viernes, 21 de febrero de 2014

Una casa en la playa


Situada a escasos metros del mar, la casa está abandonada, varada en la arena como un barco derrotado por el oleaje. Paseando por la playa en un atardecer cálido y oscuro que presagia tormenta, me he topado con ella. Y me llama la atención esa lozana mata de Don Pedros de flor blanca que crece en una grieta de la escalera, sobreviviendo a duras penas, engalanando un espacio por el que ya nadie pasa y que, sin duda, conoció tiempos más felices.
Los lectores que siguen mis relatos y comentarios, deben haberse dado cuenta ya de mi enfermiza obsesión por las cosas abandonadas, por todo aquello que resiste el paso del tiempo sin el soporte del amor, dejado de la mirada de Dios, desafiando el olvido y el desprecio, no queriendo admitir que ya no son nada para nadie, sólo un estorbo en el camino, que languidece y se deteriora con los golpes del tiempo. 
Herida de muerte, el silencio y los insectos deben llenar las estancias vacías de la casa, Acunada por el rumor incesante del mar, espera el estoque definitivo, el tiro de gracia. Pero a última hora, la suerte le ha sonreído levemente. El cambio de la Ley de Costas le ha dado un soplo de aire a su inútil  afán de supervivencia, y lo que en un principio era sólo una promesa de cinco años de vida, hoy, afortunadamente, se han convertido en cincuenta. 
Pero hasta que la sentencia se cumpla - que yo ya no veré por razones obvias-, esas pequeñas flores seguirán alegrando el camino del caminante, haciéndonos ver que se puede crecer en la más absoluta adversidad, sobre el más trágico abandono.
Porque en esta tarde de febrero cálida y oscura, pienso que la esperanza puede brotar en cualquier instante, en cualquier lugar, entre los escalones de un porche abandonado, o entre los días amargos y desencantados de una crisis despiadada que, digan lo que digan, no nos merecemos. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

La duda


Es la duda que me persigue desde hace años. Una sombra chinesca que despierta conmigo y conmigo llega hasta el mediodía. Como si se tratase de un impío castigo divino, si es que Dios está presto a castigos y represalias, que no creo. 
Agobiada, comenté mi duda con otras mujeres y fui entonces consciente de la profundidad de tal inquietud, y no sólo eso sino de la alarmante extensión de lo que, en principio, consideré un mero problema personal.
¿Duda existencial, metódica, melódica, irreverente? No llego tan lejos. pero reconozco que la duda corroe mi ánimo y me aleja del presente que otros disfrutan. 
No sé si me entendéis, pero intentaré explicarme. Es como una de esas calimas húmedas y pegajosas que te impiden contemplar el paisaje inmediato. Es una bruma densa que tienes que apartar a manotazos si quieres observar con nitidez el resto del día. 
Pero lo que me produce más angustia, aquello que me mina realmente la moral, es el convencimiento de que esa duda caminará siempre a mi lado como una sombra fiel, hasta el final de los días o, al menos, hasta el final de los días conscientes.
Mañana ocurrirá otra vez. Sentiré el vértigo del vacío durante toda la mañana para volver a encontrar la respuesta ansiada dentro del frigorífico. 
Pero como siempre, como digna ave Fenix resucitada, volverá la duda: ¿qué hago hoy para comer? 

lunes, 3 de febrero de 2014

.Un gato junto a la palmera.



Nubes azules cubren el cielo. Sopla el viento del oeste pero no hace frío. Por la ventana del hotel entra el aire del mar, húmedo, salado. Mientras ella se muerde las uñas inquieta, él descansa sobre la cama leyendo el periódico. 

