jueves, 20 de octubre de 2011

Baberos de popelín



 

Opté por el orfanato. En aquella sala pequeña y mal iluminada de un viejo edificio de la calle Colón, sólo había una mesa llena de archivadores, una Olivetti 98 de hierro colado, y a mis espaldas, colgados en la pared uno junto a otro, un Jesús crucificado y el retrato del caudillo con uniforme militar. Tras la mesa, sentada mientras yo permanecía de pie, una mujer con apariencia de hombre que vestía un uniforme azul marino en el que destacaba la pretendida austeridad de sus líneas: falda estrecha, chaqueta y corbata. Sección Femenina del Movimiento. Aquella mujer me había dado una larga lista de la que yo sólo había leído las primeras líneas. Casa de la Beneficencia, en la calle Corona, un antiguo edificio pegado al barrio del Cármen, con patios porticados y claustros que olían a desinfectante y a geranios franceses. Sin el servicio social cumplido no podía matricularme en la Universidad, ni viajar al extranjero. Había que servir a la patria desde la feminidad y yo- vuelvo a repetirlo- opté por el orfanato.
-¿Y allí que haré?- me atreví a preguntar-
Aquella mujer masculinizada me miró como si yo fuera imbécil.
- Lo que te digan las monjas- contestó secamente- lo más probable es que pases a la sala de plancha y después ayudes a servir la comida del mediodía.
Tenía sólo 17 años y no sabía ni cómo se cogía una plancha. Pero aprendí rápido en aquellas mañanas frías de invierno, mientras rezaba el Angelus a las doce en punto y se me amontonaban los baberos en el cesto de mimbre que había junto a mi mesa de plancha. Al principio pasé mis dificultades, porque aquellos baberos azules para los niños y rosas para las niñas, estaban llenos de pliegues, lorzas, orillas vivas y botones de nácar. Y el aroma. Nunca olvidaré el olor a jabón casero, un olor tan fuerte que el primer día de servicio creí caer redonda mientras tocaban las doce en el reloj de la radio y el Señor anunciaba a María que concebiría por obra del Espíritu Santo.
El comedor era harina de otro costado. Las niñas bajaban de las clases, todas con el pelo cortado a rape, para intentar alejar las invasiones de piojos, y me abrazaban y me besaban como si necesitasen más las muestras de cariño que el mismo aire que respiraban. Las mesas estaban agrupadas junto a las ventanas que daban a un gran patio soleado, y yo iba pasando con un gran carro de acero inoxidable cargado de guisopos de extraña textura y agradable aroma.
- Pónme más.
Y yo ponía más y más a aquellas niñas rapadas que igual sonreían que de repente lloraban, pero que observaban con recelo desde aquellas miradas invadidas de ausencias, de soledades, de vacíos que sin duda más tarde serían traumas que volverían a reproducirse en sus vidas adultas.
Al principio, todo ese perfume a orfandad y desaliento hacía daño. Imaginabas las familias rotas, las tragedias escondidas tras aquellos rostros infantiles que reflejaban una inocencia prematuramente destrozada. Pero eso era sólo al principio, porque después de varios meses todo se convirtió en una agridulce rutina.
Hasta aquel día.
Era una mañana de abril, soledada y limpia. Corría un vientecillo fresco que amainaba el sofoco de la caminata. Llegaba tarde y tenía que fichar. Era sólo una firma en un libro ajado de tapas duras que las monjas instalaban sobre un velador, a la entrada, pero sabía que mas tarde, aquel deteriorado libro de rúbricas sería ojeado con esmero por alguna de aquellas mujeres imprecisas que trabajaban en la sección femenina del Movimiento.
Nada más entrar en el oscuro zaguán de la Casa de la Beneficencia noté una inusual agitación. Las niñas iban y venían por el patio, haciéndose escuchitas unas a otras y riendo a carcajadas. Aunque llevaban los malditos baberos de los pliegues puestos, me extrañó que no estuvieran en clase a aquella hora. En el aire había un olor a cirio consumido, a incienso, una niebla suave que daba al patio porticado un aspecto fantasmagórico.
-¡ Yo la he visto tres veces! – gritaba una de ellas mientras corría hacia mí y me estanpaba en la mejilla el más sonoro de los besos.
- Yo cuatro, y está muy guapa- chilló otra a mi lado mientras tiraba de la manga de mi abrigo.
Una novía pensé, una joven doncella de blanco que había ido a visitar a las monjitas que la criaron. Era la costumbre. Las chicas que habian vivido allí desde muy pequeñas y que a la mayoría de edad habían abandonado el orfanato, volvían en ocasiones muy especiales, como cuando se casaban o tenían su primer hijo. Supuse que para aquellas niñas de pelo rapado y siempre enfundadas en los horribles baberos rosa, poder admirar a una joven novia con la melena bien peinada y un vestido de encaje ceñido y airoso, debía ser un acontecimiento extraordinario que entraba como un rayo de sol en la sombra de sus días.
- Está muy guapa, señorita- me confirmó otra niña que casi nunca hablaba- ¿Quiere verla?
- ¿Puedo verla?- Pregunté.
Si hubiera tenido tres brazos me hubieran cogido de los tres y me hubieran arrastrado hacia un pequeño recinto que estaba junto a la entrada. Una de ellas me dió la mano y estiró tanto que pensé que podía arrancármela: la otra asió mi otra mano e hizo lo mismo, y la tercera, desconcertada al ver que ya no tenía apéndice al cual agarrarse, colocó ambas manitas en mi cintura y me empujó como si tratara de despeñarme por un profundo barranco. Yo me dejé hacer porque hacia tiempo que no las había visto tan iusionadas. El permufe del incienso se acentuó, casi podía saaborearse, y por fin la puerta de aquel pequeño recinto se abríó.
Sobre un arcón forrado con una desgastada tela de damasco, estaba la caja y dentro de ella, Sor Juana, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre su pecho sosteniendo un rosario. Un cadáver con hábito, tieso conmo un junco, tan pálido como yo me debí poner en aquel instante Las niñas me miraban con emoción contenida esperando mi reacción. Una de ellas al fin habló.
- ¿A qué está muy guapa?
Era una mujer mayor, pero sus rasgos eran serenos y dulces.
- Muy guapa, niñas – contesté intentando reaccionar. pero tengo que irme a trabajar.
Sólo deseaba huir de aquel olor rancio a muerto reciente.
- Pero si hoy es fiesta- protestó poniendo morritos una de aquellas niñas de triste mirada-
- Pero yo tengo muchos baberos que planchar.
Y puedo jurar que ningún otro día disfruté tanto planchando aquellos babis malditos y espantosamente arrugados. Aunque la imagen de Sor Juana en su último sueño me persiguió durante mucho, mucho tiempo.

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