jueves, 7 de enero de 2016

Volvemos a la rutina.



En primer lugar, que este año que empieza sea como ansiáis. Aunque no soporto los mensajes que lo positivan todo y la inocencia de la  filosofía roussoniana, estoy empezando a creer que, en efecto, la felicidad está dentro de nosotros. No depende tanto de los que nos pase o nos deje de pasar, sino de nuestra capacidad de adaptarnos a lo que hay, cambiar lo que se puede cambiar y aceptar lo que no se puede. 
Vaya este breve preámbulo para deciros que si durante estos días no os he comentado no ha sido por falta de ganas sino porque he trabajado por la mañana, por la tarde, y entremedio, en casa. O sea, una existencia caótica que estaba deseando dejar atrás para volver a la añorada  rutina. a mis tardes de ordenador y café con leche. 
He dado un breve repaso a los blogs que sigo y he comprobado que estos días de fiesta habéis sido fructíferos. Hay muchas entradas que leer y estoy encantada de empezar con ello. Y a ello voy.
Feliz año nuevo. Sed felices. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

Incomunicación navideña


Hala, pues ya está, ya ha pasado la Nochebuena y la Navidad. Toda la mañana fregando el despropósito de platos, vasos, bandejas y bandejillas que nos dejó la noche. Y no, no tengo fregaplatos porque es una máquina que no me acaba de convencer. Pero vamos al tema que hoy me perturba: la comunicación en Navidad. 
En un tiempo muy muy lejano, había la costumbre de enviarse tarjetas de Navidad, incluso los bancos y los grandes almacenes lo hacían. Y eran tantas las tarjetas que llegaban a casa, que mi madre ponía cintas de raso en la puerta basculante  del vestíbulo, y allí iba pegando las tarjetas que iban llegando. Al llegar Reyes la puerta ni se veía. 
Luego, todos nos volvimos un poco más cómodos y decidimos que era más sencillo, e incluso más barato, llamarnos por teléfono. Era un placer escuchar las voces amadas que llegaban desde mil sitios diferentes. Espera que ahora se pone el papá. Espera que quiere hablar el chiquillo. Y hablábamos todos mientras decíamos "déjame a mí que tú ya has hablado bastante" y frases por el estilo. No hace falta decir que el fenómeno "teléfono móvil" no había aparecido y que, por lo tanto, llamábamos desde casa mientras veíamos en la tele el programa navideño de la 1.
Y pasó el tiempo inexorable. Las tarjetas postales dejaron de llegar. Con un poco de suerte nos felicitaban los grandes almacenes y la aseguradora del entierro. Al buzón sólo llegaban las cartas del banco y la propaganda del Carrefour.
Y cuando pensábamos que  las cosas no podían ir peor, hicieron su aparición los móviles y las redes sociales. Pero entonces no sabíamos que aquello era el principio del fin.  Las llamadas de teléfono se vieron sustituidas por breves mensajes de "Feliz Navidad" aunque el emisario viviera a cien metros de tu casa.  O sino, un simple vídeo prefabricado y hortera publicado en Face y reenviado por medio planeta. Lo soportamos con paciencia mientras esperábamos ansiosos que llegara una postal de Navidad o que, al menos, sonara el teléfono. Pero no. 
Y el colmo de los colmos, el no va más, la intolerabilis invention, llegó a nuestras vidas con todos los honores de su propia decadencia: el wassap, ese maldito invento que nos aleja de todos cuando creemos que nos acerca, esa aplicación demoníaca que nos sume en la más absoluta de las soledades. Ahora ya ni dulces tarjetas pintadas por Ibañez, ni llamadas telefónicas, ni mensajes, ni postales de casitas nevadas en el Face. Ahora sólo esos horribles vídeos creados por mentes enfermas en los que cuatro muñequitos, a cuál más espantoso, dan brincos en la pantalla mientras cantan la marimorena.
No puedo más. Me rebelo contra esa malsana y extendida costumbre y a partir de ya -aviso a navegantes- voy a borrar todos esos vídeos  sin abrirlos. Si alguien quiere felicitarme la Navidad o el Año nuevo que, al menos se tome la molestia de escribir un texto, de expresar sus buenos deseos con palabras, de plasmar sus sentimientos con cercanía. 
El afecto y el cariño  sólo  se mide con el tiempo que entregas a los demás. Lo demás son cuentos chinos. 

domingo, 29 de noviembre de 2015

¿Para cuándo la esperanza?



