viernes, 15 de noviembre de 2013

Mambru y la gallina Turuleta.



Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor que pena, y no sé cuándo vendrá, Do, Re, Mi, Do, Re, Fa, no sé cuándo vendrá. 
Su voz tiembla al decir: 
-¿Pero vendrá?
Desvío la mirada hacia otro lado evitando contestar. Observo que don Pinpón se peina con un peine de plata fina y la Tarara se viste de blanco frente al espejo translucido del tiempo. 
- Calla y canta - ordeno- 
- Canta tú- me responde con descaro. 
Y yo sigo cantando sin ganas. 
- Tiene la Tarara un vestido blanco que sólo se pone cuando es jueves santo...
- ¿Por qué? 
Este niño es implacable. 
- Porque ya no tiene ni dolor ni pena. Sabe que Mambrú volverá un día u otro, aún con el cuerpo roto y el alma hecha jirones. 
Su rostro se ilumina por primera vez. 
- ¿Y cómo lo sabes?
- Porque estaba el señor don gato sentadito en su tejado y lo vio pasar, marramamiau, miau, miau. 
-¿Y venía solo?
- Qué va. Iba seguido de una comitiva, con la gallina Turuleta al frente, que ha puesto un huevo y dos y tres, y ahora ya puede comer la familia de Don Pinpón que dejó el circo porque ya no alegraba su corazón. 
- ¿De verdad?
- Sí, de verdad de la buena. Y allí, en un país multicolor un elefante se balanceaba  sobre la cuerda de una araña hasta que un día llegó un rey, al que yo admiraba, y le pegó un tiro entre las cejas. 
- ¿Tienen cejas los elefantes? 
- Sí están muertos no lo sé, pero eso no, no, no, eso no me gusta a mí.
Ni a mí. Quiero un globo. 
-¿ Por qué? 
- Porque estoy llorando por el elefante que no tenía cejas y quiero un globo, dos globos tres globos...
- La luna es un globo que se me escapó. 
- La luna es un satélite. 
Ya salió el listillo. Y canto:
- Se duerme la luna, se duerme la rana, y yo hasta mañana que me duermo yo.
- Dormir aún no.
- ¿Y qué quieres, hijo de la luna?
- Quisiera ser tan alto como la luna, Ay, ay, como la luna.
- Pues mucho tendrás que comer.
- Luna, lunera, cascabelera, debajo de la cama tengo la cena.
El niño se inclina y mira debajo la cama.
- Veo una cosita que empieza por eme.
- Pues será una muñeca vestida de azul que un día enfermó y me sé la tabla de multiplicar y el año que viene me podré casar aunque no sepa hacer un cocido. Y a mi burro le duele la cabeza, y quiero contar mentiras, trailará Y fui una niña que se iba a jugar y no podía jugar porque tenía que planchar. 
- Qué putada. 
- Eso no se dice, así que este cuento se va a acabar. 
-Si no estamos contando cuentos. 
- Pues esta canción y ahora vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar. 
-Si mañana es domingo. 
- Entonces vamos a ver si ha llegado Mambrú con un globo, dos o tres  y nos cuenta como corre por el mar la liebre y por el monte la sardina. 
Por fin sonríe. 
- Mentirosa. 


Postdata de la Gata sobre el teclado: ¿A qué habéis cantado?


lunes, 11 de noviembre de 2013

El anillo


- ¡Te he dicho que me des el anillo!.
- Ni loca. Los regalos no se devuelven.
El mar se tragaba de un gran bocado los gritos que ellos daban en la orilla, salpicados los pies por la espuma, mojando el borde del vestido de ella. 
-¡ Déjame en paz!
- Cuando me des el anillo. 
- No lo haré.
El miró hacia el mar, oscuro, profundo, ruidoso.
-¡ Si no hay compromiso, no hay anillo! -gritó enfurecido-
- Pues no te lo pienso devolver. 

