martes, 11 de junio de 2013

la vida entre normativas


La tarde había sido tan calurosa que Higinia no había podido salir a la  calle hasta la puesta de sol. El viento de poniente había soplado recalentando el asfalto y las paredes encaladas de las casas. Higinia cogió una silla de enea, su cesto de labores y salió a la calle. Le había prometido a su sobrina que tendría listas las puntillas de los visillos antes de las fiestas, pero ahora se daba cuenta de que iba ya mal de tiempo. Pasó sus grandes manos por sus piernas hinchadas y varicosas y presintió que, de seguir así, más pronto o más tarde, acabaría en una silla de ruedas. 
- ¡Lisardo! - llamó a voz en grito- Saca la manguera y riega un poco la calle que parece que sale fuego del suelo. 
Higinia cogió el cesto de las labores y se lo puso sobre las rodillas. Por la calle vio venir a un niño de la edad de su hijo. Traía las mejillas enrojecidas y, mientras corría, empujaba un balón medio deshinchado. 
- ¿Está Juan?- preguntó el chiquillo-
- Ha ido a dar una vuelta en bicicleta.
- ¿Por dónde?-
- No tengo idea, hijo. El suele ir por el camino del río. 
 El niño hizo un gesto de desaliento y siguió corriendo. 
- Espera chaval - gritó Higinia- ¿Puedes acercarte al ultramarinos y  traerme un kilo de azúcar? Tengo las piernas muy cansadas. 
El niño se detuvo en seco. No parecía que le agradase la idea en absoluto.
- Y te compras un kinder de paso -añadió ella- 
El niño se acercó, cogió el dinero que le tendía la mujer y siguió corriendo. Fue en ese momento cuando Lisardo salió con la manguera con la mano. 
- Pues si hace calor, joder - exclamó- 
- Ya ves, no sopla ni la brisa. ¿ Tenéis hoy partida?
- Sí,  y esta vez toca en casa ¿has comprado las cervezas?
- Están en el frigorífico. 
Como manos invisibles, el vapor emergía del asfalto recalentado envolviendo las piernas hinchadas de Higinia. Las nubes de tormenta que habían amenazado a primeras horas de la tarde, se habían disipado por completo. Lisardo comenzó a regar con parsimonia.
  Ese fue el momento en el que por la esquina de la calle apareció una pareja, un hombre y una mujer, correctamente vestidos, él con traje de chaqueta, ella con una anodina falda gris y una blusa blanca camisera. Llevaba la mujer zapatos de medio tacón y el pelo recogido en un apretado moño. Se acercaron con lentitud mientras Higinia los miraba con recelo y pensaba que serían unos de aquellos pirados que vendían religión de puerta en puerta. Iba a cortarles las alas en seco. Cuando se pararon frente a ella, les dijo:
- Soy católica. 
- Me parece muy bien. - Dijo la mujer sin sonreír- No venimos por eso. 
Higinia dejó la labor sobre el regazo mientras Lisardo miraba de reojo a los recién llegados. 
- Pues díganme en qué puedo servirles.  
- ¿El que riega la calle es su esposo? - Esta vez era el hombre quien habló
- Si señor.
-¿Y sabe usted que están contraviniendo una normativa municipal de buenos usos con el agua potable? ¿Conoce usted cual es ahora mismo la reserva hidrográfica en nuestro país?
Higinia había comenzado a sudar. 
- ¿Qué?
- Que no se puede malgastar el agua regando la calle. Así que, según el Reglamento municipal publicado el 6 de agosto de 2009, nos vemos obligados a ponerle una multa de doscientos euros.
Higinia no daba crédito.
- Pero buen hombre, que eso es mucho, y yo soy pensionista. 
La mujer del moño, que ya retrocedía, se volvió. 
- ¿Es pensionista? ¿y eso que está tejiendo? 
-Unas puntillas para unos visillos, para la casa de mi sobrina- aclaró- ¿le gustan? 
-  A mí no pretenda engañarme - avisó la del moño con gesto torvo -¿Seguro que no las vende?
Higinia hizo un gesto de fastidio. 
- Pero mujer... ¿ Cómo iba a venderlas? ¿Sabe usted cuántas horas se tarda en hacer esto? 
- No tengo ni idea. Las labores del hogar no van conmigo. 
- Pues le aseguro que si tuviera que ponerles precio, nadie me las compraría. 
La mujer abrió una carpeta negra e hizo como si leyera. 
- Pues lleve cuidado. Si usted vendiera esas puntillas, estaría realizando un trabajo sumergido, y correría un grave riesgo de perder su pensión. 
Higinia comenzó a sentir una opresión en el pecho en el mismo momento que volvía el amigo de su hijo con el paquete de azúcar. 
- Gracias chaval - le dijo- ¿te has comprado el kinder?
El niño asintió con la cabeza y salió corriendo. 
- Perdone señora - dijo esta vez el hombre-, ¿ha mandado usted a ese niño a hacerle un recado?
- Si. Lo he mandado a por el azúcar. Es que no sabe usted cómo tengo las piernas...
El hombre pareció no escucharla. 
- ¿Es su hijo?
 - Es un amigo de mi hijo. 
El hombre hizo un gesto de exasperación.
- Pero mujer, ¿y si mientras ese chaval va a hacerle el recado le sucede algo? Le puede salir un coche, le puede morder un perro... Usted sería la responsable del percance, y no sólo eso, sino que incluso podría ser acusada de trabajo infantil y explotación de menores. 
- ¿Qué me está diciendo? 
-Lo que oye. Una democracia constitucional como la nuestra no puede convertirse en una anarquía. La culpa de la crisis, la culpa de todos los males que padece este país, la tiene la gente como usted, señora, gente que transgrede las leyes más básicas, que incumple las normativas...
 Edu, el truc, y Evaristo el de Eulalia, se sumaron en ese momento al grupo. 
- Buenas tardes- dijeron a un tiempo- 
-Buenas tardes caballeros -dijo la mujer del moño que había comenzado a sudar, con lo cual Higinia pensó que era probable que fuera un ser humano.- Si vienen ustedes a visitar a esta familia, nosotros ya nos vamos. 
- Qué va. Venimos a la partida, como todos los sábados. No se preocupen.
-¿Partida de qué?- inquirió la mujer-
- Del siete y medio, del cinquillo... ¿pasa algo?
- ¿Juegan acaso con dinero?
- Seis euros pone cada uno sobre la mesa, y na' más. El que gana invita a unas cervezas en el bar de la plaza. 
 El hombre del traje negro se tiró las manos a la cabeza. Tenía hinchadas las venas de la sien y las mejillas arreboladas.
- ¿Pero no saben ustedes que están incumpliendo la normativa que sobre juego se ha dictado en este país?
- Pero si esto es una partidilla entre amigos- se quejó Edu- 
- Esto es juego ilegal, en domicilio particular y con dinero. Señora, lamento decirle que a usted y a su esposo los vamos a tener muy vigilados. Vamos a estar siempre muy cerca. Vamos a ...
Lisardo, que se había ausentado durante unos minutos, apareció en la puerta de la casa, acompañado de un tremendo rottweiler de porte amenazador y  brillante dentadura.  
- ¡Dios mio!- exclamó la mujer del moño dando un paso atrás-.  Supongo que sabe que ese es un perro potencialmente peligroso. 
- Lo sé. 
- ¿Está educado?
- Está educado, sí, señorita, y con matrícula de honor.  
- ¿Vacunado?
- Naturalmente, y si quiere ver la cartilla... 
- ¿Tiene chip?
Lisardo dio dos pasos hacia adelante. 
- Tiene chip y, como verá,  una mandíbula capaz de triturarle a usted el moño y lo que lleva a él pegado, o sea su cabeza. Lo que quiero decir es que se van ustedes cagando leches o este pedazo de perro les va a hacer algo más que cosquillas.
El hombre y la mujer retrocedieron sin dejar de mirar al perro. 
- Tendrán noticias nuestras, muy pronto. Es la gente como ustedes los que están hundiendo nuestro país, los que...
Las voces,  y sus dueños, dieron la vuelta a la esquina y se perdieron en la distancia. 
- Míralos cómo corren.- rió Higinia- Ay, Lisardo, qué malo eres, pero si el pobre Roure tiene cinco meses. Sólo quería jugar. 

