miércoles, 30 de noviembre de 2011

El secreto de Maurice.Cap.III

Ana se fue más contenta que unas pascuas hacia la estación del suburbano, y yo volví a mi rutinario trabajo, aunque éste que tenía entre manos no lo era tanto y le daba ciertas alas a mi precaria creatividad. Se trataba de un encargo delicado y comprometido. La condesa de Nova-Garrigues, perteneciente a la pequeña nobleza valenciana, había solicitado un álbum de fotos de características muy especiales. Lo quería forrado con tapas de piel de antílope tintadas de púrpura, y adornado con minúsculas incrustaciones de cristales de Swarovski. Por lo visto, en aquellas páginas de suave color vainilla ribeteadas con un filo dorado, pensaba reunir las mejores fotos de sus antepasados, un elenco de damas y caballeros de rancia estirpe, la mayor parte de los cuales dormía ya el sueño de los justos. El álbum estaba cosido a mano y el cierre consistía en un murciélago de plata realizado en exclusiva por Peris Roca, uno de los mejores orfebres valencianos. Me estaba dejando los ojos en aquella ardua tarea, pero si me salía bien y la clienta quedaba satisfecha, era seguro que me ascenderían o, al menos, añadirían a mi modesta nómina un plus de productividad que haría crecer mi salario unos cuantos euros.

Estaba tan concentrada en mi trabajo que tardé tiempo en darme cuenta de que algo pasaba. Alertada por un alboroto poco habitual, alcé la cabeza hacia la garita de Susi. Todos los días, desde primeras horas, solía ponerse la radio para escucharla mientras ponía en orden sus papeles, pero aquella calurosa mañana de principios de julio se estaba pasando lo que se dice dos pueblos. La voz alterada del locutor se extendía por toda la nave como una niebla ruidosa y exasperante. Si al menos se le ocurriera poner algo ameno como los cuarenta principales, pero aquel parloteo continuo y excitado me estaba atacando los nervios. Muy a mi pesar, escuché:

"Por ahora, hay una absoluta confusión sobre las causas de este accidente. Coches de policía, bomberos y numerosas ambulancias se están dirigiendo al lugar donde se ha producido..."

El volumen de la radio bajó repentinamente. Susi se asomó a una especie de balconcillo que tenía la garita y llamó a voz en grito:

- ¡Enrique, sube un momento!

Enrique era el responsable del área comercial, un muchacho físicamente muy agraciado y que, además, sabía mantener una excelente relación con los clientes. En aquel momento hablaba con una operaria, muy cerca de la mesa que hasta unas horas antes había ocupado Ana. Mientras observaba cómo Enrique subía a toda prisa al despacho de Susi, seguí peleando con las malditas estrellas de cristal, tan pequeñas que se me escurrían entre los dedos como gotas de agua. La radio había subido de volumen, así que seguí escuchando.

"...El accidente se ha producido pocos minutos antes de que el convoy llegara a la estación de Jesús, en el barrio de Patraix. Todavía no se conocen las cifras de víctimas, aunque fuentes del Gobierno Civil han afirmado que, según los primeros datos, hay un gran número de personas afectadas, entre
muertos y heridos”.

Desconecté. Un horrible accidente había tenido lugar, y no quería saber más. Desde la trágica muerte de Pedro en la carretera, no podía escuchar ninguna noticia que tuviera relación con sucesos desagradables. Inmediatamente, se me ponía un nudo en el estómago que parecía extenderse como un ácido amargo y caliente hacia la garganta. Si las luctuosas noticias me sorprendían comiendo, tenía que levantarme corriendo de la mesa antes de llegar a tiempo de contemplar las horribles imágenes de coches destrozados, cuerpos inertes sobre el asfalto o trenes descarrillados junto a una pradera. Nunca había podido entender - y sigo sin comprenderlo- la razón por la que en la televisión, hacen coincidir la hora del aperitivo con la de las vísceras desparramadas en cualquier recodo del país. Y que me perdonen por estos egoístas pensamientos los que sufrieron tamañas desgracias.

De nuevo, el sonido de la radio se impuso sobre el silencio que reinaba en la sala de trabajo. No me quedaba más remedio que escuchar.

"Se da la circunstancia de que dentro de cuatro días, su Santidad el Papa Benedicto XVI visitará Valencia con motivo del Encuentro con las familias cristianas. Esto hace que las medidas de seguridad en la ciudad estén fuertemente reforzadas. En principio, se ha descartado la hipótesis de que se trate de un atentado terrorista.

Pensé en aquella pobre gente que de un instante a otro habían perdido lo mejor que tenían, su propia vida. Un trayecto rutinario que había acabado en la muerte, una muerte traumática y feroz en la que no había cabida para un adiós o para una caricia. Nunca había sido muy religiosa, pero en aquel momento sentí la necesidad imperiosa de rezar un Ave María en voz muy baja.

A las dos de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, salí de la fábrica. Una hora antes, Enrique y Susi habían abandonado la empresa muy deprisa y sin dar explicaciones a nadie. Hoy tendría que comer sola porque Ana no había vuelto. Seguramente, había acabado las gestiones demasiado tarde y había vuelto directamente a su casa, aunque con el desbarajuste que había causado en la ciudad el accidente, igual las líneas estaban cortadas y aún estaba en Torrent atrapada como un hamster en su bola. La llamaría para estar más tranquila. Saqué el móvil de mi bolso, busqué su nombre en la agenda y lo dejé sonar. Pero el aparato sólo me devolvió un silencio largo y ni siquiera saltó el contestador. Resignada, entré en el bar. El menú del día no estaba mal, arroz al horno y calamares a la romana. Aunque lo único que necesitaba en aquellos momentos era una cerveza bien fría para poder hacer frente a aquel bochornoso mediodía.

