Es éste un blog literario donde pretendo dar a conocer mis relatos y cuentos. Espero vuestra lectura y vuestros sinceros comentarios.
martes, 12 de agosto de 2014
El Club de los Poetas Muertos: ¿cuál será tu verso?
Qué prosigue el poderoso drama y tu puedes contribuir con un verso. ¿Cuál será nuestro verso?
lunes, 11 de agosto de 2014
Cae la tarde
Cae la tarde sobre la ciudad como una gonela anaranjada. Los dos hombres permanecen sentados uno junto a otro en un banco de piedra, observando el atardecer, escuchando el bullicio que se agita a su alrededor. Uno de ellos, de barba rizada y ancha complexión, se mira las sandalias. Brillan sus ojos. Está cansado.
- ¿En qué piensas? - pregunta el compañero-.
- En la justicia, en la virtud, en la maldad del hombre.
El otro hombre suspira.
-A la hora en la que el sol cae tras las colinas es mejor dejar descansar al espíritu, amigo.
- Tienes razón, pero a veces pienso que mi discurso cae en saco roto, que las palabras se las lleva la brisa, que nunca nadie las escuchará con provecho.
- No lo creas, lo que ocurre es que a veces dices cosas inconvenientes.
El hombre de barba rizada lo mira extrañado.
-¿Cómo qué? - pregunta-.
- Como cuando dijiste que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte.
- Es lo que pienso realmente, y en un sistema como el nuestro, en una democracia, tenemos derecho a decir cuanto pensamos.
- Quizás no hay democracia perfecta, quizás el ser humano nunca llegue a entenderse.
El hombre de mirada brillante, se exalta.
- Es posible, pero estoy convencido de que la civilización es la victoria de la persuasión sobre la fuerza. Esas son las bases. No puede haber otras.
El amigo mira hacia el horizonte. La tarde cae como plomo por una escalinata.
- ¿Volvemos a la Academia, Platón?
- Volvamos Aristóteles. Es ya tarde y no tardará en llegar la noche.
miércoles, 2 de julio de 2014
En este largo y cálido verano.
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero (A.Machado)
Eso decía con pluma exquisita el gran poeta Antonio Machado. Y a sus letras ha vuelto mi memoria en este mi primer día de vacaciones en el que, por obligaciones inmisericordes y múltiples de toda la familia, aún tengo que permanecer en la ciudad.
Pero mi infancia son recuerdos de un pequeño pueblo del interior de Alicante, un pueblo que parece tumbado en un valle, entre la solana y la umbría, un lugar donde los colores son otros, porque los verdes son verdes, los azules, azules y los amarillos amarillos. Y os preguntaréis - supongo y espero- por qué digo esto si colores hay en todas partes, pero yo vivo habitualmente en una ciudad junto al mar donde la humedad no sólo se siente sino que se respira y se ve. Y aquí, el verde es verde claro; el azul es blanquecino y el amarillo ni se ve. El pueblo del que os hablo se llama Benejama , nombre que viene del árabe clásico y que significa "Hijos de las tierras fértiles", y está situado en el interior de la provincia de Alicante. Es un pueblo pequeño que crece cerca del río Vinalopó, entre campos de olivos, vid, almendros, trigo y girasoles. Al atardecer, la gente saca las sillas a la calle y se hacen tertulias. Los niños juegan en la plaza y en la glorieta mientras sus padres se toman un helado en Alonso. Los días discurren despacio, hace mucho calor y hay que aprovechar el amanecer y el anochecer para faenar y salir. El resto del día lo pasamos en esas casas que a punto están de cumplir los doscientos años y cuyos muros no consigue traspasar el calor. Familia, viejos amigos, paseos en bici, búsquedas en viejos baúles, alguna tarde de tormenta -espero-, y en la memoria siempre los ausentes, los que se fueron, los que dejaron despreocupadamente su ropa colgada en una percha y nunca más volvieron. Así que me despido - aunque seguiré