- Sí,  Higinia, pero esos sabelotodo de las normativas,  no tenían ni idea. Venga, Edu, Evaristo - dijo Lisardo haciendo un expresivo gesto con la mano-,  vamos a echar la partidita de una vez. 
Mientras, Higinia volvió a su labor, a ver si podía acabar las puntillas antes de que llegaran las fiestas. La noche caía como un regalo del cielo, y con ella, una suave brisa que refrescó el ambiente. 

8 comentarios:

  1. Tremenda reflexión sobre la burocracia que reina en esta país, y que se ensaña con los más pobres. Yo a veces me siento como bajo un régimen estalinista. Enhorabuena por retratarla tan bien.

    Un saludo

    http://misrelatosyesteblog.blogspot.com.es/

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola sastrecillo. Yo también me siento a veces bajo la zarpa de un régimen estalinista, y me pregunto; y ahora ¿qué van a prohibir? Gracias por tu comentario.

      Eliminar
    2. Yo soy fumador, y miro con terror el día que prohiban fumar en la calle. Mientras tanto, vivimos es un país de alcohólicos reales, potenciales o cíclicos, y nada se hace al respecto, ninguna concienciación: demasiado dinero para las arcas del estado. Y así nos va, 50 contenedores de basura quemados cada finde. Pero como no es "kale borroka"...

      Eliminar
    3. Hay demasiadas normas absurdas y, sin embargo, casos como el del alcohol, el maltrato de animales, los festejos salvajes, etc, etc, son permitidos y legitimados. Algún día nos prohibirán respirar o nos cobrarán por ello.

      Eliminar
  2. Ja ja. Veo que hoy estás de buen humor. Me ha gustado mucho el relato de hoy.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracies comandant. nos crecen normas como champiñones.

      Eliminar
  3. Lo malo de este relato, muy bien contado (como siempre), de prosa ágil y fresca (a pesar de la sofoquina) es que, si no es real, pronto lo será. Pronto pondrán un impuesto por sentarse a la puerta de la calle a tomar la fresca.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Elías. Estamos rodeado de normas absurdas mientras otros temas de más importancia parecen no interesarle a nadie. Y más pronto o más tarde, ese impuesto vendrá.

      Eliminar