-Tengo una idea nueva ¿tienes un minuto? - pregunta ella moviendo la cabeza con languidez- 
El sigue con el rostro oculto tras el periódico. 
- Dime.
- Se me ha ocurrido una idea para un nuevo relato ¿me escuchas?
El sigue leyendo. Hace tiempo que no cree en la calidad de sus relatos.
- Claro que te escucho -afirma con un tono de cansancio-. Dime. 
Ella deja con un ligero golpe el bolígrafo sobre la mesa, se pone de pie y da dos pequeños estirones a su bata de seda floreada. 
- Se trata de una mujer que está arreglándose frente al espejo y cuando... ¿me escuchas?
- Sí. 
- ¿Qué te he dicho?
El hombre asoma la cabeza por detrás el periódico en un intento de demostrar que realmente se está enterando de algo. 
- Me has dicho algo sobre una mujer que está en el cuarto de baño...
- ¡No! - exclama ella haciendo un ademán de indignación con las manos. ¿Ves como no me escuchas? Pareces el hombre del cuento del gato. 
Por fin el hombre deja caer el periódico sobre sus piernas. 
- ¿Qué hombre, qué cuento y qué gato?
Ella hace un gesto de desesperada impaciencia. 
- El cuento de Hemingway. 
- ¿El viejo y el mar?
la mujer abre sus enormes ojos azules como platos. 
- Eso no es un cuento, es una novela, y que yo recuerde no sale ningún gato sino un pez, un pez muy grande. 
El hombre cambia de posición. Da signos de hastío.
- ¿Y por qué me parezco a ese hombre?
Porque el hombre de ese cuento está leyendo en la cama, como tu, sin hacerle demasiado caso a su mujer, como tu, y es entonces cuando ella se asoma a la ventana y ve a un pequeño gato que se refugia de la lluvia bajo un banco del parque.
- ¿Y qué?
- Que la mujer del cuento del gato quiere que su marido baje a la calle a recoger al minino. 
- ¿Y qué dice él?
- El dice que no, que está lloviendo y que no está dispuesto a salir del hotel. 
- Normal. Yo hubiera hecho lo mismo. 
- Me lo imaginaba. 
- Qué quieres decir? 
 Ella se vuelve hacia él con la mirada triste. El piensa una vez más que se parece a Marlene Dietrich en sus buenos tiempos. 
- ¿Qué queda del amor- interroga ella- cuando un hombre se niega a salir a buscar a un gatito bajo la lluvia cuando su esposa se lo pide? 
- Queda la cordura. Y además no llueve. 
Ella se vuelve hacia la ventana y descorre las cortinas de un tirón. 
- Está empezando a llover -murmura-
- Mira qué casualidad -dice él con sarcasmo-, como en tu maldito cuento.
Ella no le mira. 
- ¿Sabes que Hemingway tenía cincuenta gatos?
- ¿Lo ves?- afirma él mientras ríe abiertamente-, seguro que encontró un gatito bajo la lluvia, pilló una neumonía severa y perdió la cabeza. 
- Tu nunca perderás la cabeza ¿verdad?
 - Si sigo con esta conversación, acabaré perdiéndola. Tenemos que bajar a cenar. Voy a vestirme. 
Ella sale a la terraza. 
- No te lo vas a creer - dice- 
- Hay un gatito bajo un banco - afirma él con extrema ironía- 
- No. Está junto a la palmera. Tiembla de frío.
El hombre salta de la cama, se le acerca por detrás y la coge por los hombros. 
- Los gatos son listos, cariño. Se las arreglará. Vístete para cenar. 
- Súbelo - le ruega ella-. Sólo esta noche. Si mañana sale el sol, lo dejamos ir. 
- Eso es aún peor que dejarlo en la calle. Vístete de una vez por favor. Te espero en el comedor. 
La mujer permanece en la terraza mientras la lluvia empapa su larga melena rubia. El gato maúlla desesperado junto a la palmera. Dos pequeños  charcos le cercan. Tiembla. 
La mujer cierra la puerta que da a la terraza, corre las cortinas, se quita la bata de seda estampada y se pone un vestido gris de manga larga. Cuando sale de la habitación, las gotas de lluvia y las lágrimas, entremezcladas, surcan sus mejillas. 

El la esperó en el comedor del hotel durante casi una hora. Cuando subió a la habitación a por ella, no la encontró. Cuando se asomó a la terraza, el gato no estaba junto a la palmera.
Aún llovía. 