Otoño de luces mínimas, húmedas enmarañadas en sí mismas. Con domingos tristes como entierros tristes en este mes que ya de una puta vez se acaba y que nos ha traído lágrimas a raudales y raudales de llantos. El ser humano apenas es ya humano. Se está convirtiendo en una rata de alcantarilla, en una metamorfosis inversa, perversa, confusa, cruel. Cuánto dolor en este noviembre de imágenes que se quedan en la retina como ese fogonazo del sol queda prendido en la mirada si lo miramos fugazmente. 
¿Para cuando la esperanza? ¿Para cuando esa solidaridad tan cacareada que se convierte en un graznido con el que asustar a los más indefensos? Esos cadáveres de París, de Mali, de Túnez, de Estambul, de Siria. Esos niños refugiados durmiendo en el bosque y apenas tapados con un par de mantas.  Esas palabras locas de locos enloquecidos que invitan a matar ¿Para cuando la esperanza? Y ahora para colmo, la Navidad, con el bolsillo casi desierto, con el trabajo precario, con tantas ausencias, con el dolor de tanto mundo susurrando por el mundo. Como reza un breve texto que va circulando por las redes sociales, este año no vendrán los Reyes Magos. Tres hombres de Oriente, barbudos, en camellos y cargados con un montón de cajas sospechosas. La frase te hace sonreír pero la sonrisa se te queda helada en los labios cuando comprendes la intolerancia que se esconde detrás del chiste. 
¿Para cuándo la esperanza? Lo confieso, esta vez no he dicho  No a la guerra. La verdad es que no he dicho nada. Porque hay una débil y molesta voz de la conciencia que me dice que con ese No a la guerra,  Daesh o como quiera llamarse ese grupo de desalmados, estará dando brincos de alegría. Y recordad que aquel que no teme a la muerte es el ser más peligroso de todos. 
Perdonadme que en este domingo triste y black de noviembre os ponga mis dudas sobre la mesa. Mañana la vorágine de la rutina pondrá las cosas en su sitio y volveré a pensar en horarios, comidas cenas, lavadoras, trabajo y prisas, muchas prisas. ¿Pero quedará lugar para la esperanza? Yo intentaré hacerle un hueco. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

La partida de cartas. II parte.


Los jóvenes siguieron jugando mientras el animal iba adoptando la forma de una bola esponjosa y suave. De vez en cuando les miraba de reojo, desconfiado, pero pasado un tiempo, el gato bostezó, se desperezó y  fue hacia la escalera. Fuera, la lluvia caía con violencia inusitada.
- ¿Dónde irá el minino? - preguntó Suso-.
- A por la abuela de Juan - repuso Josema bajando la voz-. ¿No habéis oído hablar de aquel gato que presentía la muerte? Y vivía en un asilo. Imagínate...
- No me cuentes historias - dijo Juan un tanto molesto-. Eso son leyendas urbanas.
- Eso son las feromonas - sentencio Sebas mientras miraba sus cartas atentamente.
- ¿Feromonas? - rió Juan-. pero si tu ni siquiera sabes lo que son las feromonas. .
-  Pero me suena a gato - respondió Sebas haciendo un gesto de garra con la mano.-
- No tenéis ni puta idea - afirmó el Suso-. Cuando uno empieza a morir huele raro...
- Tu si que hueles raro, cabrón - dijo riendo Juan.
- Qué si, que lo leí en la red. Cuando el cuerpo empieza a palmar da así como un olor y los gatos se dan cuenta. Tienen mucho olfato.
Juan detuvo en el aire la carta que iba a lanzar sobre la mesa.
- ¿Estás insinuando que mi abuela va a morir pronto?
- Pregúntaselo al gato - respondió Josema.
Todos rieron. Suso se atragantó y tosió ruidosamente.
- ¡Joder! - exclamó-, entre el gato, la abuela y el maldito diluvio que está cayendo, aquí no hay quien juegue. Mañana más.
- ¿Una última cerveza? - invitó Juan frotándose las manos junto al fuego-.
- Yo no - rechazó Suso-. Me abro. He madrugado y estoy hecho una mierda.
Suso dejó sus cartas sobre la mesa, se acercó al fuego y éste iluminó su rostro terso y pálido como el de un adolescente.
 - Nos vemos.
Fue entonces cuando el gato apareció sigilosamente. Se había agazapado junto a la mesa camilla, en un inquietante silencio. Cuando Suso salió de la casa salió tras él. Juntos atravesaron el jardín. Juntos se perdieron en la oscuridad de la calle. Suso volvió a toser. La lluvia había cesado dejando paso a una noche despejada y silenciosa.

martes, 17 de noviembre de 2015

La partida de cartas (I parte).