Se despertó con el corazón acelerado y miró hacia la ventana. Era aún de noche pero grandes y algodonosas nubes blancas pasaban a toda velocidad. Parecían tener luz propia. Se incorporó y consultó la hora en el móvil. Todavía no eran las siete. Debía darse prisa. Tenía que llegar a la playa y encontrar el anillo antes de que lo hallara algún imbécil de esos que solían pasearse con su  juguete detector de metales. Se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor que manaba como de una fuente inagotable. Nunca debía haberle regalado aquel anillo. Oro blanco y una gran esmeralda incrustada. No se lo merecía la muy... Pero probablemente aún estaba allí, enterrado en la arena, en algún lugar de aquella playa que se perdía en el horizonte. Escondió la cabeza entre las manos. como si quisiera comprimirla como un limón maduro. Debía recordar, recordar. Se habían tomado una copa en... ¿ o habían sido dos? ¿o tres? Los recuerdos se mezclaban en su mente resacosa como olivas danzando en un Martini muy frío. Amanecía.

Sin cambiarse de ropa, sin ducharse, hecho unos zorros, salió a la calle. La casi ausencia de tráfico delataba que era sábado. Una mujer barría la acera frente a su casa. Un anciano paseaba a su chucho. En la frutería de la esquina, los pakistaníes descargaban la fruta. Cruzó la calle mientras se quitaba aquel impertinente mechón de pelo que le caía sobre la frente. Atravesó el paseo marítimo y se dirigió  hacia la arena. El amanecer era épico pero él ni siquiera se apercibió. Le costaba respirar. Le costaba aún más caminar. Miró hacia el mar, todavía dormido, apaciguado en la amanecida. Volvió la vista atrás. Sólo recordaba que estaban a la altura de La Marcelina, que ella le había gritado como una loca, que él le había pedido el anillo desesperadamente. Si no había ya amor, no podía haber anillo, le había dicho a gritos. Avanzó hacia la orilla con dificultad. Sentía un regusto agrío a la altura de la garganta y le escocían los ojos como si en ellos hubiera entrado toda el agua del mar. Oro y esmeraldas. Sí alguien lo encontraba antes que él, era más que probable que no lo llevara a la oficina de objetos perdidos. Y si lo llevaba es que era un imbécil. Aquello era aún peor que buscar una aguja en un pajar. Y además ¿quién buscaría una aguja en un pajar? Otro imbécil. Jadeaba, sentía latir su corazón como si quisiera salírsele del pecho. ¿Cuánto le había costado el maldito anillo? no quería ni pensarlo. Probablemente estaría pagándolo a plazos el resto de su vida. ¿Y todo para qué? para que ella le hubiese puesto los cuernos bien puestos con aquel jefecillo remilgado de tres al cuarto. Tragó saliva para aliviar la tensión pero sólo consiguió atragantarse. A un par de metros encontró la arena revuelta. El corazón le hizo una pirueta. Alguien había encontrado el anillo antes que él. Se sintió mareado, ansioso, asqueado. El sol iluminaba ya directamente sus ojos legañosos. Hincó sus rodillas en la arena y escarbó como un perro en busca de su hueso. No podía creerlo. Allí estaba aún el anillo de oro y esmeraldas, brillando con las primeras luces del amanecer. De pronto, su gesto se torció. El dedo de ella se había hinchado tanto que tendría que cortarlo para poder recuperar su anillo. No le tembló la mano al hacerlo. Después de todo, ya no podía gritar. 





domingo, 3 de noviembre de 2013

Vivo sin vivir en mí.