Nada más entrar, noté más revuelo de lo que era habitual. Los trabajadores que diariamente comían allí al mediodía y que solían sentarse para degustar una refrescante sangría, estaban todos de pie, arremolinados junto al televisor. Oí cómo alguien exclamaba "Dios mío, qué desastre". El camarero estaba pálido y sudoroso.
- ¿Te has enterado? - me dijo-
- ¿De qué? ¿del accidente? Algo he oído por la radio, pero no sé muy bien qué ha pasado.
- El Metro ha descarrilado en la estación de Jesús. No te puedes imaginar... Una carnicería.
-¡Dios mío!- exclamé- ¿Pero hay muertos? ¿Tan grave ha sido?
- Y tanto, más de cuarenta, y heridos ni se sabe. Una tragedia, lo que se dice una tragedia.

Hay preguntas que nunca deberían hacerse.
- Dime Dani, ¿ Sabes adónde se dirigía el convoy?
- A Torrent, pero ya ves, han acabado en el mismísimo infierno.

Tuve un espantoso presentimiento, una corazonada que me traspasó el pecho impidiéndome respirar. No quería pensar en nada, pero mi cerebro iba por su cuenta y riesgo. Imaginé todos aquellos cuerpos destrozados entre un amasijo de hierros. Creí escuchar los gritos de dolor. Sentí vértigo, angustia, terror. Cogí de nuevo el móvil y llamé a Ana, pero nada, el mismo silencio como respuesta. Rechacé la cerveza helada que Dani había puesto frente a mí. No podía soportar más la incertidumbre. A pesar del calor, sentía mis mejillas frías y tensas. Fue en ese momento cuando noté que una mano se posaba con delicadeza sobre mi hombro. Era Susi, la encargada.

- No la llames, Asun. No te va a contestar.

La miré directamente a sus oscuros ojos y vi lágrimas rodar por las mejillas de aquella mujer a la que nunca había visto conmoverse por nada. Cogí mi bolso, salí del bar tropezando con todo el mundo y me fui directamente a mi casa en el autobús de línea. Aquella tarde no pensaba volver. Y si querían descontarme las horas, me importaba ya bien poco.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

El secreto de Maurice Cap.II

 

Llevaba ya tres años trabajando en aquella empresa situada en el cercano poligono industrial Fuente del jarro. Desde que me casé me había quedado en casa ocupándome de mis tareas, aunque lo cierto es que había estudiado para poder trabajar. Pedro, mi marido, colaboraba a jornada completa en una consultoría y ganaba un buen sueldo. Sin embargo, un día de junio de 2002 mi tranquila vida se vino abajo y las circunstancias cambiaron de repente. Pedro volvía de Castellón, de visitar una empresa azulejera que pasaba por un mal trance económico. Hacía una noche infernal y llovía torrencialmente. Su coche patinó en una mancha de aceite que había sobre el asfalto, y la escasa visibilidad debida a la lluvia, había hecho el resto. Según el informe de la guardia civil de tráfico, el vehículo se había estampado contra la mediana. Por lo visto, la velocidad también era excesiva y el cinturon de seguridad no pudo hacer nada por salvarle la vida; el SAMU tampoco. Esa misma noche el médico forense me comunicó que la muerte se había producido en el acto, lo cual en ese momento me liberó ligeramente de mi intenso dolor.
Al cabo de unos meses del accidente, cuando la vida cotidiana volvía a poner cada cosa en su sitio, me dí cuenta una vez más de que la realidad siempre acaba imponiéndose a cualquier dolor por lacerante que éste sea. Y la realidad me hizo ver que la pensión de viudedad que me habían concedido era tan miserable que apenas me permitía llegar a fin de mes con un poco de dignidad; y lo segundo, que mi nuevo estado me había llevado a una situación de aislamiento social difícil de sobrellevar. Fue entonces cuando, en un encuentro casual con una vieja amiga, me enteré de que había una vacante en una empresa relacionada con material fotográfico. En principio, se trataba de una suplencia por enfermedad, pero pensé que no perdía nada por probar. A pesar de que había estudiado secretariado de dirección en una refinada academia para señoritas, y escribía y hablaba inglés correctamente, los tiempos no estaban para ser tiquismiquis. Me presenté a la entrevista de trabajo una lluviosa mañana de noviembre y dos días despúes comencé mi vida laboral.
Y como si nada, habían pasado ya tres años. Tres años, día tras día, en aquella sala profusamente iluminada con enormes y fríos tubos de neón. Tres años en los que me había ido acostumbrando a una rutina sin sobresaltos, a unas voces nuevas, a unos rostros que antes desconocía y ahora eran casi de la familia Al principio, el hecho de madrugar me había costado un gran esfuerzo, pero a la larga me dí cuenta de que era agradable salir a la calle cuando aún la ciudad dormía y las luces anaranjadas de las farolas seguían encendidas.