escribiendo- y lo quiero hacer personalmente. Segura estoy de que me voy a olvidar de alguien, pero no me lo tengáis en cuenta porque ya sois muchos los que, afortunadamente, soléis pasaros por mi pequeño jardín de Jazmines abandonados a leer un poco. Así que os deseo que paséis un buen verano y que volváis por estas páginas. Así se lo deseo a Amparo D., Marisa S., Emilio y Mari Carmen, Marinela, Manolo Puig y al resto de la familia Puig, Valaf, Ester, Jara, Paco Blay, Jesús G., Ricardo Tribín, Dolores, Latour, Laura, Amparo A.,Mercedes P, Rocio, Amilcar, Ana B.M, Elías, Miriam, Rosa y Daniel, Roland, Joan, Valaf, Rafael H., Ehse, Laky, Dyhego, A. Padilla, Francisco, Enrique P., Shanar, Olivia, Arwen, Juan Vi y Alicia, Trimbolera, M. Carmen N. Francisco E. Airblue, Elba, Asun, Itaca, Erni, Encarna,Tramos, Pilar, Carmen S., Josep S., Sofía, Josep, El comandant, Marce, Arruillo, Carol, Angel, Miguel Angel, Mar, Dean, Boris, Fus, Sneyder C., Palabricas, La luna, Rosa Ros, Cecilia, Pina, y Wanda
A todos vosotros y a los que me he olvidado, sed felices en este largo y cálido verano.
domingo, 29 de junio de 2014
El secreto de Maurice. Capítulo XXVIII
Cuando Javier observó esa noche el carrillo levemente amoratado de la niña no se alteró demasiado.
- Son gajes del oficio - dijo-. Algunos niños muerden. ¿Qué te ha comentado su monitora?
- Que fue un descuido, que ocurrió mientras la niña dormía, y que a la madre del niño le han hecho saber la reprobable conducta de su hijo.
Javier me miró con una sonrisa mientras acariciaba la mejilla violácea de su hija.
- ¿Cuántos años tiene el agresor?
- Dos años y medio, creo.
- Un peligro - replicó Javier con ironía.- Habría que ponerle un bozal a ese niño ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido Alice la que hubiera mordido?
- Pero es que ella no... -intente protestar-.
Javier me interrumpió.
- No hay que dramatizar tanto las conductas de los niños - aseveró-, porque al final habrá reformatorios para lactantes. Realmente, son las monitoras las que deberían estar más atentas para que no se produzcan agresiones entre los niños.
En eso estaba de acuerdo ¿Cómo culpabilizar a un niño que apenas balbuceaba?
- ¿Cómo está Juliette? - dije con el firme propósito de cambiar de tema.
- Bien - contestó-. No hay de qué preocuparse. Lo cierto es que, hablando de dramatizar, el otro día fui yo quien lo hice. Perdí los nervios. Tengo que pedirte disculpas por hacerte venir de forma tan precipitada y fastidiarte el fin de semana
Me hice la sueca.
- No me fastidiaste nada. Es normal preocuparse. Los coches dan tantos sustos...
Nada más pronunciar la palabra coche me acordé de Coraline. Debía decirle cuanto antes que François no estaba muy dispuesto a aceptarla como compañera de piso y que teníamos que buscar otra opción aunque no tenía ni idea de cuál podía ser ésta.
- Javier - dije -, ¿puedo salir un rato? Tengo algunas cosas que hacer. Será sólo media hora.
- Claro. Alice ya ha tenido bastantes emociones por hoy y necesita mimos y juegos. Vete tranquila.
No pretendía ser pesada pero debía insistir otra vez. Pensaba, quizás de forma egoísta, que aquel acogimiento no sólo sería bueno para Coraline sino también para François. Este era demasiado mayor para vivir solo y ocuparse de sus cosas. Además, sólo pensar que Coraline tenía que regresar a su piso en aquel barrio desesperanzado, donde las vidas estaban tan rotas como los cristales de las ventanas y donde, más pronto o más tarde, volvería a ser víctima de las iras de alguien, me ponía los pelos de punta. Así que me puse el abrigo, cogí el bolso y salí a la calle. Todavía no había anochecido pero la tarde era fría y desapacible. Al llegar al parque de René Viviani vi una oscura figura sentada en un banco. No me lo podía creer, era François.