viernes, 10 de enero de 2014

El secreto de Maurice. Capítulo XX


El resto de la semana pasó como una impetuosa ráfaga de viento. El viernes por la noche me llegó un breve mensaje de Guillermo: "Salimos ya. Pasatelo bien", a lo que yo contesté con un escueto "igualmente". El sábado salí a hacer algunas compras y el domingo lo dediqué íntegramente a ordenar la casa. Hacía un día frío y gris, y las nubes, deshilvanadas, estilizadas, flotaban en el cielo alternando líneas más oscuras y más claras, hasta llegar a crear una sensación de absoluto agobio.
Mientras arreglaba los cajones de la cómoda, en la habitación de Alice, no podía dejar de pensar en la vorágine de sucesos que había vivido durante los últimos días. Por un lado, estaba el hecho de haberle prometido a Coraline que encontraría una casa donde pudiera vivir con tranquilidad, y por otro, la sensación de sentirme cada día más unida a Guillermo que, hasta hacía poco tiempo era un perfecto desconocido. Y para rematar la escena, aparecían a menudo en mi mente las palabras de François, palabras que me hacían intuir un sufrimiento profundo, tal vez un secreto nunca compartido.
Intenté ordenar mis pensamientos.  En primer lugar, Coraline. Si algo tenía claro es que aquella chiquilla insensata no podía volver a su casa en aquel barrio miserable donde los sueños se fundían como bombillas baratas. Aquel matón de mala muerte obsesionado con la joven, volvería a buscarla con promesas de que nunca más sucedería, de que estaba sinceramente arrepentido. Y ella volvería a caer en la trampa mortal convencida de que todas aquellas promesas serían ciertas. 
Segundo asunto: Françóis y sus historias. Historias pasadas pero no superadas, historias que aún vibraban en los ojos cansados de aquel viejo combatiente. Y una historia de amor inesperada que situaba a Maurice en el centro de mi atención. ¿Cómo era posible - me pregunté mientras doblaba la ropa con meticulosidad excesiva-, que un héroe como Maurice, capaz de arriesgar su vida por gente anónima, hubiera tenido una hija como Juliette, incapaz de entregar su tiempo y su cariño a su propia hija? Cosas de la vida - pensé una vez más como solía hacer cuando no encontraba respuestas a mi propios interrogantes. 
 Y por último, Guillermo, un maestro vocacional perdido en un barrio marginal, una persona que comenzaba a dar un giro a mi vida como quien intenta abrir una pesada caja de caudales. Y yo no estaba dispuesta a dar rienda suelta a mis  presuntos, y aún no reconocidos, sentimientos sin antes estar segura de muchas cosas. 
Cuando terminé de arreglar la habitación, saqué a Alice de la cuna y le toqué la frente con el dorso de la mano. La noche anterior Javier me había subido a la niña con fiebre y me había dado un par de órdenes para el día siguiente: debía llevar a Alice al pediatra, y si me sobraba tiempo, podía acercarme hasta el Liceo de Saint Louis para entregar la copia de una charla que Juliette había dado hacía ya algunas semanas, y que algunos profesores habían solicitado. Me informó asimismo de que la niña había pasado un buen fin de semana junto a su madre, y cuando ya parecía dispuesto a irse, me preguntó si el miércoles pasado había encontrado la biblioteca. Le dije que sí, que era una maravilla de edificio, que había estado muy a gusto y que la señorita bibliotecaria había sido francamente amable. Cada vez me costaba menos mentir. 
Así que aquella gris mañana de lunes, me levanté pronto, aunque hubiera pagado por quedarme un par de horas más en la cama. Desayuné con una cierta calma esperando a que mis ojos se abriesen del todo, mientras intentaba poner un poco de orden en todo lo que poblaba mi mente de forma caótica. 
Alice se despertó contenta a pesar de que le habían salido unas pequeñas pupas por las piernas, razón ésta por la que debía llevarla al pediatra. Esa era la prioridad absoluta en aquella desangelada mañana; después, ya veríamos. 
La niña desayunó bien, aunque con menos hambre de lo que era habitual. La vestí, la abrigué y a las diez en punto ya estábamos en la calle. Hacía un viento desagradable que soplaba a ráfagas, arrastrando hojas amarillas y anaranjadas que parecían querer alzar el vuelo como si se tratase de grandes pájaros espantados. El consultorio médico no estaba muy lejos. Era un edificio rehabilitado, precedido de un estrecho jardincillo poblado de lirios azules. Ya dentro, había que recorrer un largo pasillo iluminado con luces de neón antes de llegar a la zona de pediatría. Alice ya debía haber visitado el centro médico en alguna otra ocasión porque nada más entrar, torció el gesto y comenzó a moverse inquieta en el cochecito. Pregunté a la enfermera de recepción la ubicación de la consulta de niños y avancé hacia la puerta indicada a buen paso, deseando que la pequeña no estallase en lágrimas. Pero alguien se levantó de uno de los asientos que había junto a la pared y me detuvo.
- Mademoiselle ¿le pasa algo a la petite fille? Era François, estaba pálido y en sus sienes pude advertir pequeñas gotas de sudor. 