Una bolita de papel aterrizando sobre mi sien derecha me sacó violentamente de mis ensoñaciones. Otra vez Ana hacía toda clase de gestos con sus manos desde el otro lado de la sala. Ví que me señalaba la puerta de los los servicios y entendí que por fin iba a contarme algo. Dejé los útiles de trabajo sobre la mesa y fuí en la dirección indicada.
- No podía más- me dijo Ana al verme entrar-
- ¿Te meabas encima?
-No, tonta. Ya te he dicho que tenía algo que contarte.
- ¿No puedes esperar al mediodía? Date prisa antes de que Susi se de cuenta de que no estamos en nuestras mesas y venga a buscarnos. Ya sabes como se pòne esa bruja.
Ana tomó aire como un pavo real a punto de extender su hermosa cola. Apoyó ambas manos en la cadera y sonrió de forma extraña.
- ¡Me voy a Paris!- exclamó alzando la voz como una soprano-
Era más de lo que yo esperaba.
- ¿De vacaciones?
-Qué va. Me voy a trabajar. Estoy harta de estar aquí. No soporto más esta rutina. Todos nuestros días son iguales. Creo que espero algo más de la vida y… ya ves.
Estaba desconcertada. Esperaba, como había sucedido en otras ocasiones, que la novedad fuera que había comprado una chaqueta de Adolfo Dominguez en el mercadillo de los jueves o que se había encontrado con un antiguo amor mientras paseaba por el río.
- Pero ¿qué vas a hacer allí?
- Ya te lo he dicho, trabajar. Lo tengo todo planeado. No te pienses que ha sido un ímpetu, un pronto de esos que me da a mí de vez en cuando. Voy a cuidar a la niña de mi primo, una beba preciosa de año y medio.
No puedo negar que allá, en lo más hondo, junto a la sorpresa inicial, sentí una punzada de tristeza.
-¿Por qué no me lo has dicho antes?- protesté enfurruñada-
- Quería tenerlo claro. Ya sabes que yo a veces hago castillos en el aire…,
-¿ Cuando te vas?
-Dentro de cuatro días.
-Pero si eso ya está ahí.
- Ya ves.
Sería duro seguir viniendo cada día a la fábrica sin la compañía de la pequeña Ana, sin sus divertidas historias cotidianas, sin su sonrisa a toda hora, un tanto infantil, pero tremendamente sincera.
- Y los padres de la niña ¿qué hacen?
Lo quería saber todo, hasta el mínimo detalle, no fuera que aquella inconsciente se metiera en algún terrible asunto de trata de blancas o sucios negocios similares.
- Casi ni la ven. Mi primo trabaja en la Universidad, es palon.. paleon… bueno de esos que buscan ruinas y huesos. Y la madre creo que da charlas o algo así y se pasa el tiempo de aquí para allá. Así que ya ves. Pasearé con la nana junto al Sena, me tomaré un cafetito en el barrio latino y, más pronto o más tarde conoceré a un hombre moreno y alto que se enamorará de mí como un loco y me dará apasionados besos bajo la torre ifiel.
No quise corregirla. Estaba tan emocionada que se había imaginado hasta un presunto romance. Niñera en Paris. Una vida nueva, un horizonte distinto, otro idioma del que seguro no tenía ni puta idea. Otro perfume en las calles. Colores diversos y novedosos por todas partes. Y Ana y su niña paseando junto al Sena acompañada de un joven de profundos ojos negros y dulce acento francés.
Fue entonces cuando me dí cuenta de que junto a Ana había una enorme bolsa de plástico.
- ¿Y qué llevas ahí?
- Un regalo para Alice, Alice es la niña ¿sabes?
Y como si fuera un mago sacando un conejo de un sombrero de copa, Ana extrajo de la bolsa un gran oso blanco de peluche, un oso cabezón con babero de cuadros azules y blancos y un gran lazo rojo en el cuello.
¿A que es una monada?- me preguntó mientras sostenía al oso de ambas orejas-
Sin duda, era una pregunta retórica.
- Precioso, pero Igual es más grande que ella- dije riendo-
-Pues no sabes lo mejor, habla.
- ¿El oso?
Afirmó con la cabeza mientras manipulaba el enorme peluche.
- Apretando este botón verde, puedes grabar lo que quieras, hasta un cuento larguísimo. Después, le das a este botón rojo que tiene en la mano y lo repite todo. Es un oso memorión.
- No jodas.
- Ya verás.
Su entusiasmo desmedido hizo que el oso casi rodara por el suelo. Ana apretó la mano derecha del enorme peluche y por todo el recinto se pudo escuchar una melodía dulzona y mecánica.
Esta niña tan feliz
que dice llamarse Alice
es mi niña de Paris,
y si abrazas a este oso
nunca se pondrá celoso.
- ¿A qué es una cación muy dulce? ¿te lo puedes creer? La he compuesto yo -afirmó orgullosa-
Confieso que no sabía si reir a carcajadas o llorar. La emoción incontenible de Ana era tan contagiosa como la gripe española del 19 ¿Cómo no sentir ternura hacia aquel tremendo oso parlanchín y, por otra parte, pésimo poeta.
- Es una melodía muy bonita – mentí de buena gana- ¡y rima!
De pronto ví que en su rostro se dibujaba una sonrisa aún mayor.
-¡Vente! -propuso de repente- Vente conmigo. Seguro que allí encontrarás un buen trabajo. Tu tienes cultura y además sabes frances ¿no?
- Inglés- repuse- Del frances sólo manejo unas cuantas palabras.
Pues con eso te vale. Yo no sé ni una, bueno si, bonjur o algo así, que significa buenos días. Vente conmigo. Piensa…
No pudo terminar ni la palabra. La puerta del baño se abrió de golpe y en el marco apareció Susi con los brazos cruzados bajo sus enormes tetas. Su gesto no presagiaba nada bueno.
- Ana- dijo en un tono que no admitía réplica- ven un momento a mi despacho.
- Ya la hemos jodido – me dijo en un susurro antes de salir-
Ana se fue tras Susi como un cordero a punto de ser degollado. De todas formas-pensé- no podía perderse nada, puesto que Ana estaba a punto de dejar la empresa para siempre. Sin quererlo me estremecí. Desde que había cumplido los cuarenta y tantos años, habían dejado de gustarme los cambios inesperados y las sorpresas. Había llegado a la conclusión de que nada mejor que una tranquila y controlada rutina que no alterase los latidos del corazón. Nada más quedarme sola, me lavé las manos cuidadosamente como si quisiera aclararme de paso las mil sensaciones que bullían por mi cabeza, y abandoné el servicio en dirección a mi puesto de trabajo. Poco después, ví como Ana salía por la puerta del despacho de Susi con una carpeta entre las manos. Sonreía , como siempre. Bajó las escaleras dando pequeños saltitos y vino directamente hacia mí.
- Me voy a Torrent, a llevar unos albaranes que no admiten espera. Creía que me iba a dar el broncazo.
- Pero esa tarea no la hace siempre Chema, el auxiliar?
- Sí, pero está enfermo, así que me han elegido a mí para el escaqueo del día. ¿Comemos en el bar de Dani?
- Como siempre- contesté intentando que la emoción no me traicionara-
Dudó durante un instante.
-Bueno, si acabo muy tarde, me iré directamente a mi casa. Tengo que empezar a hacer el equipaje. Piénsate lo de Paris, por fa.
Ana salíó corriendo entre las mesas como una mariposa sobre las flores nuevas de primavera. Mientras volvía a mi faena no pude dejar de pensar. Vivir en paris, pasear junto al Sena, visitar los museos y mercadillos, buscar un nuevo trabajo, conocer, quizás, a un hombre que le diera un nuevo aire a mi aburrida vida. No quería ni pensarlo. Que Ana estuviera como una regadera no significaba que yo tuviera que seguirle la corriente ¿O si?