- François - le dije- ¿que hace aquí? Hace frío.
El anciano me miró con aquellos ojos grises y cansados, no exentos de misterio.
- Sabía que tu viendrais. Je veux parler avec toi.
Estaba empezando a pensar que aquel hombre tenía unas sobradas dotes adivinatorias.
- ¿Quería hablar conmigo? Dispongo de poco tiempo. He dejado a la niña con Javier.
- Como está la petite?
- Bien, ha sido sólo un susto.
- Oh mon Dieu - exclamó - ni les enfants se libran de notre violence.
Afirmé con la cabeza y callé. Yo también quería hablar con él pero quería saber antes lo que él tenía que decirme. El anciano miraba al suelo mientras jugueteaba con sus dedos arqueados. Me estaba quedando helada.
- He pensado mucho - susurró-.
-¿En?
- Je veux que tu amiga venga a mi casa, mais avec unas claras termes.
Sentí saltar mi corazón como si quisiera escaparse del pecho.
- Con condiciones, naturalmente -confirmé-.
- No música moderna y no amigos en casa.
- Está claro, François -respondí con una sonrisa-. No sé cómo agradecerle...
El hombre me miró. Sus ojos brillaban y viajaban de nuevo hacia el pasado.
- Los alemanes me quitaron mon fis de cuatro años. Mi casa necesita luz. Elle pourrait être ma petite-fille.
Efectivamente, ella podía ser su nieta. Era como si el circulo se cerrara en torno a un recuerdo doloroso e indeseable.
- No se arrepentirá -no estaba tan segura de lo que decía-. Coraline puede hacer alguna cosa de la casa y, desde luego, seguro que le hace compañía.
De repente, el anciano pareció impaciente.
- ¿Cuándo vendrá?
- Está noche hablaré con ella - aseguré-.
Le cogí las manos y sentí que estaban heladas.
Le cogí las manos y sentí que estaban heladas.
- Gracias François, está cogiendo frío, váyase a casa.
El hombre se alzó con dificultad.
- ¿Le conté lo de Marguerite?
- Sí.
- Son pere, Henri, estaba en Niza. Era viejo et il était fatigué.. A veces el amor no todo lo puede.
Dejé a François a la puerta de su casa. Me sentía ansiosa. Tenía que localizar a Coraline para contarle la mejor de las novedades. Debía - más bien quería-. hablar con Guillermo para ponerle al día de todos los acontecimientos. Y, por supuesto, debía cumplir con mis obligaciones, hacer las camas, acostar a Alice, pensar. Del cielo gris caían finas gotas como alfileres. La última frase de François me había golpeado como una piedra: En ocasiones el amor no todo lo puede.
De repente sentí frío, un frío que no venía de fuera, sino de dentro, de lo más recóndito de mis entrañas. Recogí a Alice y me alegré de que Javier no me sometiese a un indiscreto interrogatorio, subí a casa, le puse un mensaje a Coraline comunicándole la buena noticia y cerré la puerta con el mismo ímpetu como si en aquel momento me estuvieran persiguiendo todas las huestes del III Reich.
jueves, 26 de junio de 2014
El secreto de Maurice. Cap. XXVII
El domingo nos despertamos tarde. Los nervios acumulados del día anterior, sumados a la ingesta nocturna de champagne, habían dejado sobre mi frente una especie de pesada losa que recorría mis párpados y llegaba inmisericorde hasta mis ojos. No era sólo una leve resaca, sino la suma de una serie de acontecimientos inesperados que habían superado con creces los límites de mi aguante emocional.
Por la mañana aún tuvimos tiempo de visitar el cercano parque du Vexin francais, con paisajes de ensueño, y de barajar mil y una posibilidades en torno al suceso de Juliette, aunque lo cierto es que no llegamos a ninguna conclusión. Comimos en ruta y sobre las seis de la tarde ya estaba en casa, cansada y feliz. Al despedirse, Guillermo me dio un beso breve en la mejilla y me acarició por un instante el cabello. Un escalofrío me recorrió el cuerpo mientras perdía por completo mi aplomo.