- No le había visto - dije con una sonrisa mientras miraba a un lado y a otro como si estuviese robando una cartera-. No creo que sea nada, pero su padre piensa que podría ser varicela. 
El anciano miró a la niña con ojos repentinamente inundados de ternura. 
- La petite está contenta. Yo no creo en  maladie... enfermedad. 
- Eso espero -comencé a empujar el carro-. Pardon moi, tengo que ir a la consulta. 
François volvió a detenerme cogiéndome del brazo.
 - Yo no acabé de contar la historia - susurró como si temiese que alguien le oyera-, Es très important. 
- Pasaré una tarde, se lo aseguro. 
Y di por zanjada la conversación. Cuatro o cinco metros más adelante, me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado si se encontraba mal. Desde luego, no tenía buen aspecto. 
El improvisado diagnostico de François fue acertado. Alice no tenía la varicela como creía su padre, sino que las pupas podían ser debido a alguna especie de reacción alérgica a algo que había tomado y no le había sentado bien. El médico - de aspecto friqui y aniñado-, me recetó una simple pomada y un antipirético por si la niña tenía algunas décimas. Cuando abandoné la consulta, François ya no estaba allí, así que salí a la calle dispuesta a cumplir el segundo encargo del día, lo cual, debo admitir, no me apetecía en absoluto ya que, después de todo, a mí se me había contratado como niñera y no como paloma mensajera de un ave siniestra. Pero la desobediencia no podía ni cuestionármela, así que pensé hacer algo que me compensara de la molestia. Podría llamarle una pequeña travesura. 
 El sobre que me había entregado Javier no estaba cerrado, simplemente Juliette había introducido la solapa por dentro pero no la había pegado. Sería interesante conocer de qué hablaba aquella mujer en los institutos públicos, cuál era el  ideario y el contenido de sus charlas. Busqué un lugar apartado en el parque que había junto al ambulatorio y saqué del sobre el fajo de folios. Comprobé con satisfacción que había dos copias, una redactada en francés y otra en castellano. Perfecto. Así, al menos, estaba segura de poder enterarme de algo. Puse los folios sobre mis rodillas y comencé a leer. 
Historia de un joven francés, un héroe de la Resistencia, Maurice Girard.
Eso era algo que ya imaginaba, así que seguí leyendo. La conferencia comenzaba con un interrogante, probablemente dirigido al público. 
¿Alguno de vosotros conoce el papel que jugó la Resistencia en la liberación de París? Y luego, entre paréntesis, había una nota interna: la primera posibilidad es que nadie alce la mano. En este improbable caso, seguiré con el siguiente planteamiento. Y seguía con unas breves líneas en las cuales se explicaba cómo nació la Resistencia, quienes la formaban, qué es lo que hacía y cuáles fueron sus miembros más destacados. 
A continuación, había una segunda posibilidad. 
"Puede ser que alguien del público alce la mano; en ese caso le sugiero a él o ella que expliquen brevemente lo que saben", 
Qué rollo -pensé-, pero continué leyendo como si intuyera que en aquellas hojas podría encontrar algo realmente interesante. El texto iba poco a poco profundizando, con un lenguaje muy sencillo, en el espíritu que movió a la Resistencia, en sus principales objetivos que tenían como prioridad boicotear las consecuencias de la ocupación nazi en Francia, para pasar después a nombrar a los componentes de los grupos principales que operaban en aquella zona de París, y en concreto el grupo al que pertenecía Maurice, que estaba formado, además, por André Cordier, Claude Argy, Jean Pallier, Raymond Aubrac, Roland Archin y Fabian Cravoisier. Inmediatamente, recordé la lista que había encontrado en  la casa de Normandía, la que Alice se metió en la boca, pero en aquella lista, si no recordaba mal, no figuraba el nombre de Maurice. Sentía palpitar mi corazón como si quisiera emprender una carrera. Definitivamente, aquella historia perdida entre las sucesivas capas del tiempo, me estaba afectando demasiado.  
Seguí leyendo. Juliette hablaba de su padre, Maurice, de los primeros pasos de éste en la Resistencia. A continuación, hacía referencia a la detención de Maurice por la Carlingue, de este modo: 
"Mi padre, Maurice fue detenido por la Carlingue el 15 de octubre de 1942, junto a otro miembro de su grupo, François Lebeau. Fueron trasladado a la Rue Lauriston, donde se hallaba la sede de la Gestapo francesa y donde ambos fueron interrogados. Los dos hombres dieron muestras de gran valor ante el abuso de fuerza ejercido por las fuerzas de la Carlingue que los golpearon sin piedad". 
Respiré hondo. Mi imaginación siempre ha sido excesiva y, aun sin quererlo, imaginé la terrible situación que habían vivido ambos hombres. Me detuve en la lectura. Maurice y Francois habían sido torturados y golpeados por la Carlingue francesa y sin embargo, habían sido después liberados. Había dos posibilidades, la primera era que hubieran logrado huir, y la segunda, que los hubiesen liberado por falta de pruebas. Seguí leyendo, cada vez con más interés a pesar de que Alice reclamaba mi atención golpeando su sonajero sin piedad contra la barra protectora del cochecito.