lunes, 31 de octubre de 2011

Una extraña junto al mar

Me habían dejado las llaves de un apartamento junto a la playa. Era a principios de noviembre pero algunos días, el sol aún intentaba hacernos creer que seguíamos en verano. Quizás no hacía tiempo ya de meterse en el mar hasta que el agua llegase a la barbilla, pero sí se podía pasear por la arena con los pies  descalzos y leer un buen libro bajo una sombrilla de paja. Así que no lo pensé más. Acepté las llaves con una tremenda sonrisa y llamé a mis dos amigas del alma, Carmen y Laura.
Ambas me hicieron la misma pregunta:
- ¿Nosotras solas? ¿sin hijos?
. Exactamente.
- ¿Todo un fin de semana?
- De viernes a domingo.
A través de la línea telefónica pude oir sus gritos de entusiasmo. Parecían colegialas el último día del curso, o el primero. Hacía décadas que no salíamos juntas. Miento. En los últimos años habíamos coincidido, en hospitales y entierros, entablando las conversaciones habituales en estos casos;: "Ya ves siempre nos vemos en malas circunstancias. A ver si quedamos un día" .pero luego, por pitos o por flautas,  no quedábamos. y el tiempo pasaba con la rapidez de una estrella fugaz. La vida cotidiana nos apresaba con sus hilos invisibles, y sólo de vez en cuando, mientras hacíamos la cena o poníamos la última lavadora del día, hablábamos algunos minutos por teléfono, apresuradamente.
Hice acopio de provisiones e incluso me atreví a añadir a la cesta una botella de ginebra barata. Seguro que había una noche para contar historias de miedo, o de desamores  o de decepciones. Y para arrancar una sonrisa entre lágrima y lágrima, nada mejor que dejar que el alcohol resbalara por nuestra garganta intentando anular nuestra consciencia.
Pero las cosas se torcieron dos días antes de nuestra partida. A Carmen le surgió lo que ella llamaba un ineludible encuentro familiar, y Laura perdió pie mientras cambiaba una bombilla subida a un inestable taburete y se hizo un esguince en el tobillo derecho donde ya acumulaba  antiguas lesiones. A mí el alma se me cayó al suelo, lo confieso. Allí estaba yo, rodeada de víveres suficientes para alimentar a un ejercito de orcos y con unas prometedoras llaves en la mano que podrían abrir la puerta de muy buenos momentos.
 Aunque nada estaba  saliendo como yo quería, después de pensarlo un poco, decidí irme. Era una ocasión única para tener tiempo para mí, leer, pensar, recordar, pasear junto al mar y decidir qué hacer con la vida que, posiblemente, aún me quedaba por delante.
Había tráfico en la carretera .La costumbre de ir a visistar a los respectivos difuntos el Día de Todos los Santos disparaba las salidas y todavía no sé por qué razón un porcentaje alto de ciudadanos tenían a sus tristementes desaparecidos parientes a cientos de kilómetros de sus vidas cotidianas. De todas formas, me lo tomé con paciencia y a eso de las cinco llegué a Peñiscola, escondida entre un mosaico de sol y sombra.
El apartamento era pequeño. Una cocina americana, un cuarto de baño minúsculo, una habitación donde apenas cabían dos estrechas camas pero, eso sí, una gran terraza con vistas al mar. Salí y apoyé los brazos en la barandilla mientras pensaba que sería maravilloso vivir allí, en aquella terraza amplia y supuse que, al menos por la mañanas, soleada.  Deshice el breve equipaje y lo introduje en uno de los armarios empotrados. Qué distinto hubiera sido si hubieran venido mis amigas. Ahora estaríamos saltando sobre las camas como alocadas adolescentes y dándonos almohadonazos en la cara unas a otras. Pero bueno. Hacía tiempo que tenía una enorme capacidad de resignación y sabía que había que contar con lo que realmente tenía entre las manos: una enorme bolsa de provisiones.
El frigorífico daba asco. Algún imbécil lo había dejado cerrado y al abrir la puerta el olor a moho se extendió por toda la cocina. Abrí la ventana de par en par,  Busqué unos guantes de goma, una botella de lejía y me puse manos a la obra.
En principio, no era el fin de semana con el que yo había soñado.