Cuando fui a recoger a Alice, pregunté por Juliette. Javier me dijo que estaba bien y que, en aquel momento, se encontraba trabajando en su despacho, pero por el tono en el que me lo dijo - casi un susurro-, supuse que estaba durmiendo. A Alice -la verdad sea dicha-, se le iluminó la cara al verme, pero yo me sentía tan exhausta que no supe agradecérselo como hubiera debido. Todavía guardaba la llave de la casa de Octeville sur mer en el bolso y me pregunté si encontraría el momento oportuno para devolverla al lugar del que nunca debió haber salido. Afortunadamente, la niña se durmió pronto. Yo me puse el batín y me senté en el sofá frente a la televisión apagada. Me sentía tan superada por los acontecimientos que incluso me costaba pensar. Por un instante ansié la rutina que me esperaba al día siguiente. Tendría que hablar con François del acogimiento de Coraline y suponía que éste no me pondría ningún problema.
El lunes amaneció lloviendo, una lluvia fina, casi imperceptible, caía sobre una ciudad que había despertado aún anochecido. Alice amaneció como el tiempo, llorona e inquieta. Después de desayunar mostró ya mejor humor, y recuperó su alegría habitual al ver que le ponía unas botitas nuevas. A las nueve y media cogí su mochila y metí en mi bolso las fotos que había substraído del álbum de Juliette, y la lista de los nombres más el trozo de papel recuperado durante el fin de semana.
Evité pasar por el parque para que Alice no se sintiera engañada y me dirigí a la guardería por una de las calles paralelas. Alice parecía tan cansada como yo. Sin duda, la tensión del día anterior y la extensa ración de llantos la habían dejado agotada. A pesar de ello, la pequeña iba golpeando el cochecito con sus botas nuevas, al tiempo que se tarareaba una canción a sí misma.
La separación no fue traumática, ya que la monitora la recogió en la puerta con una enorme sonrisa y ella entró sin volver la vista hacia atrás, lo cual agradecí profundamente. Una vez cumplida la primera misión del día, tenía que dar el segundo paso: ir a hablar con François sobre la posibilidad de acoger temporalmente a Coraline. Y no se por que, sentí una punzada de desasosiego a la altura del estomago.
El día se había vuelto aún más gris y en vez de parecer que íbamos hacia el mediodía, parecía que caminábamos hacia el anochecer. De repente recordé el mensaje de Coraline. Debía haberla llamado la noche anterior pero, con tanto acontecimiento, se me olvidó por completo. Saqué el maldito móvil del bolso y la llamé. Lo cogió enseguida.
- Asun... - dijo suavemente -, je te he telefonato hier soir.
- Vi tu mensaje ¿qué pasa?
- La otra noche, le samedi, yo creo que j´ai vu Juliette llamar a la puerta de François.
Me quedé paralizada, debía tratarse de un error.
- ¿Qué? - dije-. ¿Estás segura?
- Si, si, yo paseo avec una amie y le digo dónde vive Françóis y entonces una mujer como tu dices llama a la puerta, C´est sur.
Aquella podía ser la explicación para la tardanza de Juliette.
- Coraline, ahora voy a hablar con él. Luego te llamo.
Aún conmocionada por lo que acababa de decirme Coraline, llamé suavemente a la puerta de François, que apenas tardó unos segundos en abrirme, como si hubiera estado esperándome. El anciano se asomó a la calle, miró hacia uno y otro lado ansiosamente y, a continuación, me hizo entrar. Parecía nervioso.
- Pasez- vous, et Alice?
Sin duda comenzaba a perder la memoria.
- En la guardería.
Caminó delante de mí arrastrando los pies por el estrecho pasillo. Cuando llegamos al oscuro salón, se sentó en el sillón con un gesto de dolor mientras me invitaba a tomar asiento. Respiraba con dificultad.
- Avant hier soir, venu Juliette.
O sea, que Coraline no había visto un espejismo.
- ¿El sábado vino Juliette a su casa?