En el año 1943  algunos miembros del grupo fueron detenidos por los alemanes y dados por desaparecidos. Es más que probable que fueran conducidos al campo de Auswicht en uno de los llamados trenes de la muerte. 

El día 6 de junio de 1944, diez divisiones estadounidenses, británicas y canadienses tomaron tierra cerca del rio Orne. Había comenzado el desembarco de Normandía en el llamado dia D. El 25 de agosto de produce la liberación de París e Inmediatamente quedaron desmantelados se desmantelaron los campos de concentración y exterminio que los alemanes tenían en Alemania y Polonia. Asimismo, los responsables de la Carlingue francesa fueron acusados de alta traición y fusilados al término de la contienda. 
Ahí se abría un entreparentesis: Si los asistentes a  la charla son alumnos de bachiller, mencionar la redada del Velodromo de invierno: el 16 de julio de 1942 durante la cual 12.884 judios fueron arrestados en Paris y conducidos al Velódromo de invierno antes de ser enviados a los campos de exterminio que la Alemania nazi tenía en el Este de Europa. De ellos, 3.031 eran hombres, 5.802, mujeres y 4.051 eran niños. 
La charla concluía con un final feliz: Maurice y  su prometida Sarah, se unían en matrimonio el 6 de abril de 1949. 
Miré el reloj distraidamente. Las doce del mediodía. Debía correr si quería llegar a tiempo de encontrar abiertas las puertas del instituto. La lectura había captado tanto mi atención que había perdido la noción del tiempo. Salí del jardín con Alice entusiasmada al ver que de nuevo reanudábamos el paseo. Llegué al instituto cuando apenas faltaba un cuarto para las doce y pregunté en recepción por la señorita Ana, profesora de castellano. 
No tardó en aparecer por el pasillo. Era pequeña, parva. Llevaba el cabello corto y unas minúsculas gafas sin montura. 
- Hola - saludé al tiempo que tendía la mano- Traigo la copia de la charla que dio la señora Juliette Girard.
Era la primera vez que pronunciaba su apellido. 
- Qué amable ha sido viniendo hasta aquí- dijo la mujer sonriendo-. ¿Quiere un café?
- Nada, muchas gracias.
Sólo deseaba irme cuanto antes pero aquello no iba a decírselo. 
- ¿Y un té?
Era evidente que aquella mujer tenía ganas de hablar. 
- De acuerdo. 
- Pasen. Esta preciosidad de niña no será...?
- Sí -interrumpí-. Es la hija de Juliette. 
- Qué monada. Pasad a la sala de profesores. Te tuteo, si no te importa. 
Claro que no- respondí- 
Las sala de profesores era de forma rectangular y sus ventanas con postigos de madera daban a lo que parecía ser un patio de recreo, dado el griterío que desde allí llegaba. En el centro de la sala había una mesa enorme y junto a ella un hombre tan mayor que si se trataba de un profesor, debía haberse jubilado hacía ya una década, pero que por alguna razón permanecía allí, escribiendo en un cuaderno de gusanillo. 
-¿Azúcar o sacarina? - preguntó amablemente la profesora- 
- Azúcar, por favor... perdón - dije azorada-. No sé si me ha dicho su nombre, y si me lo ha dicho, no lo recuerdo. 
- Soy la señorita Ana, del departamento de lengua- y usted es..
- Asun, la niñera de Alice. 
Ana se quedó observando a la pequeña que en aquel momento estaba totalmente entretenida jugueteando con sus zapatos. 
- Es una niña preciosa -susurró-.  Hace poco ni siquiera sabía que Juliette tenía una hija. 
El comentario no me extrañó en absoluto. Sonreí. 
- ¿La conoce usted?
- Relativamente - contestó mientras me servía el te en una pequeña taza de porcelana-. Durante el último curso dio tres charlas a los alumnos de secundaria, muy interesantes, por cierto. 
-Parece ser que - me atreví a decir con un hilo de voz- que su padre fue un conocido líder de la Resistencia francesa. 
-En efecto. Y es bueno que nuestros jóvenes conozcan esa parcela de la historia, es muy importante que sepan como una parte de la población francesa se opuso a la invasión alema...
- Oculta datos. 
La voz del viejo profesor que escribía en el cuaderno de gusanillo resonó en la sala como el graznido de un ave rapaz. La señorita Ana le miró y pareció de repente muy nerviosa. 
- ¡Oh!- exclamó poniendo su mano húmeda sobre mi brazo-. No le haga caso. César es una excelente persona, pero vive anclado a otra época. El tiempo no pasa en balde- añadió como intentando excusarlo-. 