II

A las cinco de la tarde aquella guarida comenzó a parecer un hogar. El olor a cerrado se había escapado por las ventanas y la luz entraba a raudales por la terraza cuya puerta había abierto de par en par. El mar apenas se movía. Parecía una de esas postales en las que el cielo siempre sale exageradamente azul. Había llegado la hora de salir,  pisar la arena caliente y correterar por la orilla de la playa saltando la espuma de lo que antes habían sido grandes olas.
La playa estaba desierta a aquellas horas de la tarde. Se había nublado y el agua del mar había adquirido un suave tono gris. Extendí la toalla sobre la arena y me senté al tiempo que sacaba un libro de mi bolso: La Extraña, de.Sándor Márai. Leería un rato y después daría un paseo hasta la ciudad para detenerme en cada tienda de ropa y tomarme una cerveza muy fría en cualquier chiringuito. Echaba de menos a mis amigas, a mis hijos, a mis vecinos.  Necesitaba a alguien con quien hablar, con quien compartir aquellos momentos de ocio que cada vez se parecían más a profundos instantes de soledad. Si al menos tuviera un perro.
Alguien tosió cerca de mí, intencionadamente. Cerré el libro y me volví en esa dirección. No podía ser.
- ¿Daniel?
- Rosa, cuánto tiempo.
Quince años, quizás veinte, Toda una vida que parecía fundirse en apenas dos segundos. Me levanté de un salto mientras me sacudía la arena de mi falda.
- Qué es de tu vida? ¿Qué haces por aquí?
Sonrió de aquella forma que me cautivó siendo todavía una adolescente. Apenas había cambiado.
- Ya ves, pasear.
Reí abiertamente.
- Eso ya lo veo. ¿Qué haces en Peñíscola fuera de temporada?
Pude advertir un instante de duda.
- Mi empresa celebra una convención. Estaremos todo el fin de semana aquí. ¿y tú?
 Le expliqué el plan desde el principio: el apartamento prestado,. las amigas que no habían podido venir a causa de sus. desventuras, la ocasión de cambiar de aires, el deseo de descansar. Cuando acabé apenas tenía aliento.
- Entonces ¿tienes tiempo para dar un paseo?
Fue como volver al pasado a grandes zancadas.  Los recuerdos surgían a borbotones, como el agua de una tubería reventada. Nos conocimos en un campamento, a finales de los años ochenta. Fue un amor a primera vista, un amor que cambió el color de las cosas, el sabor de las comidas, la duración del tiempo. No recordaba haber vuelto a amar de aquella forma tan ciega. Y veinte años después estaba con él, paseando por una playa ajena, olvidando que ya algunas arrugas surcaban mi rostro y las canas habían desterrado el color cobrizo de mi cabello para siempre.
Comenzaba a caer la tarde, y la brisa, antes cálida, se volvió húmeda y fresca. El me tomó de la mano mientras seguía hablando de larguísimos viajes a Paris, a Alemania, a Londres. Yo callaba por no decirle que apenas salía de casa y lo más lejos que había ido en los últimos años era a Cuenca, en una insoportable excursión organizada por la asociación de vecinos del barrio.
Después de una larga caminata nos sentamos al abrigo de unas barcas que dormían sobre la arena. Nos miramos y no hizo falta más. La pasión que habíamos sentido años  atrás volvió con la fuerza de un huracán joven y feroz. Me besó en los labios, en el cuello. Me besó las manos como si yo fuera un bebé. Acarició mis mejillas como si no pudiera creerse que estábamos juntos, de nuevo, y que el concepto  del tiempo había cambiado por completo.

