Salió del médico a las dos de la tarde. A aquellas horas, el ambulatorio estaba desierto. En la gran sala blanca con olor a desinfectante resonaba el sonido de su muleta, lento, rítmico. Salió a la calle y comprobó desolada que no había ningún taxi en la parada, así que tendría que coger el tranvía. Pasito a pasito, pensó que no podía costarle tanto. Eran apenas doscientos metros pero tardó más de diez minutos. No estaba dispuesta a dar de nuevo con sus huesos en la acera. Cuando llegó a la parada de la Estacioneta de fusta, vio que sólo una mujer ocupaba el andén, una mujer de baja estatura y cabello gris que observaba atentamente su horrible bota ortopédica.
- ¿Qué le ha pasado? - dijo de repente-
- Me caí.
- Vaya -exclamó la mujer en un tono más animado-. ¿Pero se ha roto algo?
- El tobillo.
La mujer movió la cabeza de un lado a otro en muestra de desaprobación.
- Pues hay que llevar mucho cuidado con las caídas porque las personas de nuestra edad...
Venía el tranvía por la rotonda. No daba tiempo de sacar el ticket, pero le daba lo mismo. Cuando se sentía enfadada con el mundo, cometía siempre esas pequeñas rebeldías que podían costarle una buena multa. No importaba. Si subía el revisor, por un casual, se pondría a llorar como cántaro roto. Se sentía confusa. La última frase de la mujer de pelo gris la había sumido en un nuevo interrogante: ¿de nuestra edad? Pero si aquella señora debía tener, al menos, veinte años más que ella.
A pesar de que hizo todo lo que pudo por evitarlo, la dama de pelo gris se le sentó enfrente y comenzó a contarle todas las caídas de su vida, que si un hombro, que si un codo, que si un desgarro en la rodilla. Ella apenas escuchaba. Intentaba contemplarse en el cristal de la ventanilla pero no lo conseguía. Sólo dos paradas después, se despidió de la mujer con una sonrisa de cumplido y se apeó del tranvía. Hacía un dia magnífico. Los niños iban al colegio a regañadientes, arrastrados por sus madres. Algún paseante con perro caminaba lento entre los macizos de rosas rojas.
Llegó a casa agotada. Nunca había imaginado que caminar pudiera llegar a ser tan difícil. Dejó el bolso y la chaqueta en una silla del recibidor y se contempló en el espejo. ¿Qué le había pasado? La metamorfosis de Kafka humanizada. Permaneció un rato observándose en aquel antiguo espejo hasta que lo descubrió todo. Aquel ya lejano día de Todos los santos se había roto la pierna, pero todos los días que le siguieron, se le fue rompiendo el alma, dondequiera que estuviese, a pequeños trozos, como escamas, como motas de polvo, en medio de una soledad yerma, insoportable, injusta.
Y envejeció, repentinamente.