Vi furia en la mirada profunda y oscura de aquel hombre.  
- No, mademoiselle - dijo levantando la voz cuanto podía-. Hubo hombres y mujeres que fueron héroes, hijos de la patria, abnegados combatientes, pero otros... ¡oh Dios! - dijo moviendo la cabeza exageradamente de un lado a otro-, fueron auténticos hijos de la gran puta que...
- ¡Por Dios Cesar! -cortó Ana cogiéndole de los hombros-. No ensucies el nombre de Francia y de los franceses y, sobre todo, no digas palabras malsonantes en este santuario de la educación. ¿Por qué no vas a dar un paseo? Es tarde. 
El hombre se levantó lentamente. Hubiera jurado que sus piernas se iban a negar a sostenerle. 
- El nombre de Francia ya está sucio- sentenció mientras daba un portazo y desaparecía por el pasillo. El rostro de Ana no podía disimular la desesperación.
- Qué paciencia hay que tener - dijo acompañándose de un profundo suspiro-. No sabe cuánto lamento este... incidente. Es un viejo profesor lleno de resentimiento.   
Aquel incidente estúpido me había descolocado por completo, sobre todo por lo inesperado. Tenía ganas de salir de aquella sala claustrofóbica y pasear un rato con Alice, pero ante mi, en la mesa, ya estaba la taza de te humeante.
- Tómese el te tranquila, Asun, es de jazmín - dijo mientras ella también se sentaba-. Cesar se jubiló hace ya tiempo, pero sigue viniendo todos los días a la sala de profesores, ojea la prensa, habla si alguien le da conversación y vuelve a su casa a la hora de comer. 
- No parece estar muy de acuerdo con Juliette - dije intencionadamente- 
Ana volvió a suspirar profundamente. 
- La historia, Asun - me dijo en un tono de confianza que yo consideré excesiva- tiene muchas lecturas. Y en tiempo de guerra se cometen muchos errores, pero también muchos aciertos, muchos actos heróicos, y esos son precisamente los que queremos destacar en las charlas. 
-Perdon- dije tímidamente-, porque hablo sin conocimiento de causa, pero a veces los errores también nos enseñan. 
La señorita Ana se había quedado mirando la puerta por la que hacía unos minutos había desaparecido César. 
- A veces los errores son tan lamentables que sería preferible ocultarlos bajo toneladas de hormigón- afirmó mientras miraba hacia un lugar indeterminado-.
El sonido estridente de un timbre se extendió por el espacio con la consistencia de una sirena antiaérea.
-  Tengo que volver a clase, Asun. Lo siento.
-  No se preocupe- dije un tanto molesta por la repentina interrupción-
La sala se quedó vacía en apenas unos minutos. Salí a la calle con ganas de sentarme en un parque y dejar que la hormigas se pasearan sobre mis pies. descalzos ¿Cómo podía ser todo tan complicado?- pensé- ¿Cómo podía alargarse tanto la sombra del pasado sobre nuestro presente?
Junto al instituto, en un pequeño parque que se adivinaba cuidado por manos expertas, había un banco de madera. Allí, sentado al sol como una lagartija. estaba César, el profesor resentido, según palabras de Ana.
- Discúlpeme - dijo al tiempo que se levantaba con dificultad-. He perdido los nervios ahí dentro. La señorita Ana no quiere ver, no quiere saber…
- No se preocupe - susurré- no tiene por qué disculparse.
Era un anciano con ganas de ser escuchado, de llamar, de cualquier forma, la atención.
- Nuestros jóvenes - dijo-, deben saber toda la verdad, pero ni siquiera les interesa. Están condenados a repetir nuestros mismos errores - añadió levantando la voz-, y entonces la historia, el sufrimiento de tantas personas no habrá servido para nada.
Callé mientras pensaba que el tiempo iba pasando y se me hacía tarde. Ni yo misma estaba dispuesta a dedicarle unos minutos a los recuerdos de un anciano quisquilloso.
- Las personas a veces somos un poco estúpidas- dije con una media sonrisa.
-  Y otras veces malvadas, señorita. Y yo estoy al borde de la muerte y veo que la rueda sigue rodando y que volverán las intolerancias y el dolor y el sufrimiento. Hay que tener cuidado. Si olvidamos la historia ésta volverá a  repetirse.
Había escuchado tantas veces aquella frase que la había despojado de su contenido.
-  Confiemos en que no.
Estaba deseando que Alice rompiera a llorar de impaciencia, pero nada, allí seguía, jugueteando con sus zapatitos mientras yo no encontraba la forma de zanjar aquella conversación. Fui drástica.
- Perdóneme César. Debo irme. Se me hace tarde.
-  Piense en lo que le he dicho.
Pensar, pensar. Todo el mundo me incitaba a pensar en algo, a averiguar algo, a leer entre líneas, y yo no quería pensar en nada. Tenía una sobredosis de información que parecía estar tejiendo un círculo a mi alrededor, un círculo de oscuras imágenes que proyectaba inquietud sobre la placidez del presente. Experiencias contradictorias, dolorosas, espantosas, se iban uniendo como en un interminable puzzle a mi bagaje de recuerdos más o menos anodinos.
Llegué a casa tan cansada como si hubiera corrido la maratón de nueva York. Me dolía la cabeza y las piernas. Nada más dejar a Alice en su trona me dirigí a la cocina dispuesta a paliar aquellos dolores dispersos a base de ácido acetilsalilico. Después de comer y acostar a la niña en su cuna, me tumbé en el sofá y me tiré una manta de viaje por encima ¿Sería posible que hubiese atrapado un virus durante mi corta estancia en el ambulatorio?
Me quedé en el séptimo cielo hasta las seis de la tarde, hora en la que Javier subió a preguntar por Alice. Le conté que, afortunadamente, no tenía la varicela y que, según el pediatra, se trataba de una erupción sin importancia. A continuación, me preguntó si había podido llevar las copias de las charlas al Instituto. Esta vez no estaba dispuesta a dar más explicaciones que las debidas. Contesté escuetamente que sí, pero fue él el que hizo las preguntas.

- ¿Has conocido a la señorita Ana? Es un encanto.
-  Sí- respondí dispuesta a no contar nada.
- Y seguro que también has conocido a César- añadió-, es todo un personaje ¿lo has visto?
Tuve la sensación de estar pisando arenas movedizas.
-    Sí, estaba en la sala de profesores leyendo la prensa.
-  Como siempre. ¡Pobre hombre! No consigue olvidar que algún día fue profesor, un gran profesor de historia y castellano, pero con ideas un tanto controvertidas.
-  ¿Y eso?
- A mí me daba Historia. Yo estudié en ese mismo instituto… Sus clases eran tan... -dudó- fuera de tono que  estuvo a punto de ser expedientado por el Ministerio. Su hermano mayor, Paul, estuvo recluido en un campo de concentración. Fue torturado y sufrió secuelas el resto de su vida.  Escapó tirándose de un tren en marcha cuando era trasladado a otro campo. Sin embargo, años después negó el Holocausto. ¿Increible, verdad?
Callé. Tenía razón la señorita Ana cuando afirmó que la historia siempre tiene muchas lecturas. Posiblemente, también muchas versiones, demasiados matices e insondables misterios. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Hilaridad fatal