El círculo se cerraba. Esa inesperada visita nocturna era sin duda la "rueda pinchada".
- ¿Por qué?- inquirí adelantando la cabeza como un pato- .
-Le samedi elle fue donner una charla a une association. Alguien le hizo una pregunta incómoda.
Dudé.
- ¿Cómo de incomoda?
François parecía buscar la respuesta adecuada.
- C´est compliqué.
- ¿Complicado?
François parecía buscar la respuesta adecuada.
- C´est compliqué.
- ¿Complicado?
- Sólo un poco. Alguien del público avait lu, leído, una declaration que el pasado verano yo hice a un journal.
- ¿Y esa persona hizo la pregunta incómoda?
- Si, y ella se puso très en colère.
- ¿Furiosa?
- Si, mucho.
El anciano estaba pálido. La siguiente pregunta estaba clara.
- ¿Qué le contó usted al periodista?
- ¿Qué le contó usted al periodista?
- Hablaba de la Resistencia, de nuestro grupo, de la rafle del velódromo d´hivern... Yo no recuerdo todo.
- ¿Hablaba de Maurice?
- Je ne sais pas... Creo que si.
- ¿Hablaba de Maurice?
- Je ne sais pas... Creo que si.
- ¿Conserva usted el periódico?
- Supongo que si, mais je ne sais pas où il est. la memoria se va día a día.
Las piezas del gigantesco puzzle iban cuadrando. Hubiera dado cualquier cosa porque François recordara dónde había dejado el periódico.
- ¿Estuvo Juliette mucho tiempo con usted?
- Demasiado. C´est une femme tres agressif. Elle était... cómo se dice? incontrolé.
- Descontrolada.
Calló Françóis. A veces, de repente, parecía sumergido en un mar de recuerdos, disipados ya por el transcurso del tiempo.
- Vous voulez parler avec moi?
Perdí toda seguridad. Sentía como si caminara sobre brasas.
- Sí, quería proponerle algo, pero ahora veo claro que es un atrevimiento.
Hizo un gesto con la mano como animándome a hablar.
- Parlez-vous.
-Tengo una amiga, Coraline, que necesita una habitación durante algunas semanas. Había pensado que quizá podía quedarse aquí a cambio de hacer la comida, arreglar la casa... las tareas del hogar.
Hizo un gesto con la mano como animándome a hablar.
- Parlez-vous.
-Tengo una amiga, Coraline, que necesita una habitación durante algunas semanas. Había pensado que quizá podía quedarse aquí a cambio de hacer la comida, arreglar la casa... las tareas del hogar.
¿Cómo estaba siendo capaz? El anciano movió la cabeza a un lado y a otro.
- Je suis habitué a vivre seul... no sé...
No podía ni debía insistir aunque lo estuviese deseando.
No se preocupe, François -dije intentando que mi voz sonase a disculpa-. Debía haber pensado que estaba usted hecho a vivir solo. Estoy segura de que encontraremos otra solución. Ha sido un abuso por mi parte.
Me sentía desalentada pero hacía todo lo posible por disimular.
- Lo siento... repuso el anciano- je suis à une âge... a mi... edad, los cambios...
No podía permitir que se excusase cuando la única que debía excusarse era yo.
- Asunto cerrado - afirmé con una exagerada sonrisa-, le aseguro que encontraré otra solución buena para todos. Quiero enseñarle unas fotos- continué diciendo y así pude cambiar de tema-.
- ¿Fotos?
Abrí el bolso, saqué el sobre donde había guardado las fotografías y se lo entregué. Lo cogió con manos temblorosas, sacó las fotos y las miró detenidamente.
- C´est Juliette.
Cogió la otra foto. Sonrió.
- Este soy yo, avec Maurice, et l´autre... no recuerdo el nombre.
Miré la fotografía con atención. François tenía una sonrisa franca. Era un hombre alto y bien parecido. Dejó la foto a un lado y cogió la última.
- Este soy yo, avec Maurice, et l´autre... no recuerdo el nombre.