Agobiados por la rutina, abrumados por el monótono paso de los años, por el día a día, por la cesta de la compra, las pequeñas o grandes deudas, los recibos de gasagualuz. Arrinconados contra la cuerdas como luchadores al borde de sus fuerzas, con el alma encogida como un calcetín desahuciado. Atontolinados por la eficacia del sistema, acorralados por las normas -siempre excesivas-, las directrices arbitrarias, los burofax, la tecnología, la publicidad, los convencionalismos imperativos. 
Vivimos por inercia, arrastrados por una corriente impetuosa que nos lleva hacia Dios sabe dónde. Vivimos - como decía Teresa de Jesus, posiblemente con otra intención-, sin vivir en nosotros mismos, acelerados cual monstruos de Formula I. 
Vivimos sin llegar a amar la vida, sobreviviendo, sin reparar en esos minúsculos instantes por los que ya valdría la pena vivirla. Y nos agarramos como náufragos a los pedazos de sueños rotos que aún gravitan en torno nuestro como propósitos incorpóreos que se resisten a morir.
Pero cada vez que una palabra se enlaza con otra y forma una frase, y esa frase se alía con otra y da lugar a un párrafo, el sueño se aleja de la levedad de su ser y se torna basamento sobre el que construirse, puerta por la que salir al exterior, ventana a través de la cual entra un aire fresco y limpio que revive hasta el sueño más agónico. 
De una vez. Tomemos una decisión. Intentemos alcanzar nuestros sueños o dejémosles marchar en paz. Es posible que valga más la pena retirarse a tiempo de la batalla que morir en ella. 
¿O no? ¿O por nuestros sueños lucharíamos hasta la muerte?

domingo, 20 de octubre de 2013

Atum


La noche se extiende con largos brazos que oscurecen el amanecer. Un amanecer entre nubes rojizas y bancos de niebla que apenas dejan ver los sueños. Es - o algunos afirman que es- el momento de los propósitos de enmienda, de voltear los armarios, de apuntarse a natación, de sacar las mantas del altillo, de mirar hacia atrás y ver que el verano es agua pasada que no llegó ni a mojarnos las plantas de los pies. 
Dicen que es oscuro y se convierte en quimera de soñadores empedernidos. Desvarío de mentes frágiles y animas nostálgicas. Aperitivo de días fríos y noches extensas como campos de trigo. Manojo de hojas desprendidas de la vida. Besos tibios con sabor a mandarina. Tierras mojadas de aguaceros inesperados. Profecía de cielos grises y tristezas sin causa. Refugio de ambiciones inconclusas. Remolino de ocres y amarillos en danza sin fin. 
Y ahora, adivinar la adivinanza y decídmelo sin tardanza: ¿de qué creéis que hablo?