La abuela vivía en un chalet solariego a las afueras de una ciudad provinciana. Lo había heredado de su padre, y éste a su vez del suyo, El chalet estaba rodado de una verja de hierro forjado que no conseguía ocultar un jardín tan grande como abandonado a su suerte. 
Todos los sábados por la noche, su nieto Juan se quedaba en la casa para hacerle compañía. La cuidadora habitual, Gilda, una joven boliviana, libraba y pasaba fuera de la casa todo el fin de semana.
 Juan llegaba sobre las nueve de la noche, le preparaba la cena a su abuela, veía las noticias con ella y la ayudaba a acostarse. Cuando se quedaba dormida, él encendía la televisión o comenzaba a navegar con el móvil hasta quedarse dormido en el sofá, frente al fuego en brasas de la chimenea. Fuera, en el jardín, solía escuchar extraños ruidos que era mejor no saber de dónde procedían.
Un día, la anciana le dijo a su nieto que si se aburría podía traer a sus amigos, siempre que no armaran mucho jaleo. El al principio denegó la invitación, pero luego se lo pensó con calma. ¿Por qué no trasladar la partida de los jueves al sábado? ¿Por qué no cambiar el gélido garaje del Josema por la calidez del chalet de la abuela?
Lo comentó con los amigos en la primera partida del jueves. Era una noche húmeda y una leve neblina besaba el asfalto hasta humedecerlo. Siempre hacía frío en aquel garaje situado en la planta baja de un edificio de los años cincuenta. Los amigos no estaban por la labor pero Juan insistió.
- Tendremos chimenea, alfombra persa y pastas de te- aseguró-.
- Y un anisete - contestó riendo el Sebas- Sólo nos falta rezar el rosario después de la partida.
Juan era terco como una mula.
- Venga, y me hacéis un favor. La casa de mi abuela no tiene comparación con esta mierda de garaje.
Los amigos guardaban silencio esperando que fuera otro el que dijera la primera palabra.
- Y la bebida la pago yo.
Era su última carta.
- Haber empezado por ahí, cabrón - exclamó Suso-. El sábado en el chalet de la abuela. Aquella noche de sábado hacía un viento furioso que barría las hojas caídas de principios de otoño. Pasadas las diez, Juan escuchó el sonido de los pasos de sus amigos sobre la gravilla y fue a abrir. Sebas, Suso y el Josema permanecieron un instante en el vestíbulo, mirando hacia todas partes, como si de repente se hubieran visto inmersos en un sueño inesperado. 

- Joder, qué mansión, Juan. ¿Y tu abuela? - preguntó Sebas sin sacar las manos de los bolsillos.
- Duerme ya, así que no podemos armar jaleo. El que levante la voz se va a ir con el enano del jardín- sentenció-, y no puedo aseguraros que se esconde entre tanta maleza.
- Hemos traído leña - afirmó Suso con una frágil sonrisa en los labios.
- Bueno, hemos robado unos basquets de la frutería - aclaró Josema-, pero es por una buena causa.
Nada más cerrar la puerta pareció que la noche desapacible nunca hubiera existido.  Encendieron el fuego y las dos infames lámparas de pie que había a ambos lados del viejo aparador. Fuera comenzó a llover, al principio con suavidad; luego, intensamente.
-¡Ful de tréboles!- exclamó Juan poniendo las cartas sobre la mesa.
La lluvia arreciaba y salpicaba los cristales medio ocultos por gruesas cortinas de terciopelo. 
- Debe ser la gota fría. Joder, como llueve - susurró Sebas mientras se levantaba a azuzar el fuego-.
En ese momento, un sonido, como un largo quejido, se escuchó desde el jardín.
- ¿Habéis oído eso? - inquirió Suso-.
- Será la abuela que sueña en voz alta - sugirió Josema-. Sube a ver, Juan.
- No - repuso éste-. Yo creo que el sonido viene de fuera.
- Pues parecía un lobo.
- ¿Cómo va a ser un lobo, gilipón? - se indignó Suso-.
El sonido llegó de nuevo. Era como un lamento continuado. Sonaba muy cerca.
- Es un gato, creo. Ve a ver.
Juan se levantó con desgana, salió del salón, atravesó el vestíbulo y abrió la puerta que daba al pequeño porche que precedía al jardín.
- ¡Es un gato!- exclamó. Negro como un tizón.
- Déjale entrar. Esta diluviando.
- A mi abuela no le gustan los gatos. Dice que dan mal fario.
- Supercherías - exclamó Suso-. Deja entrar al minino antes de que palme.
Un minuto después, un gato negro y tembloroso cruzaba el salón en dirección al fuego y comenzaba a acicalarse.
- Pobre animal - se compadeció Josema-. Tendríamos que escurrirlo. Venga, que siga el juego.
 (Continuará).

lunes, 2 de noviembre de 2015

Morir al amanecer



Escribí este corto relato en el año 2011, cuando mi sencillo jardín de Jazmines abandonados aún no era muy conocido ni muy visitado. He recuperado este texto para vosotros, todos mis nuevos amigos. 