III
Abrí la puerta con sumo cuidado, como si temiera romperla.  Le dí al interruptor de una pequeña lámpara que había sobre la mesilla y me dejé caer en el sofá como un pesado fardo. Aún ardían mi cuello y mis labios,  y un hormigueo excitante recorría todo mi cuerpo.
La transformación anímica que  había sufrido parecía haberse contagiado a todo lo que me rodeaba. La pequeña estancia que daba a la terraza, y que antes me había parecido desolada y cutre, ahora semejaba  acogedora y tierna como un oso panda. Me quité los zapatos y dejé que la arena que guardaban se escurriese hasta el suelo.  ¿Cómo podían recuperarse en un par de horas sensaciones que creía perdidas, olvidadas para siempre? Miré mis manos y recordé sus besos suaves, como inocentes lametazos de chiuaua. Acaricié mi cuello y noté una protuberancia ¡Dios mío! un chupetón en toda regla. Aquello si que era la adolescencia recuperada. Afortunadamente, en mi ligero equipaje guardaba un pañuelo de seda que me acompañaba en cualquier desplazamiento.  Si aquella evidente prueba de pasión no cedía en las próximas horas, me vería obligada a hacer uso de ella.
Habíamos quedado a las diez para cenar y tomar una copa. Así que tenía apenas dos horas para parecer la más hermosa diosa del Olimpo. No había tiempo que perder.
Me duché, me lavé el cabello a conciencia para quitar cualquier rastro de arena, me maquillé con esmero y salí a la terraza para ver si aquel mar en calma conseguía transmitirme algo de sosiego. Me hubiera gustado ver una puesta de sol, pero evidentemete, el sol nunca se pondría por el Este. Además, densos y oscuros nubarrones habían cubierto el cielo hasta dejar oculta la más brillante de las estrellas.
Me pondría el vestido azul de punto, gasa y tul. Había copiado el modelo de la exitosa serie sexo en Nueva York, y lo cierto es que me había salido clavado. También es verdad que antes de ponerme manos a la obra, había recorrido toda la ciudad hasta encontrar los tejidos que creía más adecuados.  Después, lo había cosido en mi vieja máquina Singer y el resultado había sido espectacular. Cualquiera que no fuese un entendido en moda, hubiera pensado que aquel precioso vestido había salido directamente de la tienda más vintage de la Quinta avenida.
Las diez en punto. Tal y como habíamos quedado, Daniel llamaba al timbre de la portería. Sentía mis mejillas pálidas y frías, aunque mi corazón latía velozmente. Antes de abrir, y en busca de una seguridad que no llegaba a sentir, quise darme la última miradita en el espejo. Quería comprobar que realmente estaba preciosa. Abrí el armario de luna y me puse frente al espejo.¡ Dios! la falda de tul me hacía aparecer como un escarabajo pelotero entrado en años. Los michelines habían invadido lo que antes era mi cintura y se marcaban escandalosamente en la ligera tela de punto. Tenía el cabello crespado y sin brillo -maldito champú de marca blanca- y unas suaves ojeras violáceas sitiaban mis ojos cansados. ¿Quién era aquella extraña que me había sustituido y con la que ya no me identificaba?
El timbre seguía sonando con insistencia, pero no abrí la puerta.

No era el fin de semana con el que yo había soñado, pero en algunos instantes fue aún mejor.

jueves, 27 de octubre de 2011

Sueños


Sabeis que lo mío no es la poesía. Pero quiero compartir con vosotros este poema que presentè el pasado año al certamen de poesía Pastor Aicart. No gané, evidentemente, pero espero que os guste.





Sobreviviréis

a vuestros sueños más minúsculos,

aquellos que os embargaban

mientras la sombra

de vuestros pies pequeños

se confundía con las hojas de la vid,

se confiaba a la tierra húmeda donde crece el olivo,

al sendero incierto,

a la tarde vacía.

Caminaréis

sobre las letras de las cartas guardadas

alimentadas de polvo y nostalgia.

Y los labios agrietados

besarán las fotos donde ya nadie se reconoce

porque el tiempo,

violentamente,

ha borrado los gestos

y las sonrisas.

Recordaréis

a través de una dulce niebla de recuerdos,

los sueños a los que disteis caza mansamente

o a mano armada,

y aún así,

mirareis con anhelo

aquellos que quedaron en la cuneta,

agazapados en la oscuridad del puño cerrado.

Por miedo,

por medio de palabras

que, posiblemente, nunca fueron imaginadas.

Olvidaréis,

a pesar de todo,

la pasión que sentisteis por la vida,

y el odiado silencio que tapa la boca

se tragará la voz adolescente

que alguna vez

hubiera vomitado la garganta más oscura.

Porque vuestra alma

ya no esperará la victoria

sin temor a perderse.



Escucharéis

sin querer oír,

la música que sonaba en la tarde de domingo,

la risa o el llanto de cualquier amanecer,

el grito desgarrado del vencejo,

el frío del sudor sobre vuestra frente,

el beso callado,

la caricia reprimida.

la sombra del viento

entre los olmos enfermos.

Responderéis

con un temblor en la mirada,

que no era cierto,

que nada se ha quedado a la sombra del olvido,

que las cartas, todas, estaban sobre la mesa.

Pero en la soledad del tiempo perdido

todos sabrán que faltan huellas

sobre la luz

de una larga tarde de otoño.

Descubriréis, al fin,

que el pasado no pasa,

que se queda atrapado en la memoria

entre algodones y espinas,

acurrucado como una larva

dispuesta a despertar

en un eterno laberinto de impulsos.

Y el sueño volverá suavemente

como un soplo de aire nuevo,

como una tormenta de verano,

inesperada, feroz,

arreciando con la fuerza de la resurrección.

Soñad.

lunes, 24 de octubre de 2011

Frente al espejo

Aquel día lloré hasta quedarme sin lágrimas. Era una calurosa tarde de verano, de mediados de agosto. El son caía a plomo sobre las calles paralelas de aquel pequeño pueblo anclado en un estrecho valle.
Mis amigos me miraban en silencio, sin atreverse a decir nada. Yo había suplicado durante todo el día, lo había intentado de todas las formas posibles, incluso poniendo aquella carita de niña dulce que en más de una ocasión me había librado de una buena reprimenda.


Pero no convencí a nadie. Mi torrente de lágrimas fue a dar sobre tierras impermeables que no pudieron filtrar mi inocente pesar. “Es lo que siempre se hace cuando una niña ya ha tomado la comunión- me habían dicho- es lo que dicta la tradición”. Pero yo no entendía nada de estúpidas costumbres ancestrales que no encontraban respaldo en ninguna ley escrita.