jueves, 17 de octubre de 2013

Cobijos y escondrijos



Por fin se ha ido la pesada ésta. Decía -mi ama, claro está-, que hacía demasiado calor para salir a la calle ¡Y eso que es octubre!, no paraba de repetir. A mí, sin embargo, me gusta este aire ardiente que entra por la ventana en esta tarde de otoño. Me permite tumbarme en el suelo y estar fresquita.
Os cuento cosas. Estoy contenta, muy contenta. El hijo de mi ama nos está haciendo una casita de madera, con clavos y pegamento de ese que te pega hasta lo dedos y te arranca la piel. No está acabada del todo pero yo ya me tumbo allí mientras ellos cenan y ven el hormiguero (no sé qué gracia tendrá ver a las hormigas acarreando comida y entrando y saliendo del hormiguero, pero en fin, los humanos son muy raros).
Dicen que a los gatos les gusta esconderse, pero a mí no me gusta, ni siquiera cuando entra alguien desconocido en casa. Los gatos que se esconden lo hacen porque tienen miedo, están enfermos o, sencillamente están hartos de las caricias de sus empalagosos dueños y desean estar tranquilos.  A Tito le encantan los escondrijos. Igual te lo encuentras debajo del sofá, metido en el transportín o tumbado en la ducha. Yo siempre le digo: 
-"Mau".
 Que en nuestro idioma gatuno quiere decir "¿Dónde coño te metes? Ven a la cama del ama que está muy blandita. (Me refiero a la cama, aunque mi ama también está... blandita), pero él sigue debajo del sofá.Y hablando de cobijos y escondrijos, os relataré la historia  de una gatita que  mi ama recogió de la calle. ¿Qué soy pesada? De acuerdo, pero seguid leyendo que una gata no escribe todos los días.
La minina de la que os hablo era pequeña y asustadiza como un ratón de granero. Estábamos en el pueblo, en esa casa donde siempre se dejan abiertas las puertas. Y resulta que cada vez que entraba alguien, la minigata corría a esconderse en cualquier escondrijo, y tanto se escondió que un día no la encontraron por ninguna parte. Todos estaban muy preocupados por la minina, y alguien - no recuerdo ya quién porque aquella casa era un desfile-, dijo: 
- A lo mejor se ha metido en un cántaro o en un ánfora. 
Yo me quedé escuchando con las pupilas tan dilatadas que mis ojos, en vez de verdes, parecían negros. "Pues lo tiene claro la gatuna" -pensé-, y dije: 
- Mau. 
Que en nuestro idioma quiere decir: "¡no la vais a encontrar en la put... vida". ¿Exagerada yo? Ni un ápice. Por lo visto, el padre de mi ama, que tenía unos ojos muy negros y un bigote muy blanco, coleccionaba botijos, tinajas, cántaros, jarrones, orzas, cachivaches todos hechos de barro. Si en la casa había - todavía hay, aunque el señor del bigote ya agotó sus vidas-, trescientos cacharros de esos, encontrar a la gatita iba a resultar una difícil tarea. Si al menos hubiera sido una maulladora... pero era más callada que un gato sordo. Así que todos se afanaron buscando de cántaro en cántaro, hasta que tras horas de acalorada búsqueda, alguien dijo: 
-¡Está aquí!
Desde el fondo del cántaro más grande del mundo, un felino diminuto de orejas puntiagudas hacía esfuerzos inútiles por salir de su escondrijo. 
Y es que, aunque no lo creáis, jugar al escondite es algo muy peligroso, porque a lo mejor ya nadie te encuentra nunca, o lo que es peor, es posible que ya nadie te busque. Por eso, y como dicen que la curiosidad mató al gato -no sé a qué gato-, yo siempre le digo a Tito: 
- Mau. 
Que en nuestro idioma quiere decir: si te pierdes, yo no voy a mover ni una pata, aunque es más que probable que luego perdiera el rabo para ir en su busca. Después de todo,  Tito es el amor de una de mis siete vidas. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Callejeros.


Ya sé que a algunos de vosotros no os gusta que escriba palabrotas, pero es que hay ocasiones que las palabras no son suficientes para expresar la indignación que sentimos. Y lo digo porque la pija de turno, Ana Isabel Mariño, consejera de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, me está tocando las narices con sus últimas absurdas y bobas ordenanzas. 
Hace unos días, como supongo que todos sabéis, el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid, ha prohibido entre otras muchas cosas, alimentar a perros y gatos abandonados y, por lo tanto callejeros. Yo no vivo en Madrid, pero estoy segura de que en esa ciudad hay personas que alimentan y cuidan a animales domésticos que han sido abandonados por sus putos dueños y que ahora malviven en la calle. Me consta que les dedican su tiempo, su atención y su cariño.  Pero parece ser que según la señora Mariño, los "malos" de esta película no son los que abandonan cruelmente a los animales sino los que los alimentan y atienden. No sé si me estoy volviendo loca o es  que este país  ha perdido el norte, el sur, el este y el oeste. Es curioso que en un Estado donde se puede torturar becerros hasta la muerte (becerradas de Algemesí), lancear un toro igualmente hasta la muerte (Toro de la Vega), embolar a un toro con fuego y golpearle (cientos de pueblos de nuestra geografía), no se pueda alimentar a un gatito de la calle. Me moriría de la risa si no fuera realmente para llorar. Se puede maltratar a un animal, se le puede abandonar, se le puede matar, pero no se puede dar un cuenco de agua a un  perro o a un gato sediento. A esta señora sólo puede decirle que yo le daré de comer a quien me de la gana, y que estoy segura de que esas miles de personas que se dedican a atender, a alimentar y a cuidar a perros y gatos abandonados, lo van a seguir haciendo, a pesar de sus burdas amenazas de imponer multas, que van desde los 300 a los 1500 euros, a las personas que incumplan esa normativa.Con los problemas que ahora mismo tiene este país, señores gobernantes, no se pongan ahora a perseguir a las señoras de los gatos. Con los cientos -miles- casos de corrupción, prevaricación y abuso que se están dando tanto en los órganos de poder como en otras instancias, ¿cómo se atreven a ensañarse con esas personas que lo único que intentan hacer es reparar el mal que otros hicieron? Los gobernantes están -deberían estar-, a nuestro servicio, no en nuestra contra, y  cualquier persona que tenga un mínimo de dignidad humana y de sensibilidad, no puede obedecer esa estúpida normativa.  Como "país desarrollado" nos falta aún un largo camino por recorrer en cuanto a los derechos de los animales se refiere. 
 Ah, por cierto, puestos a no alimentar,  yo no quiero dar de comer a políticos descerebrados.