Veníamos de un entierro, hace tanto tiempo que ya no recuerdo de quién. Dentro del coche reinaba ese silencio tenso y triste que sigue a los sepelios. De repente, alguien se puso a cantar: 
Qué bonito es un entierro con sus caballitos blancos y sus caballitos negros..." ¿Asociación de ideas? ¿miedos encubiertos? Todos nos quedamos mirando con asombro a nuestra amiga hasta que ella murmuró una disculpa un tanto aflijida. Después vinieron las primeras sonrisas, tímidas, asombradas, inevitables, y luego ya las carcajadas limpias, ansiadas, a destiempo, esas carcajadas incontroladas que hacen correr lágrimas por la cara y te ponen al borde de la asfixia. 
¿Nunca os ha pasado? Sentir que la risa, como lava volcánica, como vómito indeseado, aparece en el peor de los momentos, en el más dilatado de los silencios, desafiando incluso nuestros propios principios de respeto y educación.
Y es entonces cuando decimos: "casi me muero de risa", y es que entre carcajada y carcajada apenas hay tiempo para respirar. Pero esta frase no es simplemente una forma de hablar coloquial ya que a lo largo de la historia podemos encontrar numerosos ejemplos de personas, de todas las edades y condiciones sociales, que, realmente, han muerto de risa. 
Se cuenta que en el siglo III a. d. C el filosofo griego Crísipo murió de risa después de emborrachar a su asno y ver cómo éste trataba de alimentarse comiendo unos higos. Personalmente sospecho que el buen Crísipo estaba tan borracho como su burro. 
Según algunas fuentes, en 1599 el rey de Birmania murió de risa al escuchar de boca de un mercader italiano que Venecia era un Estado libre en el que no había rey.
En 1410, Martin I de Aragón murió de risa mientras su hermana le contaba un relato erótico festivo, aunque también hay otra versión que afirma que fue la suma de una mala digestión y un ataque de risa.  
Y así habría mil ejemplos más. Pero, ¿por qué razón se puede llegar a morir de risa? Según fuentes médicas, cuando alguien se ríe, aumenta el ritmo del corazón, pero si la risa se prolonga en el tiempo, el corazón puede llegar a no resistir y se llega a un ataque cardíaco. Además, otra causa de muerte por risa puede ser debido a la asfixia que provoca la exhalación de aire sin oportunidad de inhalación.
Sin embargo, y a pesar de todos estos inconvenientes, pienso que es mejor morir riendo que vivir llorando, sobre todo después de conocer las numerosas ventajas de la risa.  Según diversas fuentes internéticas, la risa equivale a un ejercicio aeróbico y disminuye la presencia de colesterol en la sangre. Además, al aumentar el ritmo cardíaco, estimula la liberación de las endorfinas, que a su vez mantienen la elasticidad de las arterias coronarias. Y por si esto fuera poco, la risa ayuda a reducir la glucosa en sangre y favorece la digestión. Desde un punto de vista anímico, la risa contribuye a aplacar la ira, produce un cambio de actitud mental que favorece la disminución de las enfermedades, y nos libera del temor y de la angustia, al tiempo que reduce el maldito stress.
Así que reid benditos, que para llorar siempre estamos a tiempo. 
Pero no os encanéis porque ese puede ser el principio del fin.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Corazón de León


Eran apenas las siete de la tarde y el día caía envuelto en una luz rojiza. Gustavo volvía a casa despacio, casi paseando, atravesando las estrechas calles del barrio del Carmen. Dejó atrás el kiosco de prensa y el refugio mal conservado de la guerra civil. Al pasar junto a un oscuro garito aspiró la aleación de olores que formaban la marihuana y el café. No tenía ganas de volver a casa y dar explicaciones.  Aquella tarde la bronca con el jefe había sido excesiva y es que aquel, como perro perdiguero, le perseguía hasta encontrar a la víctima que había en el,  encerrada bajo aquel aspecto de dandy despechado y agotado. 
Gustavo era camarero pero parecía un marqués. Alto, de mirada fría y movimientos felinos, se movía entre las mesas como suave brisa de levante. Ejercitaba un ballet con la bandeja en la mano y se vanagloriaba de que en su ya larga vida no había dejado caer ninguna bebida, ni fría ni caliente, sobre un cliente. Sin embargo, desde hacía un tiempo, su jefe y él mismo se habían dado cuenta de algo evidente, de que los años no pasan en balde y de que aquel improvisado ballet entre las mesas del establecimiento se estaba convirtiendo en una danza torpe y arrítmica. Todos los días llegaban a la barra mocetones cuadrados como armarios y ágiles como gacelas con curriculums jalonados de toda serie de habilidades. Él comenzó a sentirse como ese peso superfluo que dejamos abandonado a un lado del camino cuando pensamos que el esfuerzo de soportarlo ya no vale la pena.
En una palabra, el cabrón del jefe le estaba haciendo la vida imposible. Eran pequeños detalles, como dardos envenenados, que se clavaban en su alma causando pequeñas pero mortíferas heridas. Cada vez que salía de casa, su mujer le decía: "tu aguanta, lo que quiere ese desalmado es que te vayas para ahorrarse la pasta". Y tenía razón, pero Gustavo pensaba a menudo que no era ella la que luego tenía que enfrentarse al abanico de humillaciones que aquel cabrito tuviera a mal poner en práctica. 
Se sentía fracasado, pero no esporádicamente fracasado, sino profundamente fracasado. Lejos, demasiado lejos, quedaban los sueños de la infancia, aquel tiempo en el que ansiaba ser el intrépido Capitán Trueno, el valiente Jabato, o el aguerrido Ricardo Corazón de León,  héroes en desuso tan olvidados como sus propios sueños. No estaba dispuesto a aguantar más. Esa noche le diría a Enriqueta, su mujer, que estaba harto y que lo iba a dejar. Sabía que ella se iba a poner de los nervios, que iba a ir de un lado a otro del comedor alzando los brazos al cielo y preguntando "Y ahora cómo vamos a vivir? y él le diría que como fuera, que no podía más, que iba a volverse loco, y ella acabaría llorando en la habitación que, previamente, habría cerrado de un portazo. 
Cuando enfiló la calle baja para ir a salir a la plaza del Carmen, oyó un revuelo inusual. Podían escucharse gritos y un humo oscuro y denso salía de la primera bocacalle. Gustavo corrió. Todo el mundo corría. Al doblar la esquina se encontró de cara con la tragedia. En el balcón de un segundo piso de un viejo edificio, una mujer y un niño pequeño se abrazaban. Detrás, las llamas de un incendio lamían el espacio y amenazaban con devorarlos. Un joven salía del portal con el rostro ennegrecido y con dificultades para respirar. Algunos vecinos habían puesto colchones en el suelo y gritaban para que la mujer se tirase junto a su hijo. Pero el pánico podía más que el instinto de supervivencia y ésta se agarraba a la barandilla del balcón como si con sólo este gesto pudiera salvarse. Gustavo estaba aterrorizado. También el miedo estaba bloqueando la sangre que corría veloz por sus venas. 
 Sin embargo, de repente, la furia que había sentido durante toda la tarde se comprimió en algún lugar que era probablemente su alma. En un instante se sintió audaz como el Jabato, valiente como el Capitán Trueno, poderoso como Corazón de león.  Sin apenas pensar, corrió hacia el portal, se tapó la boca con un pañuelo y subió las escaleras. Los vecinos contuvieron la respiración mientras se preguntaban de dónde había salido aquel loco suicida.
A  los pocos minutos la mujer y el crío salían por la puerta, justo en el momento en el que llegaban los bomberos. La gente alzaba el cuello como palomos en celo. ¿Dónde estaba el insensato que les había salvado la vida? Un gran estruendo fue la respuesta que vino acompañada de una lengua de fuego intensa y rápida. Los bomberos comenzaron a desalojar la calle. Los chorros de agua caían como aguaceros veraniegos sobre la fachada. 
Dos horas más tarde encontraron el cuerpo de Gustavo, calcinado y roto. Al día siguiente, los periódicos destacaban en primera página la noticia: "Un camarero se convierte en héroe al salvar de una muerte segura a una madre y a su pequeño hijo en un incendio".  
Nadie supo nunca que el sueño de Gustavo no se consumió entre las cenizas.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Plástico duro