Miré la fotografía con atención. François tenía una sonrisa franca. Era un hombre alto y bien parecido. Dejó la foto a un lado y cogió la última.
- Estos son Maurice y Marguerite, creo.
- ¿Marguerite?
- Marguerite Matisse, une amie de Judith.
- ¿Matisse, como el pintor?
François me miró por encima de sus gafas como regañándome por mi ignorancia.
- Es la hija de Matisse. La hija y la mujer de Henri, el pintor, colaboraban avec la Resistence. La Gestapo detuvo a Marguerite et apres de torturarla elle a ete envoyée a un campo de concentración, mais pendant el trayecto...
Sonó mi móvil con la inoportunidad de siempre. Estaba empezando a odiar aquel aparatejo que siempre interrumpía mis mejores momentos. Hice un gesto de disculpa y cogí la llamada. Era la monitora de la guardería. Al parecer un niño había mordido a Alice en un momento de descuido de su cuidadora. Me dijeron que aunque la niña apenas tenía una leve marca, lloraba amargamente por lo cual me recomendaban que, si podía, fuera a por ella lo antes posible.
- Tengo que irme - le dije a François precipitadamente-. Un niño ha mordido a Alice.
- Oh ma petite!- exclamó el anciano disgustado-. Ve, ve a por ella.
Avancé por el pasillo a paso rápido. De repente me volví hacia él.
- ¿Qué le pasó a Marguerite?
- Cuando era conducida al campo de Ravensbrück, le train que la transportaba a´larrete por un ataque des forces aliées. Ella escapó.
- ¿Sobrevivió?
- Sobrevivió.
Suspiré tranquila como si Marguerite se hubiera tirado del tren hacía media hora y corriera por los bosques en busca de un escondrijo seguro. Necesitaba buenas noticias, historias de esperanza y supervivencia que me dieran la fuerza suficiente para seguir fascinada con esta historia, aunque realmente no sabía muy bien si estaba fascinada o atrapada.
La niña tenía la huella de un buen bocado en la mejilla, y suspiraba como si hubiera estado largo rato llorando. La profesora no encontraba palabras para disculparse, evitaba mi mirada y trataba de minimizar el suceso. Yo -no pude evitarlo-, la miré con desdén cuando recogí a Alice.
- Así es la vida, peque - le dije mientras la sentaba en el cochecito-, en cuanto te descuidas te han pegado un buen bocado en toda el alma.
Alice me miró con extrañeza. Su primera agresión en una vida colmada de mimos y caricias. Sus primeros pasos en sociedad, en una sociedad donde aún imperaba la ley del más fuerte, aunque por todos los medios esta misma sociedad tratara de desmentirlo.
lunes, 23 de junio de 2014
Noche de San Juan
Hace cinco años, tal día como hoy, publiqué este texto en mi blog. Y cinco años después lo recupero para celebrar la noche mágica por excelencia, la noche de San Juan. Disfrutad de la fiesta y disfrutad del texto.
Fuego, agua, noche, magia y, de fondo, el mar. ¿Quién no tiene en su memoria una noche de San Juan inolvidable? Una noche de aprendizas de brujas junto a la hoguera, de corretear descalza sobre la arena, de mojar los pies en el agua oscura del mar, de querer y no querer saltar sobre el fuego.
Esta noche media ciudad se va a la playa, en ese tranvía a la Malvarrosa que los jóvenes cogerán de gratis, entre risas y gritos, abrazos y más risas.
Esta fiesta pagana, que más tarde se pretendió cristianizar, proviene de tiempos inmemoriales y celebra la llegada de un nuevo solsticio, el verano. En aquellos tiempos lejanos, la gente - sobre todo los campesinos-, creían que las plantas que florecían o germinaban en el solsticio de verano tenían más poderes curativos y sanadores -incluso mágicos-, de lo habitual, razón por la cual solían recolectarlas en dicha noche. Hace ya muchas lunas, una noche de San Juan junto al mar, hablé con una bruja de ir por casa y me comentó que la Jara - arbusto mediterráneo que da una hermosa flor blanca- era una planta mágica y que crecía en la playa de El Saler. No tengo constancia de que esta confidencia sea cierta, pero ahí lo dejo por si alguien quiere hacer la prueba.