Sin piedad. No puedo ahora tener compasión. La observo con extrema repugnancia. Está en la bañera, complacida de sí misma, reflejada en la porcelana blanca. Pero esta vez no estoy dispuesta a consentirlo... Se que la violencia es siempre una tentación fácil, pero, hasta ahora, para mí no lo había sido. Sin embargo, debe ser cierto que todo llega en esta vida, hasta el reencuentro con nuestro lado más oscuro.
No me van a temblar las manos. La ahogaré lentamente y no sentiré nada viéndola morir. Y eso que siempre he detestado la tortura y la crueldad gratuita ¿gratuita? ¿Es que alguien pagaría por ser humillado? Mejor no me lo pregunto. 
Después de todo, el fin justifica los putos medios. Todavía no ha amanecido pero el sueño ya ha quedado atrás como un murmullo apenas audible. Las sombras abrazan la ciudad en una noche que teme ceder un minuto a la luz del día. Mejor que mejor. Así nadie sabrá de mi fechoría.
Soy débil. Para mi desgracia, fui educada en la tolerancia, la misericordia y el respeto, y ahora, en este preciso momento, esa espartana disciplina acaba siendo un lastre que me arrastra hacia negras y gélidas aguas donde la venganza y la ira son imposibles.
Lo repito para convencerme a mí misma. La ahogaré lentamente y tiraré sobre su rosada cabeza amoniaco y gel de lavanda. No siento piedad. Tampoco tuvieron piedad conmigo en su momento. Abro el grifo y dejo que el agua ardiente resbale sobre su cuerpo. La veo patalear, desesperada. Su impotencia aumenta mi ira. Pero no he sido nunca cruel y es posible que sea tarde para empezar. Quiero que su agonía sea corta. Abro más el grifo hasta que queda inmóvil, flotando en el agua, entre la espuma. Mientras observo su cadáver, el amanecer me sorprende a través del pequeño ventanuco.
Ahora sólo me pregunto dónde habrá puesto sus huevos esta maldita cucaracha.

jueves, 29 de octubre de 2015

Rutinas


Ya veo que la última entrada la hizo mi gata, la Pequeña. Es muy aplicada y muy tranquila y en los últimos días la veo preocupada por mi falta de inspiración y algún que otro problemilla que asalta mi vida cotidiana. Y es que el otoño es turbio y oscuro y a veces parece que el cielo plomizo se nos va a caer encima de un momento a otro. 
Mi madre, cuando había problemas, solía decir Todo se arreglará. En ocasiones, las cosas se arreglaban por propia inercia o por el paso del tiempo, pero otras veces se estropeaban más y más y ella ya no decía nada, simplemente dejaba pasar el tiempo.
 Porque si algo se aprende en la vida es la filosofía de la vida, y hoy quiero destacar un ingrediente de la misma que a menudo solemos menospreciar, la rutina, algo tan aburrido como la rutina.
Os cuento una anécdota: el día que dimos sepultura a mi padre, al volver del cementerio, la familia más íntima decidimos tomar un café en casa. Pero en casa no había café. Con el luto riguroso y el alma hecha trizas bajé a Consum y compré el café y unos pastelillos. Hice la cola pertinente, pague y volví a casa. Y en ese pequeño trayecto mi dolor se atenuó un poco. Ese gesto cotidiano de bajar a comprar cuando sólo deseaba llorar me hizo comprender aquello que las ancianas murmuran entre los cipreses del cementerio a la caída de la tarde, la vida sigue, la vida siempre sigue.
Por eso, en este otoño que trae consigo malos recuerdos, en este otoño que tampoco ofrece realidades glamurosas, cuando las baldosas tiemblan bajo mis pies, se hace urgente buscar el gesto cotidiano que te reconcilie, más o menos, con la vida.  No es fácil dibujar una sonrisa sobre un rostro macilento. Tampoco es fácil seguir caminando con paso firme cuando a tu alrededor las paredes caen a pedazos, los grifos se pasan de rosca, las lámparas bailan.  Todo se arreglará -pienso al borde del abismo-, porque la vida sigue, siempre sigue. Y es entonces cuando, ya pueden estar cayendo chuzos de punta, pongo la lavadora. Y con el run run de la máquina todo vuelve a su sitio, los problemas quedan atrapados entre los pliegues de la ropa y el sonido cotidiano inunda la casa donde la tarde se ha vuelto noche de repente. Maldito otoño.
Siempre nos quedará la rutina. Ojalá nos quedara París.