Dan palmitas, hablan, se ponen malitos, tienen fiebre, hacen pedorretas, meriendan, vomitan la merienda, hacen pis, berrean, eructan, defecan, dan saltitos, caminan, duermen, se niegan a dormir, se escapan de la cuna, se tiran pedetes en el baño para hacer burbujas... y son de plástico. Estos son los nuevos muñecos con los que quieren jugar nuestras hijas, nietas, sobrinas o vecinitas. Atrás quedaron para siempre aquellos pepones de plástico duro que no parpadeaban, siempre sonreían y, desde luego, no nos daban malas noches con vomitonas, meadas y demás habilidades que saben hacer los muñecos de ahora. 
Por cierto, hace ya tantos años que se pierden en la memoria del tiempo, tenía yo uno de esos pepones de piernas huecas y ligeramente arquedadas. Eramos inseparables. Mi madre le hacía los vestidos y los gorros de lana y yo intentaba darle de comer a una boca siempre cerrada, pero me daba igual. Podía acunarlo, abrazarlo, envolverlo en su mantita, bañarlo. Es verdad que éste ni siquiera lloraba, pero ni falta que hacía. Un mes de noviembre, no tan cálido como éste, me di cuenta de que me había dejado el muñeco en el pueblo, durante las vacaciones del verano. Me sentí tan sola y desesperada, tan angustiada pensando cómo iba a sobrevivir mi Pepón sin mis abrazos, que ese año mi carta a los Reyes Magos fue la siguiente: "Este año no os voy a pedir juguetes ni cocinitas ni cuentos ni nada. Sólo quiero que me traigáis a mi Pepón del pueblo porque allí está muy solo. Este año he sido buena muy buena".
Exageraba sin duda porque a charlatana no me ganaba nadie, y cuando iba al colegio de las monjas me escondía en el lavabo para no hacer labores, vainicas, entredoses, ojales y otras labores exquisitas. Pero quitando esas pequeñas travesuras, podía decirse que era buena. 
Los Reyes me trajeron una cocinita de madera, una muñeca de largas trenzas y unos Juegos reunidos.  Del Pepón ni sombra. 
Pero al llegar la Pascua fuimos al pueblo. Mi madre me había hecho un vestido de batista y me había comprado alpargatas pascueras. en una zapateria de la calle Serranos. Nada más llegar a la casa, lo busqué. Y allí estaba, sobre la cama, medio envuelto en una sábana de franela. Y aunque mi Pepón no reía ni lloraba ni babeaba, cuando lo cogí en brazos y lo estreché contra mi pecho, me pareció sentir que se estremecía. 
Era más que probable que la que se estremeciera era yo.