Y el fuego, el fuego inquietante, el fuego dorado que baila junto a las olas desafiando el viento de levante. Dice la tradición que hace cientos de años se encendían hogueras para protegerse de los espíritus tan malignos como malvados. Se decía que estos espíritus vagaban libremente invadiendo almas puras e ingenuas cuando el sol se ponía por el sur. Más tarde, fueron las brujas las que eligieron esta noche - la de San Juan-, para destacar una fecha que, según ellas, era realmente mágica.
Tradición, cultura ancestral, necesidad de creer que la magia existe, que está en el aire, en el fuego, en el mar, en nuestro corazón, en las brasas de lo que fue y ya no es,, más allá de la razón y del entendimiento, más allá de toda lógica. En mis recuerdos hay una noche de San Juan junto al mar, con los pies descalzos, la piel húmeda, los ojos brillantes, el fuego calentando mi piel, una noche de San Juan lejana y fascinante, pero sobre todo, absolutamente mágica.
Porque, ¿quién no tiene en su memoria una noche de San Juan inolvidable? Aún estáis a tiempo.
lunes, 16 de junio de 2014
Cicatrices
Se ven tersas, cuidadas, inmaculadas, sin cicatrices. Cualquiera diría que nunca han rozado el suelo, que jamás han sentido rasgarse la piel y ver brotar la sangre. Como hace mucho calor y no quiero que os calentéis aún más la cabeza con adivinanzas, os revelaré que me estoy refiriendo a las rodillas de los niños de hoy en día, tersas, cuidadas, inmaculadas y sin cicatrices. Y aunque algunos probablemente penséis que estoy equivocada, creo que una infancia sin cicatrices en las rodillas tiene muchas asignaturas pendientes.
Es fácil diagnosticar que los niños de los años sesenta - estoy nostálgica, sí-, estábamos desprotegidos, íbamos a nuestro aire escalando árboles como monos de Guinea Papua, saltando vallas y dejándonos la piel en bicicletas sin frenos con las que nos deslizábamos por las pendientes más agresivas. Volvíamos a casa -día si, día también-, con las rodillas chorreando sangre, pero no llorábamos hasta que no veíamos a nuestra madre porque llorar sin público no valía la pena.
Hacer cuencos con barro de la calle y después dejarlos secar al sol. Trepar hasta los árboles más altos y saltar desde las ramas más inaccesibles. Coger arañas de las acequias, organizar peleas de hormigas rojas, previa extracción de sus globos oculares (qué crueldad, lo sé), hacer obras de teatro, volar el cachirulo en la playa, robar fruta en la huerta y, por último, estamparse con la bicicleta en el camino más pedregoso del valle. No recuerdo si por aquel entonces existían o no los cascos para las bicis, pero si por casualidad existían, el que los portaba, era, como mínimo, un mariquita -no había eufemismos en aquellos años para esa opción sexual-, un mixinetes o un pixeretes, palabras cuya traducción exacta al castellano desconozco, pero sería algo así como persona extremadamente cuidadosa o primorosa.
Hoy en día los niños están sobreprotegidos, no hay duda. Cada vez que se suben a un bici, parecen preparados para enfrentarse a un supuesto e ignoto adversario en un torneo medieval. Para patinar, protegen sus cabezas, codos, rodillas muñecas, llegando a semejar pequeños monstruos robóticos cuyo cuerpo carece por completo de la necesaria libertad de movimientos. Intentamos proteger a nuestros retoños del dolor y no saben -ya lo sabrán- que el dolor forma parte de la vida, Los protegemos de las posibles cicatrices sin apercibirnos de que son las cicatrices las únicas que pueden resucitar la piel sobre la herida abierta.
Y además, ¿qué es más peligroso, que un niño se haga un rascón en la pierna o que se adentre en su mundo virtual de playestationxbox y se dedique a atropellar putas, torturar sicarios y atropellar a pacíficos viandantes?
Yo tengo clara la respuesta ¿Y vosotros?
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