalera a toda velocidad. Alice se estaba quedando dormida 

sobre el sofá con los ojos entreabiertos. La cogí en brazos, le puse el pijama y la llevé a la cuna, cerrando lentamente la puerta tras de mí. 
Necesitaba con urgencia hacer algo que me distrajese: leer un libro, ver una película intrascendente que se llevara consigo las malas sensaciones que había tenido durante el día. Observé atentamente los deuvedés que había en la estantería junto a la televisión. "Amelie", no me apetecía y ya la había visto en un par de ocasiones, "Mogambo", Dios,  muy buena pero muy antigua. "Descalzos por el parque", con Robert Reford. Ya no hacía falta buscar más. Estaba segura de que el buen hacer de Reford acabaría de una vez con aquel malestar interno que no podía quitarme de encima.
Una Jane Fonda jovencísima y un apartamento cutre en Los Angeles. Un guión perfecto y un final precioso, con un maravilloso Reford caminando borracho y descalzo por el parque y tirándose el contenido de una papelera sobre la cabeza.
Apagué la television con una agradable sensación de bienestar. Entré a la habitación para comprobar que Alice no se había destapado, me abrí una tónica muy fría y me acerqué hasta la ventana. Hacia una noche templada. La luna estaba en cuarto menguante y la luz que desprendía la ciudad se comía el minúsculo resplandor de las estrellas. Miré hacia la calle. De nuevo, allí, apoyada en el respaldo de un banco, estaba Coraline, probablemente esperando a algún posible cliente. 
-Coraline -grité-
Vi como movía la cabeza hacia uno y otro lado, como si buscara la procedencia de la voz. Esta vez no se me iba a escapar. Salí a la escalera con zapatillas de ir por casa y llegué a la calle temiendo que ella ya hubiera desaparecido. 
- Coraline.
Entonces sí me vio y comprobé que una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro. 
- Asunción- exclamó sorprendida-  vous êtes encore a Paris?
- Qui- respondí - maintenant je travail ici, trabajo aquí, Coraline.
- Muy bueno - exclamó entre risas-.Yo también.
- ¿Donde vives? Ou habitez-vous?
- A quartier de Villiers de Bel, un peu loin de Paris. 
Sacó de un pequeño bolso de fiesta un papel y escribió su dirección. - Ven chez moi, si vous plait- me dijo con una sonrisa mientras me entregaba el papel- .
- Iré a tu casa - respondí- Los miercoles je ne travail pas.
- Muy bueno, muy bien- repitió- Ven et nous prenons un café.
Un coche se detuvo junto a ella, Era un joven con aspecto extranjero. Ella se agachó para hablar con él y le dejó ver sus tetas nacaradas. 
Yo tengo que... le travail ¿me entiendes?
Y se introdujo sin reparos en el coche de aquel desconocido, mientras yo me quedaba parada en la acera, viendo como el vehículo desaparecía entre el tráfico.
Volví rápidamente al apartamento y me dejé caer en el sofá como una piedra de granito. Efectivamente, la  ciudad de la luz cada vez tenía más sombras. 

6 comentarios:

  1. Suave y amablemente nos has introducido en un entorno bien diferente, el urbano con sus luces y sombras y además suspendidos con nuevas incógnitas. Inquieta me has dejado.

    Besos.

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    1. Gracias, gracias. Pues la intriga va a ir a más.

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  2. Esperando el siguiente capítulo.
    Lo pongo en twitter ahora mismo.

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  3. Gracias comandant. Espero que te haya gustado la intriga va ir in crescendo.

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  4. Engancha. Si fuera taurófilo diría: Las dos orejas y el rabo.
    Como no lo soy, digo simplemente: ¡ Chapeau !

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  5. Gracias por tu amable comentario, Elías. Pues la intriga va a ir a más capítulo en capítulo.

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