A las cinco de la tarde me llevaron, como los toros a la arena del circo. Mis amigos me acompañaban en aquel breve paseo que me separaba del cruel sacrificio. Mi prima me tomó de la mano intentando darme ánimo. Ella ya había pasado por aquello hacía apenas un año.


La sala era oscura y destartalada y tenía sólo una pequeña ventana que daba a la calle. En la pared, había un espejo enorme que reflejaba mis ojos hinchados y mi rostro enrojecido por el llanto. Y sobre el espejo colgaba un retazo de guirnalda navideña pintada de purpurina que nadie se había preocupado de quitar.


Escuché unos pasos que se acercaban. Eran los de una mujer recia como un roble que entró en la habitación dando grandes zancadas.
- Siéntate frente al espejo -me dijo-
Pero yo no me moví.
- Siéntate guapa -volvió a decir en un tono más irritado- o tendré que atarte a la silla.


Su sonrisa era fría y fingida. Y creí descubrir, en el fondo de su mirada, un placer infinito que se nutría de mi dolor.


Me senté a regañadientes en aquella ajada butaca de skay, mientras mi pequeño séquito seguía observándome sin decir nada. Aquella mujer abrió un cajón de la cómoda que había bajo el espejo, y sacó una especie de sábana blanca que me puso alrededor del cuello. Parecía una minúscula doncella dispuesta a ser entregada como ofrenda a algún dios irascible. Después, cogió las tijeras mientras yo rompía de nuevo a llorar.
- Ni que te fuera a cortar la cabeza -dijo la mujer entre risas-
Primero cayó una y luego la otra. Sobre las desgastadas baldosas hidráulicas yacían mis dos trenzas, brillantes, gruesas, de un color cobrizo con múltiples reflejos.


Aquel día de verano sentí que la infancia comenzaba a alejarse de mí.

domingo, 23 de octubre de 2011

De tardes de verano, de perros, pájaros y serpientes.

  

El sol caía a plomo en aquella tranquila tarde de agosto. En la calle no se oía ni una mosca y yo dormía la siesta con la ventana abierta de par en par y la persiana bajada. No corría una pizca de aire, aunque de vez en cuando llegaba alguna racha de poniente que hacía aún más insoportable el ambiente. Estiré las piernas en la cama buscando una zona de frescor en algún rincón de las sábanas. Todo habría seguido siendo perfecto si la puerta de la habitación no se hubiera abierto de repente.
- Mamáaa, levántate. Tienes que acompañarnos.
Lo había olvidado por completo. Mi hija y sus amigas habían quedado para ir a tomar el baño a una cercana casa de campo a la que habían sido invitadas días atrás.
- Pero si es muy pronto- protesté pataleando como una cría caprichosa- A estas horas sales a la calle y te mueres de calor.
Mis pataleos no sirvieron para nada, así que diez minutos después estábamos bajo el sol abrasador. Ellas, con los bañadores, las toallas y la mejor de sus sonrisas puestas; yo, con el mal humor que suele causar una siesta interrumpida. Por las calles del pueblo no encontramos a nadie, y no era extraño, ya que el termómetro de la plaza superaba los cuarenta grados.
Pronto dejamos el pueblo atrás, y el polvo acumulado en el camino me recordó que no había llovido en todo el verano. Pasamos junto al antiguo lavadero buscando la más leve de las sombras, y a continuación, tomamos el camino que conducía a la finca. El interfono se hallaba curiosamente en una pequeña caseta situada al menos a trescientos metros de la puerta corrediza de entrada. Y no digo esto por hacer una descripción aún más detallada, sino por el hecho de que desde el momento que te abrían la puerta, tenías que salir corriendo por el camino para llegar a tiempo y no encontrarla de nuevo cerrada. Y esa carrera, claro está, se producía a las cinco de la tarde, en agosto y con una temperatura subsahariana.
Llegamos a la casa echando el higadillo, y nos recibió una alborozada Lola, la perra de cuatro meses que durante las pasadas Pascuas habíamos encontrado abandonada junto a un contenedor de basura. Aquel pequeño cachorro muerto de hambre y aterido de frío, estaba allí junto a nosotras, dando brincos de alegría, yendo y viniendo en locos y atropellados sprints.
Mientras yo hablaba con los dueños de la casa, las niñas salieron a curiosearlo todo con la agitación propia de quien ha conseguido lo que quería. Las encontré junto a las jaulas de los pájaros, situadas en un rincón, en un pequeño huerto de almendros y olivos. De repente, dí un paso atrás. En una de las jaulas había una gran serpiente que se retorcía con dificultad.
- Mirad -dije- hasta tienen una serpiente enjaulada.
Mientras yo hablaba alegremente, el animal trataba de salir de aquella estrecha prisión. Las niñas se habían quedado extasiadas viendo cómo el reptil hacía las mil maravillas tratando de escapar.
- Son un poco brutos aquí ¿eh? – dijo de pronto una de las niñas-
-¿Por qué? -inquirí- ¿no ves que les gustan los animales. Hay perros, pájaros, perdices… ¿por qué no pueden tener una serpiente?
- ¿Hasta el punto de darles de comer los propios pájaros?
Miré hacia la jaula y sentí una repentina inquietud. Era cierto. Dos o tres pajarillos yacían junto a la serpiente con las cabezas arrancadas y los pequeños cuerpos ensangrentados.
-Corred- dije a las niñas-, preguntadle a Carmen si por casualidad tiene alguna serpiente enjaulada.
Era un pregunta estúpida, lo reconozco y, por lo tanto, la respuesta fue inmediata. El hombre de la casa apareció por el camino armado con un palo de azada; detrás, las niñas chillando como poseídas y, cómo no, lola, que estaba disfrutando como el cachorro que era, en aquel caos imprevisto.
Efectivamente, la serpiente había acabado con la vida de cuatro pajarillos. Uno de ellos lo había engullido de una pieza, y de los otros había dejado restos sanguinolentos aquí y allá. El hombre comenzó a darle palazos al animal, mientras yo, como una histérica, gritaba.
- No la mates, no la mates!
A pesar de la masacre que había acabado de cometer aquel resbaladizo reptil, no dejaba de ser desagradable ver cómo moría apaleado.
El hombre cesó en sus golpes. El animal estaba ya moribundo. Lo cogió con el palo y lo sacó de los límites de la finca.
-Si puede sobrevivir, ya es cosa suya. – dijo-
Aquella tarde de verano, ardiente, hermosa, tranquila, se había roto en mil pedazos. La vida, la muerte y la supervivencia se habían concentrado a cuarenta grados a la sombra. Las niñas, con los ojos abiertos como soles, habían perdido su alegría. Pensé que era urgente romper el encantamiento, recuperar la sonrisa, regresar a la tarde plácida y feliz.
Venga- dije tratando de recuperar mi propio ánimo-,  a ver quien llega antes a la piscina.
Y, cómo no, la primera que llegó a la piscina fue Lola.