domingo, 6 de octubre de 2013

La lista


Hace una semana, más o menos, vi la foto que, por todos los medios, había evitado ver: los niños gaseados de un barrio de Damasco. Estaban alineados, tirados en el suelo, parecían dulcemente dormidos, pero estaban muertos. Y hace unos días también leí una noticia en Internet en la que afirmaba que en una entrevista concedida a un periódico estadounidense, el presidente sirio, Bashar Al Assad, había reconocido abiertamente que tiene armas químicas, y no sólo eso, sino que afirmaba que la eliminación de las mismas costaría unos mil millones de dólares. No quiero ni imaginarme lo que costó fabricarlas. 

Y hoy escribo sobre este doloroso tema porque algo me chirría, y mucho. Aclaro antes de ir al grano que entiendo lo mismo de política internacional que de física cuántica, o sea nada, pero tengo claro que algo no me cuadra en este "juego" de la guerra. 
Rusia y, sobre todo, EE.UU están hasta los mismísimos gatillos de meterse en líos que no son los suyos. El pueblo americano está hasta la coronilla -por no decir hasta los h...-, de pagar con muertos propios asuntos y problemas que tienen lugar a miles de kilómetros de la valla de su jardín. Y sus gobernantes se han dado cuenta. Así que, en vez de avasallar, invadir, bombardear y "ver" armas de destrucción masiva a diestro y siniestro, han decidido pedir una lista, sí una lista. 
El presidente sirio, Bashar Al Assad, debe entregar un listado de las armas químicas que posee antes de fin de año, y se supone que el año próximo serán destruidas. A tenor de lo que nos dicen los noticiarios, el señor Putin y el señor Obama se han mostrado muy confiados en que esa lista de armamento químico va a ser entregada. Mientras tanto, los sirios pueden seguir matándose como quieran: a tiros, a bombazo limpio, a pedradas o a escupitajos, que formas de matar y de morir hay muchas. 
Sigo pensando que algo no me cuadra, que la tibieza en la respuesta de los dos grandes -EE.UU y Rusia- me parece un pelín sospechosa. Que no entiendo muy bien cómo el presidente sirio va por ahí concediendo entrevistas a periódicos norteamericanos en las que reconoce su arsenal químico, que por mucho menos que eso en otras ocasiones se ha armado la de Dios es Cristo y que, después de todo, a quién le interesa la vida de los habitantes de un humilde suburbio de Damasco. 
Que alguien me lo explique, por favor, porque yo creo que en este intento de resolución del drama sirio, algo huele a chamusquina. 
P.D. He evitado poner la terrible fotografía de los niños gaseados para no herir sensibilidades.