Pesadilla en el autobús

 

Levantarse a las seis de la mañana debería estar prohibido por alguna constitución supranacional. A esa temprana hora es de noche, hace frío y el cuerpo se resiste a abandonar el suave abrazo de la funda nórdica.
Pero no. No está prohibido sino todo lo contrario. Forma parte de esta espantosa forma de vivir que nos obliga a estar doblando ropa a las doce de la noche y cepillándonos los dientes muy pocas horas después. Aquel día no fue una excepción. Con los ojos aún llenos de legañas, me calenté el café con leche, me duché, intenté recomponer de forma armónica mi rebelde cabello, cogí el bolso y la chaqueta,y salí a la calle. Las farolas aún estaban encendidas.
En la parada del autobús esperaban los de siempre. Un par de estudiantes con ojeras que les llegaban hasta mitad de sus mejillas, una mujer de mediana edad abrazada a su bolso como si éste fuera un bote salvavidas, un joven ejecutivo lustroso y repeinado, y dos mujeres latinas que, además del sueño interrumpido, llevaban escrita la añoranza en sus oscuras miradas.
Ahí llegaba el autobús, cruzando la avenida en dirección a nosotros. Rebusqué en el bolso. ¡Mierda! había olvidado el bonobús y ahora tendría que sacar el maldito billete disuasorio que andaba ya por el euro y pico. Tomé asiento donde siempre, hacia el fondo y junto a la ventanilla. ¿Por qué no amanecía de una vez? El vehículo volvió a la avenida y fue recogiendo a los pasajeros habituales en cada parada. El trayecto se me estaba haciendo interminable: semáforo en rojo, nueva parada, semáforo… Una vez pasada la rotonda de Benicalap, se detuvo junto al hospital universitario. Era éste el lugar donde se detenía más tiempo. Habitualmente, el chofer bajaba a la acera y estiraba las piernas mientras que los pasajeros, quizá pensando que podían haberse quedado cinco minutos más entre las sábanas, consultaban impacientes la hora en sus relojes y en sus móviles.
Esta vez la pausa duró apenas dos o tres minutos. El autobús se puso en marcha y, para desconcierto de todos, se saltó el primer semáforo en rojo que encontró en su camino. “Menos mal- pensé- sólo quedan diez minutos de trayecto para mi destino”. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el cristal.
El autobus debía dar la vuelta a la izquierda al llegar al cruce, luego cruzar el río y detenerse junto al colegio de los jesuitas. pero en lugar de eso, dió un violento giro a la derecha, emprendiendo una loca carrera en la que no había stops, paradas ni pausas. Mientras el vehículo quemaba ruedas como un bólido, dentro, la gente gritaba y trataba de sujetarse de cualquier forma. Furiosa, me levanté del asiento y avancé como si anduviese por una patera en plena tormenta.
- ¿Qué hace- grité- ¿adónde vamos? ésta no es la ruta.
En un primer momento no dijo nada, pero pude ver sus manos. Apenas tenían una capa de piel sobre los huesos y eran blancas como la niebla.
-¿Adónde vamos?- volví a gritar presa del pánico-
Su rostro se volvió y quedé horrorizada. Aquel ser -no podía llamarse de otra manera- no tenía ojos, y desde sus cuencas vacías brotaba un fluido viscoso que se deslizaba lentamente hasta su boca.
- Al infierno- chilló- ¡Vais todos al infierno!
Desperté y sentí que mi corazón latía por todas partes. Mi pijama estaba empapado de sudor y apenas podía respirar. Miré el móvil. Eran las seis y media. Me preparé el café aún con un nudo en el estómago, me duché, intenté recomponer de forma armónica mi cabello tan rebelde, cogí el bolso y la chaqueta, y salí a la calle. Las farolas aún estaban encendidas.
Llegué a la parada y pasé lista mentalmente. Allí estaban todos, con los rostros aturdidos por el sueño, dispuestos a irse al infierno.
Ví venir el 90, mi autobús, y un leve temblor recorrió mis piernas. Quizás llegara un poco más tarde, pero esa mañana decidí que no me vendría nada mal darme un largo paseo.